sábado, enero 26, 2002
Cualquiera
por Carlos Guerrero
Una pila de cuadernos y libros, abiertos y cerrados, se esparcían por la cama y por su cuerpo desnudo como sólo lo es el de aquel que aún no ha nacido. Despierto fue por el silencio del despertador y, allí, entre las fatuas prostitutas que eran novelas y poemas, levantó los brazos para no desperezarse. Sus manos jugaron con el pliegue de las sábanas y en una danza maravillosa, sus dedos coquetearon ágiles con las láminas de Rembrandt acallando el sonido inerte de los violines mágicos de Bacarisse.
Pero no sentía nada.
A los pies de la cama, erguido como el presente, un espejo enorme reflejaba un rostro desconocido. Sus manos, que pronto olvidaban, iniciaron una cadencia lenta y parsimoniosa como surgen, despacio, las palabras vacías de un cuento, desprovistas de sentido y vivas como las alas de una mariposa disecada. La mariposa se posó en sus mejillas y las alas, que sólo dedos eran, forzaron una sonrisa que nunca podría haber sido. El espejo le devolvió la misma caricatura grotesca y deformada. La mariposa huyó por la ventana entreabierta.
Pero no sentía nada.
Intentó llorar. Miró hacia el suelo y allí observó que las Brönte gritaban y que la luna de Bécquer se quedaba desnuda y lloraba mil estrellas de sufrimiento. Sus ojos, secos como el Estigia de santidad, se cerraron para no soñar jamás. No sintió nada.
Bajó de la cama y comprobó inexpresivo que estaba ya vestido. Unas ropas cualesquiera que había sacado de su no-armario. Salió de la casa.
La mañana se le apareció soleada y lluviosa. Truenos celestiales acallaban los rayos estridentes del sol. Empezó a caminar y vio como nacía un árbol. Su delicado talle se robustecía cada segundo y de sus incipientes ramas, capullos afloraban. Parpadeó. Los frutos del árbol comenzaron a caer. Éstos eran verdes y, algunos, casi rojos y con aspecto de ser ácidos y a la vez un tanto dulces. Eran serpientes.
Sus pasos eran uniformes e inexorables. El eco, acuciado por la necesidad de vivir de nuevo, robaba con picardía el estruendoso ruido que hacían sus pies al golpear con violencia el suelo. A él no le importaba. Ya le habían robado antes la capacidad de sentir. ¿Por qué ahora debía importarle el ser despojado de unas reminiscencias que nunca fueron suyas? Vio alejarse a Eco, que parecía loco, atrapado entre enormes masas de hormigón que eran el guante áspero de un asesino abocando al vacío el grito de su víctima.
Las Sonatas de Inclán dibujaban a su alrededor parajes adormecidos por el éter de su memoria. Un paso más. Le acompañaban en el viaje Tom Sawyer, Telémaco, Boccaccio, Legrand y un sinfín de nombres trovadorescos sin canciones que cantar. Éstos, viajaban en un vagón diferente, en el de la imaginación, de la que tantas veces había leído, por la que tantas veces no había suspirado. Su imaginación, absorta en la tarea de nacer, se despedía a cada momento de su vieja memoria, que descansaba en las manos ajadas de un cansado marinero. El anciano le señalaba allí a lo lejos, donde el mar inmenso absorbía las lágrimas no menos saladas de Arthur Gordon Pym y la soledad insoluble de Ismael. La arrogante y egoísta señora con canas, la memoria, deshojaba con su garfio plateado una descarada Flor del Mal mientras que con el pie descalzo pisaba violentamente a la ingenua princesa vestida únicamente con el reflejo infantil de su belleza.
Llegó a una inmensa plaza sin luces que iluminaran la fuente que allí dormía. Los balcones de las casas que podía ver eran sólo eso, balcones, todos vacíos. Todos excepto uno. En el más alejado podía distinguir una solemne figura negra que le estaba dando la espalda. Se aproximó despacio, coincidiendo cada uno de los pasos con un ligero movimiento de aquella extraña silueta, que se giraba lentamente. Cuando ésta, una sombra sin rostro ni cuerpo, estuvo totalmente enfrente suya, no pudo seguir andando, no pudo seguir existiendo. A un par de centímetros de su hombro, una hoja de abedul flotaba como por arte de magia sin intención de seguir cayendo. La silueta dirigió su mirada hacia aquel hombre. Tenía el pelo rubio y moreno y los ojos negro claro. Su estatura oscilaba entre uno y tres metros. La nariz, exageradamente aguileña y chata, apenas dejaba ver su bigote transparente. Sus manos eran enormes, aunque quizás demasiado pequeñas, al igual que sus labios grandes y carnosos que le recordaban a la rendija de una hucha.
