lunes, marzo 04, 2002
Génesis - Epílogo
por Enrique Hiedra
“y llamando al ángel le dijo; toma la mitad de lo que me habéis traído”
tob 12,5
“y aquella fue la primera vez que Adán se miro al espejo y encontró nadA”
Génesis, prologo.
Y cuando las generaciones de los humanos contaban dos mil novecientas y noventa y nueve hubo un hombre que sumó el desconcierto de sus ascendentes y alzó la voz requiriendo al maestro al menos un sentido para su creación estéril.
“¿Para qué el sufrimiento de esta estirpe desconcertada?, ¿Para qué crecer?, ¿Para qué multiplicarse? ,¿Para qué has condenado a esta raza finita a sustentar tus ciclos eternos?, ¿Para qué?”
Entonces el creador envió su ángel más eficaz para que condujera a este humano hacia el motivo que buscaba, y lo puso ante una mujer. Al principio no entendió de qué manera podía aquella mujer justificar el universo, y fue conminado a observarla durante siete días con sus siete noches y así lo hizo;
El primer día observó su voz profunda, aún más profunda que su voluntad, su mirada serena que serenaba cuanto miraba y su pisada certera. Al llegar la noche se preguntó: ”¿Qué será eso que la mantiene erguida?, ¿Qué ha de ser eso que la hace sentirse suficiente?, y el maestro dijo:
“ entrañe esta mujer un enigma parejo al que entraña el universo
y quede en tu voluntad el estigma de este misterio”
El segundo día ella se soltó el pelo y él descubrió que aquella hermosura inacabable aún podía multiplicarse por sí misma por medio del gesto más simple. Esa noche él sospechó de la naturaleza de aquella mujer, y resolvió que no podía ser otra cosa que un ángel. El maestro dijo:
“que las cosas nimias se descalcen su nimiedad y reanuden su entidad gigante”
El tercer día el maestro decidió que ya había llegado el momento de que él contemplara a aquella criatura en la plenitud de su gracia y entonces ella sonrió. Al caer la noche decidió que tras haber conocido aquella sonrisa no podría sino consagrar su vida a hacerla perpetua. El maestro dijo:
“exista la promesa y que los hombres se deban a su palabra empeñada”
El cuarto día fue jueves, esa fue la decisión del maestro, y él no paró de imaginar como sería aquel jueves si pudiera estar junto a su ángel...
“hágase la imaginación y que su multiplicidad
de mundos posibles ponga en valor el mundo corriente”
El quinto día aprendió a nombrar lo que sentía por aquella mujer,
“Hablo y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría”
Y el maestro dijo:
“hágase la literatura, y sirva para ordenar los
sentimientos pasados y para suscitar los venideros”
El sexto día imaginó una casa en que vivieran juntos e imaginó cual sería el resultado de su unión, y quedó su mirada estigmatizada de ese mundo posible y su voluntad obligada a propiciarlo.
“Él hará que esta vida no caiga derribada,
Pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
Que de nuestras dos bocas hará una sola espada
Y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.”
Al llegar la noche sintió el frío esencial que mediaba entre sus cuerpos y lloró largamente. El maestro dijo:
“ haya desconsuelo y sirva para multiplicar
el valor de la felicidad y el empeño por conseguirla”
El séptimo día se declaró fascinado y se preguntó por la genealogía de aquel ser prodigioso, la estirpe de que había resultado aquel milagro, y dijo:
“No te quiero a ti sola; te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia
La familia del hijo será la especie humana”
Entonces el maestro dijo:
“ si la contemplación de este ser (en el que sin duda culmina todo lo creado)te ha llevado a preguntar por el origen acaba aquí mi tarea, sean tus propias palabras las que te descubran el sentido que buscas, y cuando lo halles explícalo a los hombres para que nunca más duden de su propio sentido ni de la eficacia de esta creación”
Entonces el hombre escribió;
“Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
Donde culmina el sueño, donde el amor culmina
El hijo está en la sombra: de la sombra a surtido
Y a su origen infunden sus astros una siembra,
Un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
Que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
Haremos de este hijo generador sustento,
Y hará de nuestra carne materia decisiva...
Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
Mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
Dormidos y despiertos, con el amor a cuestas
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos
Seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
Se besan los primeros pobladores del mundo...”
posted by Unknown at 4:20 a. m.
The whole year inn/The whole you're in
por Enrique Hiedra
El artista Titánico encontraba en sí la altiva creencia de que a los hombres él podía crearlos, y a los dioses olímpicos, al menos aniquilarlos: y esto, gracias a su superior sabiduría, que estaba obligado a expiar ,de todos modos, con un sufrimiento eterno.
La sabiduría y precisamente la sabiduría dionisíaca, es una atrocidad contra la naturaleza, que quien con su saber precipita a la naturaleza en el abismo de la aniquilación , ese tiene que experimentar también en si mismo la disolución de la naturaleza, < >
F.W.Nietzsche, El nacimiento de la tragedia
Ahora se cumplen diez años de que publicara mi gran descubrimiento, de que consiguiera el dichoso premio, de que empezara este tormento... ayer mismo me llamaron de aquella-revista-científica-tan-prestigiosa que me pagó el viaje a Suecia cuando tuve que recoger el dichoso premio, querían una entrevista, una valoración de los diez años que cumple mi monstruoso descubrimiento. Los he mandado a la mierda, sin más.
Ellos pensaban que les debía algo, por haberme pagado el viaje a Suecia, como si ellos no hubieran sacado mucho más de aquello que yo, como si los tres años que estuve escribiendo mensualmente en la revista no fueran suficiente pago, tres años sin cobrar nada, tres años, hasta que llegó lo que tenía que llegar...Cuando quise renunciar a aquel dichoso premio y abanderar la lucha contra lo que yo mismo había inventado decidieron que no publicarían la carta de renuncia que les envíe, por contrario se ofrecieron a correr con los gastos de mi desintoxicación ...arrogantes... conservo todos y cada uno de lo titulares que me dedicaron entonces: “ el precursor de la clonación en humanos, trastornado por sus graves problemas con el alcoholismo decide renunciar al (bueno, al dichoso premio) que le fue otorgado hace tres años” ¿trastornado? Puedo ser alcohólico, irreparable, bueno, no puedo serlo, lo soy, pero nunca he estado más lúcido que cuando escribí esa carta... trastornado, nunca creyeron que aquel hombre viniera a visitarme, seguramente pensaron que era alguno de los monstruos de mi delirium tremens, pero olvidan que aquel hombre no fue producto de la bebida, sino que la bebida fue producto de lo que aquel hombre vino a decirme...una revista-científica que ni siquiera comprende que la causa va indefectiblemente antes que el efecto...
Me abandoné a la bebida esperando acabar con mi vida de la única manera en que un cobarde como yo puede hacerlo, perdiendo paulatinamente la noción de la situación, suavemente, pero ni siquiera aquello me fue concedido, después de siete años, después de dos transplantes de riñón (a los que por supuesto también renuncié) sigo sin poder dormir, mi culpabilidad sobrenada estos siete años de alcohol turbulento, y sobrenadará cuatrocientos mil años más, cuatrocientos mil riñones más - “Quien recibiera el premio ...(bueno el dichoso premio) por efectuar la primera clonación de un ser humano completo, sobrevive a su proceso cirrótico gracias al transplante de un riñón conseguido por clonación” .Es terrible, y él me lo dijo, tal es la monstruosidad que has traído a los hombres, será tu propio ingenio quien hará eterno tu castigo”
Cada día veo más claro lo que aquel hombre me decía, para ser creador hay que ser algo distinto que lo creado, somos creados, formamos parte de lo creado, aún no hemos comprendido que somos, aún no nos hemos comprendido ni lejanamente y yo le dado al hombre el instrumento para trascender su rango de hombre, y un hombre nunca puede trascenderse en cuanto que hombre, por que en tanto que lo hiciera estaría automáticamente dejando de ser hombre, el hombre no puede recrearse, porque ni siquiera puede conocerse, es sencillo, es lo único que me dijo: SER ES DISTINTO QUE CONOCER, uno puede conocer lo que es, pero ya no volverá a serlo nunca más, el conocimiento o la inmediatez, hay que elegir; el ser, para ser ha de ser inmediato.
Yo descubrí la manera de crear un ser humano perfectamente operativo, perfectamente autónomo, pero eso no es lo que importa, ¿como hacer un ser oportuno?, puedo observar como un peatón cruza la calle, puedo cruzarla exactamente igual que él, pero nunca sabré por que la cruza, a donde va, por qué esta calle, por que en este momento, yo no puedo saberlo y él seguramente no sabrá mucho más que yo, entre otras cosas porque si supiera plenamente para que la cruza ya no la cruzaría; puedo cruzar la calle exactamente como él pero no seré como él, ni cualitativa ni cuantitativamente. El universo no puede deducirse estudiando su composición química, ni las leyes que rigen sus reacciones, la naturaleza es un misterio, el más grande, pues contiene al resto de misterios. El universo es un sistema perfecto, todo cuanto necesitemos, si realmente lo necesitamos, nos será concedido más tarde o más temprano, por que así ha sido siempre, inexplicablemente, eso es Darwin ¿no?... Sé que todos piensan que esto es uno de esos rollos místicos, que los curas me han comido la cabeza, o quizá que estoy en una de esas sectas de hermeneutas-de-las-sagradas-escrituras, yo que sé... Yo soy un hombre de ciencia, siempre lo fui, antes no parecían dudarlo. Estudio la naturaleza porque no la comprendo, porque no comprendo de dónde viene este sistema perfecto, y milito únicamente la perplejidad de ser humano, la perplejidad de existir. Yo fui un arrogante pensando que la naturaleza necesitaba mi ayuda, yo he creado cientos de seres humanos que nunca conocerán esta perplejidad, cientos de seres cuyo origen esta en la voluntad negligente de otro ser perplejo del que heredan una perplejidad menguada. ¿Qué latido consolará su desconcierto?. A veces me consuelo pensando que la naturaleza también era responsable cuando propició la situación en que yo cometí esta locura, Nietzsche lo decía, “el hombre noble no peca”, tan solo consume su designio, quizá sea así , pero no hay suficiente alcohol en el mundo para que yo pueda dormir esta noche.