Pasó una vida entera hasta que la escena volvió a cobrar vida.
¿Quién soy?.
Las palabras se deslizaron por sus labios como una gota de lluvia por una cascada infinita, sin gallardía, con la expresividad de una roca caliza.
Eco, gacela y leopardo en un mismo cuerpo, recorrió una distancia imaginaria con ávida codicia y saltó de una modo absurdo e hilarante. Al mismo tiempo que la hoja de abedul se posaba en su cabeza, decía: soy soy soy soy soy soy soy soy soy soy soy . Desapareció.
La sombra estaba de nuevo de espaldas y entonces, él volvió a caminar.
Después de una instante, tras divagar y pensar en nada, se encontró inmerso en un paisaje maravilloso, lleno de fascinantes flores y exquisitos manjares. La facinerosa naturaleza jugaba con las sombras y las luces en un abrazo caluroso entre la magia y el ensueño. Y, sentada en un banquillo de piedra, junto a un estanque de agua clara, se le apareció la más bella mujer que jamás pudiera haber ima... recordado. Lo sabía. Su rostro era el resplandor de un sueño de opio, una etérea y animosa visión más extravagantemente divina que las fantasías que flotaban alrededor de las almas adormecidas de las hijas de Afrodita. Su cabello, de un negro azabache, caía sobre los hombros desnudos. Y su boca era el triunfo sobre todas las cosas celestiales, sobre la belleza y la monstruosidad, sobre la deidad y el más impenetrable infinito. El cuerpo desnudo era una majestuosa enredadera que crecía rápidamente entre los diversos olores que desprendía su paradisíaca piel. Piel de macedonia, olor a dulce fresa, a limón terriblemente ácido, a manzana caída del árbol del pecado, a cicuta allí donde la voluntad se pierde.
Pero, simplemente, no sentía nada.
Arrodillado frente a Venus, Astarté o Ligeia, susurraba Fausto sus desgracias y rezando en mil idiomas le pedía su alma, le rogaba por su amor. Ella, Beatriz, impasible, señalaba hacia aquel ser que permanecía casi inmóvil, ofreciéndole con un gesto alegórico el placer eterno, el amor imperecedero.
Sumido en la más completa abulia, sin aún una pizca de desesperación, contempló aquel cuadro por última vez. Fausto, limpiando una mancha azul del rostro de ella, la besaba apasionadamente, mientras Mephistofeles, encolerizado, cogía por la cintura a esa mujer esplendorosa, Helena.
Caminando sin sentido ni orientación, miraba al cielo, donde la luna, curva y puntiaguda, atravesaba al sol con uno de sus extremos nocturnos, formando una herida terrible en el corazón de Febo, que, sin poder contenerse, derramaba millones de lágrimas doradas, llenando el suelo de espitas maquiavélicas.
Sin percatarse, llegó a una zona muy oscura, una calle sin fondo donde no se veía nada y tan sólo se podían oír los más desgarrados gritos que nadie haya escuchado nunca.
Las espitas que vertía Febo derramaron de repente una luz magnífica sobre aquel lugar, Dunwich. Y, entonces, aparecieron imágenes tan horribles que ni el propio Cerbero podría imaginarlas. Tres demonios, cuya horripilancia parecía haberles expulsado del último círculo dantesco, peleaban entre sí, clavándose uno a otro las garras y emitiendo gruñidos y blasfemias imposibles de articular por cualquier otra bestia. La pestilencia, sólo comparable en repugnancia a sus inefables cuerpos, se esparcía por toda la calle. Un cuarto demonio, sentado en el suelo, cantaba una nana infernal al bebe que yacía sin vida en los brazos de una mujer que se mecía en el bordillo del suelo. La mujer, sombría como la muerte, daba el pecho a su hijo inerte y, a su vez, repetía la canción que aquel infesto ser vomitaba por sus fauces. El niño aún estaba unido a su madre por el cordón umbilical.
Pero, no sentía absolutamente nada.
Entonces, algo le llamó la atención. Un conejo blanco, cuya cabeza portaba una extraña chistera y sobre cuya oreja derecha pendía un reloj de bolsillo, atravesaba la calle sumergiéndose en la profusa niebla que arropaba aquel ambiente sórdido. Se decidió a seguirlo.
La madre mordía el cordón mientras su hijo, tumbado en el suelo, era devorado por los diablos. Al lado, el miedo y la locura, que jugaban a las cartas sobre una cadáver sin cabeza, vieron correr a un joven de unos ochenta años, ajeno a ellos, en pos de un conejoblanconejoblanconejoblablablablablablablabla...
El conejo llegó hasta la orilla de un enorme mar. Él, ni fatigado ni aturdido, se sentó en la arena y observó como el conejo miraba el reloj y se secaba el sudor con un pañuelo de seda que había sacado de la chistera. El aire levantaba innumerables granos de arena que bailaban alrededor de la cabeza del joven anciano de pelo negrubio. Las olas admitía su derrota y se inclinaban para morir en la silenciosa orilla. En una secuencia sin término, la unión entre la tierra y el agua configuraba una polifonía de silencios y murmullos, una opulenta rapsodia que cantaba las victorias de Neptuno y Geos. De esta sacrílego matrimonio, surgieron dos figuras de barro. Una de ellas, la sombra impertérrita, se colocó a su izquierda y la otra, el desdichado Eco, a su derecha.
El conejo blanco, muy despacio, se dirigió hacia él y con un ademán triste y jocoso a la vez le entregó el reloj de bolsillo. Éste era de oro, magnífico, de una gran valía, pero estaba estropeado. Las agujas, tan estáticas como un adiós, marcaban una hora, una hora eterna. Las cinco y un minuto. Sin percatarse, el conejo se había acomodado en su seno, retozando como un breve suspiro en la noche. Pero no sentía nada.
Él miró a la sombra, quien le acercó una pequeña pluma. Con talante solemne, la contempló durante unos segundos mientras sentía al conejo jugar con los botones de su camisa arrugada. El pequeño animal, seguro de su suerte y confiando en el destino, le mostró el lugar donde se encontraba su diminuto corazón. La pluma, ayudada por su fiel compañera, la mano, se introdujo en el cuerpo sereno del animal, que recibió con un leve estremecimiento la llegada de la muerte. Eco, horrorizado, se tapaba la cabeza con los brazos.
¿Soy un asesino?.- dijo. En ese mismo instante, el conejo desapareció de sus brazos.
Eco, un poco más loco, repetía sin cesar:
SINO, SINO, SINO, SINO, SINO, SI, NO, SI, NO, SI, NO...
Miró a la sombra, sin prestar atención al loco Eco: ¿Quién soy?.
SOY, SOY, SOY, SOY, SOY, SOY, SOY, SOY...
Cualquiera.- respondió la desconocida sombra, que no era más que el reflejo de su padre, el hombre que, rodeado de los sentimientos que a él le faltaban, perfilaba su no vida en el semblante mortecino de un papel tintado.
ERA, ERA, ERA, ERA, ERA, ERA, ERA, ERA...
SOY, SOY, ERA, ERA, SOY, SOY, ERA, SOY, ERA, SOY, ERA...
Completamente desquiciado, atrapado entre el presente y el pasado, Eco se dejó caer en las manos de Futuro para morir tan presto que ni siquiera pudo repetir su último suspiro.
Miró a su alrededor y se encontró solo. Sus únicos invitados y compañeros, aquellos libros tan efímeros y mentirosos, dejaban a las hojas bailar al son que marcaba el viento frío que entraba por la ventana entre abierta. Se volvió a tumbar en la cama, sin sentir nada. Sus manos jugaron con el pliegue de las sábanas y en una danza maravillosa, sus dedos coquetearon ágiles con las láminas de Rembrandt acallando el sonido inerte de los violines mágicos de Bacarisse. Sus ojos iniciaron, hasta cerrarse para siempre, una cadencia lenta y parsimoniosa, y se abrazaron a Morfeo como se funden con el silencio las palabras finales de un cuento.
posted by Unknown at 5:02 a. m.
The only thing needful
por Esteban Álvarez
La realidad se da la vuelta y se ríe en su cara. Algo salta en sus entrañas y el ácido, aullante, corre por su cuerpo quemando la carne desde dentro.