SER ES DISTINTO QUE CONOCER, fue cuanto dijo aquel hombre misterioso, dejo sobre mi mesa un libro de hermeneútica de Friedrich Schleiermacher. Había subrayado un capitulo en el que decía que uno comprende la obra de arte cuando es capaz de recrearla, cuando conoce el problema que la motiva, yo había enseñado al hombre a recrear una obra de arte cuyo problema no comprenderá jamás...Al principio, cuando presenté, los primeros resultados de mi experimento se desató una polémica terrible, una de las más grandes que la historia de la moral ha conocido, algunos dijeron de mí que era Dios, otros que el anticristo, yo me escudaba en el avance de la ciencia, que es independiente de su aplicación, la bomba atómica también fue un descubrimiento científico prodigioso y un hallazgo humano nefasto, lo mío no pasaba de dudoso.
Tres botellas y media y a mí mismo me sorprende la lucidez con la escribo estas líneas, esta lucidez es el castigo, esta lucidez y los riñones interminables. Morir no es nada si has vivido, de igual manera que vivir no seria nada si no murieras alguna vez, mi descubrimiento ha salvado muchas vidas, mejor ha alargado muchas vidas, por que excepto a mi aún no ha convertido a nadie en inmortal.
La comunidad científica celebra el décimo aniversario de un descubrimiento repudiado por su descubridor, y se niegan a escuchar a este... cuando descubrí la clonación era un científico eminente, ahora que la ataco soy solo un charlatán. Nietzsche, cuando habla de Edipo dice “ el hombre noble nunca peca.... tal vez a causa de su obrar perezcan toda ley, todo orden natural, incluso el mundo moral, pero cabalmente ese obrar es el que traza un círculo mágico y superior de efectos, que sobre las ruinas del viejo mundo derruido fundan un nuevo mundo”, toda sabiduría conlleva una transgresión de la naturaleza, quien sea hombre habrá de transgredir la naturaleza si desea conocer, pues la tarea del hombre es ser, no conocer ...la aplicación de los últimos descubrimientos en materia de ingeniería genética eran inminentes, si yo no lo hubiera hecho, en menos de dos meses cualquier otro lo habría hecho, luego todo se me fue de las manos...yo no me he cegado, yo solo bebo. Nietzsche me consuela, pero ¿donde va un científico como yo citando a Nietzsche?
posted by Unknown at 4:20 a. m.
El tipo de la taberna
por Esteban Álvarez
-Bueno, explícate, a ver si me entero de lo que me quieres contar, dijo uno.
-Imagínate, dijo otro, que entras en una taberna. Y allí están todos, apoyados en la barra, de espaldas a la puerta y con la cabeza levantada, mirando a la tele. Da igual lo que esté puesto. El fútbol, el telediario, la tarde de Pepi, Ani, Rosi, o su puta madre, eso da igual. Ellos miran de todas maneras, agilipollaos. De cuando en cuando alguno despega la mirada de la tele, nada más que para agarrar el medio.
-Me lo imagino, dijo el uno.
-Pues ahora imagínate que hablan. ¿Y de qué hablan?, si están todo el día allí metidos bebiendo y viendo la tele. Pues de qué van a hablar, de lo que ven en la tele. No se trata de conversaciones normales, como esta...
-Ah, ¿no?
-...no, sino que allí uno habla, y otro habla. No responde, no. Habla. ¿Y de qué habla? Pues de qué va a hablar, de lo que ve en la tele. Y es que, ¿sabes lo que pasa?
-No.
-Pues que estos tíos llevan tanto tiempo allí metidos, desde chavales, como quien dice, que se creen que lo que ponen en la tele es verdad. Estos se creen que las tetas de la presentadora son de verdad, que la tía del culebrón llora de verdad, que un soldado americano puede matar a diez mil chinos con una pistola, que la guerra se hace por la paz, y todas esas cosas que pasan por la tele.
-Pues sí que es verdad.
-¿Cómo?
-No, nada, que es verdad lo que dices.