Ahora ya no hay tiempo para nada. De hecho, no hay nada más que hacer que esperar el inminente final. Las largas y oxidadas agujas de hierro del reloj de la torre giran descompasadas mientras el agua cae a un ritmo constante sobre los sucios adoquines. Tras una ventana una débil luz ámbar parpadea, señalando el peligro de seguir adelante. Una hoja de periódico gira en el viento desperdigando noticias sin valor y provechosas falacias. El espacio entre los ruinosos edificios es una naturaleza muerta y putrefacta, recuerdo de milenios de destierro.
Con el gesto contraído por el dolor interno, sus manos se abren camino entre las húmedas paredes de un callejón. El sabor de la bilis cabalga sobre su lengua, y sus pies arrastran todo aquello que encuentran a su paso. Está hecho un asco y lo sabe, pero no hay nadie que pueda decírselo a la cara. Cada paso es una oleada de olor a mierda de perro desde la suela de sus zapatillas, manchadas por arriba con sus propios vómitos. La camisa se le pega al cuerpo, a pesar de estar helando. De una de sus manos llega un dolor lacerante, cortada por Nadie sabe qué. Su estómago es una verdadera coctelera, aunque no hace mucho rato que vomitó otra vez. Los cables del telégrafo, desollados como negras serpientes, crujen sobre su cabeza al chocar entre sí, emitiendo misteriosos fulgores azules que contempla embobado. El peso de la culpa tira de su abrigo hacia la derecha, despertándole de su elucubración y poniéndole en marcha. Puede que el reloj solo sea un mentiroso.
Poco después está perdido en un inexplicable bosque y los árboles pasan cada vez más rápido mientras cree saber qué es lo único que puede hacer. Solo una cosa, nueve letras; solo una cosa, nueve letras. Solo...una...cosa. Nueve...
La luz dorada de una farola le ciega al salir del bosque. Cruzarlo no ha sido fácil. Por lo que puede recordar, ha estado a punto de caerse en un par de ocasiones, eso sin contar con el riesgo de perderse y quedarse dormido en un rincón entre el barro. Una gigantesca cabeza de bronce le contó el secreto del laberinto con su mirada. Una cabeza sincera, piensa mientras sus pies se deslizan por los resbaladizos escalones de un pasaje subterráneo iluminado por la parpadeante luz blanca de una barra de neón. Las cucarachas se escabullen a su paso entre las grietas de las sucias losetas blancas que lo cubren todo.
Al salir del pasaje una ráfaga de aire frío y maloliente le despeja de su torpor. Es el aliento de la Parca, que viaja a su lado. Sabe cual es su propósito, la única cosa que queda por hacer. Sus huesudos dedos recorren amistosos su espalda, infundiéndole valor. Tiene a la Muerte de su lado, como uno más de la Legión de los Condenados. Su mente empieza a estar realmente lúcida. Ella se lo aclara todo en suaves susurros al oído, qué es lo que tiene que hacer y cómo. Ella se encargará del resto.
El ascensor tiembla y chirría mientras sube lentamente. La madera está podrida por los orines y el suelo de goma luce un oscuro charco de sangre seca en el que se divierten tres moscas. No, cuatro. Tres mil y pico años después, las puertas se abren a una oscura galería. A la izquierda, una larga hilera de ventanas muestra una penosa vista de la Ciudad a través de las vidrieras rotas. El corredor es ancho, pero poco transitado. Al fondo, unos cincuenta metros más adelante, se abre a un puente que cruza el abismo de tejados que lo separa del resto de la Ciudad. Un escalofrío cruza entre su piel y sus vaqueros cuando mira el reloj de la torre. Es demasiado tarde. Ahora ya no hay tiempo para nada. Realmente, no hay nada más que hacer que esperar el inminente final. Se derrumba, descolgando sus piernas entre la balaustrada de piedra y dejando que sus lágrimas caigan hasta los tejados. Si llora lo suficiente, cree él, puede que alguna gárgola logre calmar su sed.
Cada una de las lágrimas tarda unos cuarenta y cinco segundos en llegar hasta el tejado más cercano. Muchas de esas lágrimas caen antes de reparar en el constante grito de fondo que ha estado buscándole por su mente durante todo este tiempo. Y comprende.