-Ah. Imagínate ahora que le llega alguien a alguno de estos y le hace salir a la calle. No sé, alguien, tú, yo, su prima la de Bollullos, da igual. Imagínate que llega y lo saca de la taberna. Después de haber estado todo el rato bebiendo y mirando a la tele, el tío no ve tres en un burro. Lleva un ciego de escándalo. No va nada más que buscando tías buenas, como la presentadora de la tele, y coches como el del superdetective de la película. Pero no hay más que viejas con verrugas y furgonetas de empresas de multiservicios de urgencia. Pero a él le da igual, él va muy contento. Y la parienta, imagínate que la que lo ha sacado de la taberna es la mujer, le va gritando que a ver si se va a buscar trabajo, en vez de tanto gandulear. Que hay que pagar la ortodoncia de la niña, y que el niño ha dejado preñada a la novia y va a haber que hacer algo, que es una vergüenza. Pero el tío no ve nada de esto, no va más que pendiente de un culo que lleva delante, que, bien visto, se parece al de la pelirroja de los vigilantes de la playa, solo que metido, mejor dicho, embutido en unos pantaloncitos ajustados que...
-¿Qué?
-Que la mujer no lo deja en paz, y que poco a poco se le va pasando el ciego, y empieza a verlo todo como es, que la chavala de delante tiene poco más de diez años y que su mujer no se parece ni de lejos a la tetuda de la presentadora, que todo es un asco, que le duele la cabeza, que el cielo no es el cielo azul de Malibú sino el aire podrido del polígono.
-¿Y ahora qué?
-Eso es lo que él se pregunta. Y se acojona, y empieza a pensar, algo que no había hecho desde antes que pusiesen la tele en la taberna, o antes incluso. Y dice: va a haber que hacer algo. Llega a su casa, y manda a la niña al cuarto, y apaga la tele sin mirar siquiera lo que ponen. Imagínate, el tío deprimido. La parienta lo ha dejado en paz y se ha ido a ver quién pasa por la escalera. El tío se sienta en el sofá de skay rojo, mira por la ventana a través de los geranios y de los cactus, y le da vueltas a la perola: el curro, la nuera preñada, el niño con la motito, la puta ortodoncia de la niña malditoseaeldíaquelallevamosalaputare-visióndeloscojones, el culo de la guarra preadolescente, etcétera. Joder, macho, el tío agarra un cabreo de mil pares de cojones y sale del piso pegando un portazo.
-¿Cómo en ‘Un día de furia’?
-Más o menos. El tío se recorre la distancia entre el portal de su casa y la taberna en un santiamén, eso sí, sin perder ni un detalle de lo que le rodea: las mierdas de perro en la acera, el tío de la chuta tirado al pie del tobogán, todo eso. Y es llegar a la taberna, agarrar el mando a distancia y apagar la tele. Al principio los de la barra no saben lo que hacer. Uno se ha llevado un susto tremendo y se ha derramado el medio en los pantalones. Entonces se dan la vuelta hacia la puerta y lo ven allí, con el mando en la mano y los ojos fuera de sus órbitas. Y va el tío y grita ¡pero es que no lo veis!. Y entonces se van a por él y lo inflan a hostias, todo porque el pavo les ha cortado el partido.
-Es que manda huevos, respondió el uno.
-Así están las cosas, como te lo cuento, más o menos. La culpa la tienen los medios, que trastocan los sentidos. Oye, ¿me pones un tercio?, preguntó el otro.
posted by Unknown at 4:19 a. m.
Expediente X
por Araceli Plata
Antes de acostarme tuve un encuentro con alguien que me cambió la vida una vez sin que yo lo supiese y que sólo ahora, cuando ya ha pasado tanto tiempo, es cuando me doy cuenta de lo importante que fue para mí.
Ayer de madrugada, al aparcar el coche delante de mi casa, me dí cuenta de algo. Nunca mejor dicho, porque no sabía exactamente lo que era, aunque dentro de mí era consciente de que algo había cambiado. Aparentemente no ocurría nada, todo estaba en su sitio: la glorieta desierta, el campo también desierto al fondo, la luna, más llena que nunca, se hallaba cortada por una finísima nube, y no se oía nada más que el viento furioso golpeando los bancos de madera. Los contenedores en su sitio, las farolas casi fundidas como siempre...
Un poco asustada me bajé del coche y cerré la puerta lo antes posible, corrí hacia la cancela de mi casa e intenté abrir la cerradura, algo se aproximaba hacia mí lentamente y comencé a escuchar un leve soniquete, algo parecido a una canción sorda y desordenada que iba aumentando de tono cada vez más, y más, y más...
Se me cayeron las llaves y los pasos seguían igual de lentos pero cada vez más cerca, y me agaché para cogerlas, y la música sonaba cada vez más fuerte, y yo intenté meter la llave en la cerradura otra vez, y otra vez se me cayó, y esos pasos detrás de mí, y la música, y los pasos parecían moverse muy lentos al compás de la música. Intenté recordar qué era lo que había visto al aparcar el coche, intenté recordar qué era aquello tan extraño que me había llamado la atención. A ver, piensa, la glorieta estaba desierta, el campo también, la luna estaba en su sitio, y el viento, y los bancos, y los contenedores, y las faro... ¡NOOO! Espera, hay algo que no está bien, hay algo diferente detrás de uno de los bancos. Hay un bulto negro, no, no es un bulto, es una persona agazapada que me aguarda, una persona que me mira fijamente desde detrás de los barrotes del banco. La música ya es totalmente perceptible, es jazz, es una de esas canciones negras y rojas, desordenadas y susurrantes canciones a las que sólo una persona nos tiene acostumbrados. Entonces me di la vuelta y allí estaba, sonriéndome como sólo sonreiría la muerte, enfundado de pies a cabeza en un traje negro y con el pelo gris despeinado.
-Hola David.
-Hola Araceli.
Me pidió que lo acompañara a aquel frío lugar al que ya me había llevado hacía tantos años. Sin dudarlo acepté, y entonces la música siguió acompañándonos con ese ritmo tan lento y tan letal. Llegamos a la habitación roja donde a lo lejos pude ver a Laura bailando con Ronnette al compás de la música, eran dos ninfas pálidas y sensuales, dos que se balanceaban alrededor del enano que con una sonrisa sarcástica las miraba por tiempos, primero a Laura, después a Ronnie. A la izquierda, sentados en una mesa estaban Dale y Diane, absortos, atrapados por la mortal danza de las ninfas. Él saboreaba un poco de café a la vez que cogía uno de los donuts que Lucy había preparado cuidadosamente encima de la mesa. Por detrás del telón escarlata apareció Audrey con una falda de cuadros escoceses y zapatos de tacón rojos. Iba fumando uno de esos largos cigarrillos americanos y su pícara mirada se dirigía al otro extremo de la sala, donde Bobby se escondía temeroso de Leo, que con dificultad movía su silla de ruedas ayudado por su esposa Shelley. Cerca de ellos estaba Norma, su compañera de trabajo junto con Ed, que huía de su demente y tuerta esposa que lo perseguía por toda la habitación. Creo que le pedía unas cortinas nuevas para el salón. De pronto, escuché el ruido de una moto en la entrada. Debe de ser James - pensé - no veo a Donna, así que tiene que venir con él. Majestuosa y bellísima me crucé con Jocelyn que me pedía socorro con los ojos y con Leiland que miraba a Laura desesperado. Todos los demás: Harry, Catherine, Sarah, el doctor Jacobi, iban encajando en sus respectivos lugares mientras David me explicaba que no todo es lo que parece. Que una niña modelo puede estar llena de oscuros secretos, que un agente del FBI puede ser un neurótico, que una inocente colegiala puede esconder una voyeur, que un novio perfecto puede ser un delincuente, que un camionero puede ser en realidad un matón. Que aquí nadie se escapa de nada, que todo el mundo es culpable de algo...
La música acabó por envolvernos a la vez que un hombre manco nos susurraba al oído: “Fuego, camina conmigo”.
Después de tanto insomnio, ahora puedo dormir tranquila. Mañana reponen TWIN PEAKS
posted by Unknown at 4:19 a. m.
J
por Carlos Guerrero
I
Nada hay más eterno que la eternidad misma. De igual modo, nada existe tan solitario como la soledad. La soledad que me acompaña bajo el perfume férreo de los barrotes que me custodian. A veces me da la mano y en algunas noches de cordura me seduce con sus secretos de parda melancolía [...]
[...]Mi nombre es Jack, si bien no podría precisar el momento en el que mi apellido se cubrió de sangre. En vano he intentado recordar lo inefable, penetrar en el angosto sendero del tiempo. La tierra colosal de un arrabal remoto o el abrazo febril de una prostituta envuelven mis días pasados en una lacra imperecedera de denuedo. Recuerdo a un hombre vestido de negro, alto, apuesto, que se fragmenta en el puzzle circular de mi olvido [...] Aún puedo rescatar el sudor que cubría mi piel cuando el alcohol rebosaba desde mis entrañas. Recuerdo el peso de mi amargura en un traje color noche que arrastraba su tela por las enmarañadas calles de White Chapel. Recuerdo a aquella vieja desdentada que se complacía en pronunciar mi nombre cuando mis pasos eran tan sólo esclavos del licor, el sonido de los cristales que se estrellaban en los adoquines, las sombras de una acrópolis negada por la fortuna cuyos rayos de sol se desviaban como legiones hacia el West-End, el tintineo burlón de las monedas en las tablas luctuoas de los burdeles. Aún recuerdo los pasquines en el suelo roídos por las ratas[...]