La risa de la Muerte llena de ecos fúnebres la cúpula metálica mientras la cruza a toda prisa. El vértigo recorre su médula al girar una y otra vez por la escalera de caracol. El aire es cada vez más cálido y pegajoso, se siente avanzando entre vísceras. El grito es más fuerte. No hay duda, es ella y se encuentra en peligro. A pesar del calor no quiere quitarse el abrigo, le da seguridad. Una luz rojiza lo inunda todo y mancha sus manos de sangre. Alguien dijo una vez que solo una cosa era necesaria, le plagiaron y escribieron un libro importante. Él nunca lo ha leído, pero se lo han contado muchas veces. Esa gente ya no está allí. Él tampoco está allí. Está aquí y ahora, como todos.
Todos. Será posible. Aquí han estado todo el tiempo. Ya no hay música y todos están quietos. O casi. Entre la masa tres figuras se agitan. Una de ellas grita. Las otras dos intentan agarrarla. Son demonios: uno bajo y musculoso, con una peluca de payaso; el otro alto y delgado, como un árbol de Navidad deshojado. Con paso decidido y los dientes tan apretados que parecen a punto de estallar se abre paso entre los amigos inmóviles. La Muerte se le une desde un rincón y le da ánimos y una pistola. Solo una cosa, nueve letras. Blam. Blam.
Alguien grita feliz año nuevo y todos se abrazan. La banda vuelve a tocar, una canción lenta, casi fúnebre. Alguien comenta por lo bajo que no es lo apropiado. Alguien masculla una respuesta con la boca llena de canapés secos. A pesar de todo, todos bailan. Nadie repara en ella. Tendida en el suelo, un hilo de sangre gotea de sus labios de fresa. Incluso hay alguien que le pisa la mano sin darse cuenta.
Junto a ella, sentado en un sucio diván, acabo de despertame. Los demonios se han ido con la Muerte. Solo una cosa, nueve letras. Asesinato, adivinaría el Juez.
posted by Unknown at 4:56 a. m.
Feria y fiestas
por A. J. Jiménez
Y más abajo figuran las reglas. Sólo son tres:
1.Cada tiro es un blanco garantizado.
2.Por cada blanco, un tiro gratis.
3.El primer tiro es gratuito.
El espejo en el espejo, Michael Ende
Nunca me han gustado las ferias. Quizá, acostumbrado a la soledad masiva de la ciudad, las encuentre demasiado pueblerinas. No se me entienda mal, me explicaré: sólo considero como feria al evento celebrado en un pueblo, y no muy grande. Las ferias de ciudad no son puras ferias sino celebraciones elefantiásicas...
Como iba diciendo, estos festejos nunca fueron mi ocupación, sino más bien mi terror y fobia. Vano sería argumentar, como ya habrán supuesto, que no bailo, o que carezco, para serles franco, de capacidad para el divertimento. A pesar de todo esto, y cuando contaba treinta y dos años, conocí a la que sería (literalmente) la mujer de mi vida. Alejandra era morena como...bueno, no era morena, sino teñida ; aunque en estos días ya se sabe. Su piel era del mismo moreno, esto es, aceite de zanahoria, creo. Pero en Junio todo se perdona. Siempre he pensado que con ese calor sofocante, ni ganas deben quedar para reprimendas, además de no ser el más indicado para darlas.
Prosigamos: hemos dicho que era Junio, pero no el día; el veintitrés ; veintitrés de Junio de mil novecientos cuarenta y uno. El año no viene al caso, pero sí la fecha : víspera de San Juan, y por ende la noche más larga del año, y a fe mía que lo está siendo.
Alejandra, que vive en una hacienda cercana a la mía, es la hija de los dueños. Siempre que iba a casa de mis padres, ya que yo estudiaba en la capital, ella salía a recibirme al camino, montada en uno de los caballos de su padre. Era delgada, a pesar de su estatura, ligeramente inferior a mi metro setenta, y su pelo se movía al trote del caballo, fustigando, dañando el viento.
Con el paso de los años forjamos una hermosa amistad, que, viendo como ambos superábamos la treintena y seguíamos, por así decirlo, solteros, no tuvimos prejuicios en que fuera a mayores. Todo ocurrió el mismo día : el citado veintitrés de Junio. No es que en mis anteriores treinta años hubiese descuidado a las mujeres, sino que, sumido como estaba en mis estudios en la capital, y no encontrando mujer que me complaciera, no me esforcé mucho por alcanzar esposa.