[...]Todo se conforma como la Historia de una ciudad rota en la que mi sombra se cubría de Humanidad. Sin embargo, me cuestiono, me corrijo, me delato; pues ese que lamento, ese que rememoro, quizás sea otro. Puede que fuese mi primera víctima. Cierto, quizás sea un loco, un asesino, el verdugo. Pero todavía alguna noche rescato el sabor de la inocencia, de la inocencia que me dicta el ser hombre, que me dice que un día fui hombre. ¿Pero dónde descansan hoy mis despojos, dónde yacen mis huesos y esperanzas, dónde el miedo y la conciencia? ¿Quién los vela para enterrarlos cada vez que intento escapar? ¿Quién me nombra? ¿Quién me inventa? ¿Quién me eligió y me robó el aliento? ¿Quién fue el que bautizó mi nombre con la sangre eterna? ¿Por qué no me miran con ira los ojos desencajados de aquellos muertos?[...]
II
A Michael Ostrog le vieron salir de su casa, ya borracho, a las 23:15, como todas las noches. A las 23: 15 del 31 de agosto de 1888. Le oían insultar a todo el mundo, con su desgarrada voz de madera cascada. A las 23: 18, pisó una botella de whisky vacía que estaba en el suelo. Ésta rodó calle abajo y golpeó el talón de David Cohen, aunque éste, entusiasmado por las caricias lascivas de la mujer que lo acompañaba, no lo percibió. A las 23:20 los gritos de Michael Ostrog buscando la botella se diluían en los alaridos de victoria de un afortunado jugador. Cohen y su acompañante entraron en una destartalada casa de cuya puerta trasera salía Polly Nichols.
La blusa de Polly se descuelga desde sus delgados hombros y nos muestra una piel llena de pecas que huele a colonia de hombre. Piensa que el mundo es absurdo y por un momento se imagina fuera de East-end. Se pregunta si existe un orden de aparición en el mundo. Si fuese así, se dice, yo podría ser otra. Quizás incluso podría ser la Reina Victoria; dicen que las reinas tienen corona... ¿cómo quedaría una corona en mi cabeza?
No puede imaginarlo porque no sabe cuál es la forma de una corona.
Polly Nichols recoge un trapo grasiento del suelo y lo coloca encima de su cabeza. Una sonrisa se dibuja en su cara. A las 23:37, la reina danzarina desfila desconfiada por el subconsciente londinense.
Silencio.
Unos zapatos rechinan. El trapo cae y Polly se gira. A unos 20 metros un hombre alto y apuesto cubre sus manos con unos guantes. Polly se acicala y piensa que es un príncipe, pues cree que los príncipes también usan gabardina. Se acercan lentamente. A ella le avergüenza el olor que ha dejado en su cuerpo aquel viejo gordo. Los grillos acentúan su himno y el hombre apaga el silencio de la noche con la ceniza ardiente de su cigarro. Ella le pregunta su nombre. Él no contesta. Las piernas del hombre se encaminan hacia un pasaje oscuro. Polly quiere besarle, acariciarle, olerle. Él desabrocha los dos primeros botones de la blusa y mueve los labios. Pronuncia unas palabras. Los ojos de Polly se congelan. Las pupilas se dilatan y el azul es más azul. Un mechón de su largo pelo rubio se desmorona sobre su rostro de niña y un fino hilo de sangre humedece los resquebrajados y carnosos labios. Como una pluma mecida por el aire su cuerpo de muñeca rota se postra a los pies del hombre, que irremisiblemente extrae el avenedizo puñal que ha quebrado su corazón.
J. deja el cuerpo de la prostituta tendido en ese oscuro callejón. Sus manos se refugian en los bolsillos. Camina.
Escucha, lector, como adolecen sus pasos del eco solitario de los animales nocturnos. J. se detiene. Sus ojos caen con parsimonia y permanecen cerrados. Son las 23:52 del 31 de Agosto de 1888. Ahora es tu turno. Las palabras huecas y mendaces existen en este minuto y cohabitan con el mundo y, con el mundo, las solitarias calles, el opaco rincón y la sonoridad roja y violácea del cielo.
No respires.
Aguarda.
Acecha.
Te muestro la espalda terca de J., su ropaje único.
Detengo el tiempo. Tick...
Has de elegir bien, se certero.
¡Ahora!............ .............. .............. .............. .............. .............. .............. ..............
Tack.
Jack abrió los ojos. Antes de marcharse se dio la vuelta para mirar por primera y última vez el cuerpo desvalido de esa anónima mujer. Un centenar de cuervos la arropaban ocultando la pálida vida que le quedaba. Los pájaros se ensañaban con un cuerpo que no podía luchar y con sus ojos avizores miraban con agonía al compañero que le arrebataba un trozo del preciado cadáver. Sus picos surcaban su muerte y reverberaban sus graznidos ávidos.