Y aquí entra Alejandra, quien el tal día me pidió que la acompañara a la feria, ya que, al igual que yo, no tenía a nadie con quien ir. He de reconocer que no me entusiasmó mucho al principio pero, cosas que siempre me han pasado, mi expectación creció conforme el tiempo discurría lentamente hacia las diez, hora a la que nos habíamos citado. Es curioso, desde pequeño me he creído capaz de enamorarme hasta de una piedra, con tal de tener tiempo para acostumbrarme a la idea. Y Alejandra no era, ni mucho menos, un peñasco. Perdonen mi rudeza, pero ya no estoy para lindezas.
Conforme las manecillas avanzaban, mi amor, o lo que yo creía que era eso, avanzaba en su concienciación de lo inevitable : ambos habíamos pasado con mucho la edad estipulada socialmente para casarnos; éramos, digámoslo así, solterones ; padre habíase casado a los dieciocho, y madre a los dieciséis ; hermano a los veinte, y hermana a los veintitrés. ¡Treinta años! ¡Cuánto lo veía entonces y tan poco ahora!
La recogí, como cuando niños, en el camino, y nos encaminamos a la feria. El caballo casi nos tira al pasar el puente, al asustarse con el claxon de un coche, pero apenas nos importó. Esa noche nada importaba. Estábamos juntos, y al parecer a ella no le molestaba demasiado. Llegamos a la feria, y allí volvieron mis temores ; en la hacienda estoy en mi medio, pero las fiestas no son, nunca han sido, lo mío. Tras mucho andar, ya que dejamos al caballo a la entrada, llegamos a una caseta, dónde tuve que simular un dolor de estómago para evitar unas sevillanas, y otra ligera indisposición para evitar el acompañar al cantaor. Me limité a acompañar al palmeo general con dos o tres palmadas inconexas que me hicieron desistir de sus posibles sucesoras. Definitivamente, Dios (misteriosos están siendo sus dictados) no me había dotado del sentido del ritmo. Sin embargo, me había dado mucho dinero. Mis padres ganaban con el olivar todo lo que no podía gastar, y podía pagar a esos hijos de arrieros con mejor sentido musical que el mío para bailar alrededor de mi dedo si quisiera. Por suerte, pertenecía a la clase que puede comprarlo todo... o eso creía.
Alejandra no parecía divertirse mucho, así que salimos a las atracciones que había instaladas junto a las casetas. Y allí vi mi perdición. En atractivas letras doradas, la inscripción GANE UN OSITO POR TRES ACIERTOS. Aquella no era una caseta de tiro como las demás ; la caseta tenía, y tiene, tres reglas de oro, que todo el que se vea dispuesto a probar suerte debe conocer : uno, cada tiro es un blanco garantizado; dos, por cada blanco, un tiro gratis; y tres, el primer tiro es gratuito. Y una cuarta que no constaba, pero que era la premisa, la regla más importante : Alejandra quería un osito.
Yo quise comprar un osito al feriante, pero éste me replicó que ni por todo el dinero del mundo accedería a vender algo que debía ser ganado en buena lid. Yo le repliqué que cualquiera podía, dadas las ventajas que ofrecía, ganar el citado osito. Dijo nones. Alejandra estaba sobreexcitada : no concebía cómo yo pretendía comprar el osito, e igualmente insistía en que tirase a la diana. Cansado de ambos, cogí la pequeña escopeta y me propuse acabar con aquello cuanto antes. Eran las doce en punto.
Apunté al centro de la diana. Hice, como rezaba la primera regla, blanco. Conseguí, pues, tiro extra. Hice lo propio con el segundo, y con el tercero. Ahora Alejandra tenía su osito. Fácil y rápido. Era el momento de marcharse a casa. Pero cuando me dispuse a soltar el arma, fui incapaz de ello. Parecía como si su metal y mi propia carne fuesen sólo uno. En vano me esforcé por separarlas. Mis pies parecían soldados al suelo con la misma substancia. Me quejé al feriante, pero éste sólo contestó tácitamente: tire otra vez. Tiré y volví a hacer blanco. Y a ganar otro tiro extra. Y volví a acertar. Y a ganarme el consecuente tiro extra. De poco me sirvió apuntar fuera de la diana, o de espaldas, o en dirección opuesta. La dichosa bala siempre se dirigía hacia el blanco. Ya son sesenta los años que llevo tirando y ganando el puto tiro extra. Alejandra murió hace dos. El feriante hace diez. Y mi reloj a la misma hora que empezó todo : a las doce de la noche del veinticuatro de junio. La noche más larga. ¡Bam! Vaya, acerté otra vez.
posted by Unknown at 4:47 a. m.