J. desapareció cuando la niebla y las alas negras turbaban el extraviado silencio de las calles abatidas de White-Chapel.
III
[...]Es fácil escudarse en el peso de la locura o en las mentiras que el diablo profiere, pero mis manos sólo ahora se mueven al ritmo que mi mente marca. Las miro, muevo con cuidado los dedos para no despertar de nuevo su furia, su rencor. Deslizo mi dedo por el torso desnudo del papel, intentando cortar la yema de mi dedo índice cuando llego al límite del mundo donde confino mis palabras y mis recuerdos. No puedo evitar el vértigo que me produce el final de esta hoja blanca puesto que no se si será la última y me da miedo mi silencio, el balanceo pernicioso de mis preguntas, el sendero de muerte que mis respuestas incoherentes dictan[...]
[...]El día (la noche) que llegué aquí, me abrumaron, me sepultaron bajo el nombre de mis víctimas[...] Me sentaron en una silla verde, que cojeaba por la irregularidad del suelo. Del respaldo sobresalía un tornillo infectado por el paso del tiempo. Polly Nichols, Annie Chapman, Liz Stride, Kate Eddones, Mary Kelly. Sus nombres, sus apellidos, ululaban como fantasmas incorpóreos, como cosas inertes, como galardones. No podía rescatar sus caras del pozo sin fondo en el que mi cabeza se había convertido. Delante de mis ojos, sin embargo, paseaban grácilmente imágenes vívidas, insultantes, recriminatorias. El brillo nocturno de una larga trenza que no tenía fin y que se movía como se mueven las hojas que caen despreocupadas al inicio del otoño. Yo podaba sus vidas perennes. Unos ojos tan verdes, que perdían su color en el retrato minucioso de una brizna estática de hierba. Una sonrisa, leve como la de un gato, tan poco acostumbrada que pedía disculpas por su torpeza. Veía una estrella en el cielo, un cielo en el universo, un universo en las medias desgastadas de unas piernas torcidas por los adoquines maltrechos. Polly Nichols, Annie Chapman, Liz Stride, Kate Eddones, Mary Kelly. ¿Qué significaban esos nombres? Buscando un resquicio de culpa, de desconcierto, de temor, de ardor, de dolor, acompañaba el sonido sórdido de aquellas vidas con el punzante castigo que el tornillo inmolaba en mi espalda. Contraía mi cuerpo al ritmo de las palabras del policía, desgarrando la ropa y regando mi piel con una sangre, que, esta vez, sí era la mía[...].
[...]Me es imposible apaciguar la angustia. El papel se acaba, y, con él, presiento que también cesa mi cordura. O quizás sea mi vida la que termina[...].
[...]Desde hace dos días comparto la habitación con otro hombre. Casi mil veces le pregunté su nombre, pero siempre me responde con la misma mirada perdida y resignada, como si su destino estuviese ya marcado, como si también estuviese ya escrito que yo no debería conocer su nombre. Es una verdad despiadada, pero no casual. No puedo recordar el nombre de ninguna persona viva. Piedra, suelo, cuchillo, lamento, botella. Todo muerto, como Polly Nichols, como Mary Kelly[...]. He de saber su nombre, he de conocerle, he de odiarle, amarle, saberle... despojarme de este tormento, arrojar la destrucción que me rodea, cambiar el orden de las letras de mi apellido, perpetrar el acto de la vida.
¡Dios!, Apenas cuatros líneas me faltan... esta mañana encontré un cuchillo debajo de mi almohada. Juraría que antes no estaba allí, que nunca ha estado aquí, tan cerca... ¿Quién me hace esto? ¿cómo puedo darme vida? Apunto está ya él de volver, mis manos tiemblan, mis ojos se nublan, mi vida se va, mi nombre me busca...
IV
24 de Noviembre de 1888. Aaron Konsminski apuraba sus últimos momentos en el patio circular. Todas las tardes paseaba por Baker Street hasta que el sol decidía retirarse. Nunca le había gustado la noche en White-Chapel. Ahora que había perdido la libertad, pretendía no perder también las ganas de caminar. El movimiento de sus piernas le transportaba a otro lugar, se sentía renovado a cada paso. La quietud le asustaba, le intimidaba. Le confortaba sentir el gradual desprendimiento de la arenilla bajo sus suelas, como un molino que no deja descansar al agua sobre sus aspas. A su edad, tenía derecho a olvidar, a crear un nuevo presente a cada instante, a pisar con fuerza sobre la tierra fatigosa, estela de la antigüedad.
No sabía por qué le habían recluido, pero tampoco le importaba demasiado. Desde hacía mucho tiempo, tenía la sensación de que sus actos respondían a un patrón lógico que se le escapaba. Se sabía abocado a la rendición, a la conformidad. Aceptaba la realidad tal cual se presentaba, sin alegría ni tristeza.
Antes de que se lo ordenasen, sus pies decidieron poner fin a su actividad.
Apenas llevaba en ese nuevo lugar dos días... su pie izquierdo no fue capaz de procesar una pequeña porción del suelo. Una piedra con forma de huevo minúsculo se había atorado en el hueco que el tiempo había construido entre la suela y el calcetín roído.
La miró detenidamente. Quizás él existía porque esa piedra debía acompañarle durante el resto de su vida. Puede que debiera llevarla a otro lugar y, cuando lo hiciese, el universo recobraría su orden. La idea de resumir el cosmos en el interior sereno de la piedra era preciosa. Una piedra ovalada. Una piedra que no podía ser destruida. Su interior no se descomponía en partes menores, no podía dividirse. Su destrucción ocasionaría múltiples prismas y como los mil ojos de los dioses indios velarían por el secreto las cosas, reproduciéndose a cada golpe, hasta convertirse en polvo, en el polvo que todo lo cubre.
Pero no es eso lo que pensaba Aaron Konsminski. Creía haber sido demasiado descortés con su compañero de celda. Hoy le diría su nombre y le pediría disculpas por su comportamiento. Simplemente no quería confundir a nadie. Él iba y venía, no hablaba mucho, aunque tampoco el otro parecía especialmente locuaz.
Eran las 17:02 del 24 de Noviembre de 1888. La celda quedaba a 35 metros. A 25 metros. A las 17:03 la celda quedaba a 10 metros de Aaron Konsminski. Los últimos diez metros se redujeron como el plasma del tiempo que recorría. Llegó al umbral de la celda y, súbitamente, sintió una fuerte presión en el pecho. La piedra cayó de su mano derecha y rodó por el suelo, torpemente. Su forma ovalada la desproveía de toda elegancia. El universo rodaba, sigilosamente, en el interior de la piedra. Todo cambiaba, todo nacía y perecía en un mismo segundo.
Asistimos a una partida generosa y tremenda. Los dados aún se mueven y todo puede pasar. Los números se encadena unos a otros rompiendo su jerarquía. La piedra se detiene.
La presión ya no es tan fuerte. Dirige su mirada hacia abajo y puede ver como una mano se retira de su pecho y alguien le dirige unas palabras que no alcanza a comprender. La mano del policía se separa definitivamente del cuerpo de Aaron Konsminski. Le sigue hablando pero él no le entiende, aún está asustado. Intenta que no entre a su celda. El policía levanta el brazo derecho y le indica que se aleje. Este movimiento le permite ver desde otra perspectiva la habitación.
J. yace en el suelo. No puede ver su cara, oculta tras el brazo impertérrito del policía. Pero no le hace falta. Él está allí para ver otra cosa. La sangre recorre su cuello, regocijándose y tomando su cumplida venganza, naciendo del profundo corte que rodea su garganta. Un cuchillo rojo permanece callado en las manos del asesino.
Epílogo
Las nubes crean claros y sombras entre bancos y árboles de un pequeño parque londinense. La Iglesia que lo preside comienza su particular repertorio, apaciguando el sonido metálico de las carreteras con el rudo vaivén de las campanas. Son otros tiempos.
Perpendicular a la Iglesia, un callejón se resiste a ser asaltado por la luz. Allí, una mujer pequeña empaña con su último aliento los ojos vidriosos de un hombre. Es ahora cuando doblan las campanas. La gabardina que viste al hombre es rígida y no muy nueva y es dentro de su bolsillo izquierdo donde él guarda el cuchillo.
J. se pone en marcha, pero se detiene enseguida. Cierra los ojos para intentar grabar en su mente el rostro de la mujer que acaba de matar. Ve unos rasgos diminutos, delicados, que describen una vertiginosa perfección en su simetría. Ve los ojos que se caen, las manos que se rezagan en la caída, el vacío que nace donde antes estaba, una secuencia de imágenes que se pierden. Sin embargo, no puede unir esas imágenes para conformar el rostro humano y completo que él ha fragmentado.
Por un momento, parece dispuesto a mirar atrás, pero finalmente no lo hace.
La gente pasa por el parque como un segundo fugaz que deja paso a otro, reemplazándose continuamente.
En un banco, alguien con algo en las manos ve salir a J. del callejón. Puede percibir el desgarro y la terrible pérdida de su alma, la consternación de su mirada y la incomprensión del mundo que le atormenta. Durante un instante místico, mágico, J. mira a la persona del banco. Ambos permanecen frente a frente. Desde allí, sentado, observa como una ráfaga de viento levanta la solapa de su gabardina y muestra el cuello corregido por una cicatriz de puntos y comas.
posted by Unknown at 4:18 a. m.
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