Lengua materna
por A. J. Jiménez
- Pues yo qué quieres que te diga... me siento extraño, como arrojado a todo esto... no sé si me entiendes...- dijo uno.
- Perfectamente. Yo me siento igual. Es extraño el talante de la existencia humana, nuestra actitud hacia la naturaleza: sentimos cómo todo nos supera, pero sin embargo pretendemos dominarlo... y así nos va.- dijo el otro.
- Ya, pero para tener una actitud ante la vida, por simple que esta sea, hemos de situarnos en un punto concreto, delimitar y reconocer nuestro territorio. Por ejemplo, ¿cómo es eso que llaman el mundo?- preguntó sosteniendo un enorme dado rojo entre sus manos desnudas.
- Llano, por supuesto. Pero lo he estado pensando y no me queda claro que tenga, como dijiste ayer, simplemente dos caras: creo que es como eso que tienes ahí- señalando al dado.
- ¿Cúbico? No creo. ¿Por qué piensas así?
- Porque todo tiene tres dimensiones, y no es posible que nuestro soporte no las tenga. En substancia, mi modelo es similar al tuyo: nada puede tener dos caras ni dimensiones, simplemente porque es imposible. Si tomas una hoja de un cuaderno como ése que tienes ahí, que si recuerdas fue el ejemplo que pusiste ayer, verás que el filo tiene su dimensión propia... ¡y qué mejor modelo que el cúbico, que nos rodea completamente!
- Sí, pero volviendo al tema de la existencia humana, ¿tú crees que en realidad existimos? Quiero decir que ya sé que comemos, dormimos y todo eso pero, ¿es realmente eso una garantía? ¿Y si todo es simplemente un teatro de guiñol como el que vimos el otro día, y tú y yo somos dos marionetas guiadas por quien sabe qué mano invisible?
- A nadie se le ha ocurrido eso aún, creo. De todas formas, eso apoyaría mi teoría de que el mundo es cúbico, porque el teatro de guiñol lo era.
- No te lo tomes a broma. Además, la gracia de este mundo está en que vivamos fuera, no dentro.
- Y si embargo el universo es un gran teatro, un coliseo de guiñol. Y papel no lo escribes tú. ¿O no te das cuenta de cómo te lo están dando?
- ¡Ay, amigo! El factor alienante número uno viene desde los primeros meses de vida: todo debe ser como debe ser, ¡y vaya si les molesta que no actúes así! Yo no creo poder resistir mucho más. Es mejor no llevarles la contraria: si te ponen uno u otro traje, te dan de comer tal o cual cosa, incluso si te dicen cómo comportarte...no merece la pena la disidencia.
- Ya, es difícil, pero entonces surge otra pregunta: ¿quién soy, yo o lo que me hacen? Y si soy yo, ¿soy yo en la medida que me dejan serlo?
- Yo creo que nunca nos dejan ser nosotros porque al fin y al cabo ¿quienes somos? Yo no puedo contestarlo, y creo que tú tampoco. Intuirlo quizá, pero no responder con exactitud.
- Pero entonces, la dificultad de establecer una respuesta a las grandes preguntas ¿quizá no estribe en nuestra lengua?
- Esa es otra de las grandes preguntas, y quizá anterior a todas ellas.
- Quiero decir que, al fin y al cabo, ¿quién podría hablar acerca de lo que se siente cuando te dan un beso o una caricia, cuando se te llena el estómago o te orinas encima?
- Pero tampoco es una cuestión de quedarse callado. Al fin y al cabo el ser humano lo es desde que habla, y es lo que lo diferencia de los guaguas, los miaus y el animal ese tan alto...
- ¿La jirafa?
- Exacto. ¿Oye, qué más animales hay?
- No hay más. Creo. A no ser que seamos animales también.
- No lo descartes, yo no veo la diferencia a veces.
- Te lo he dicho, la diferencia es que hablamos; porque por lo demás, todos comemos, dormimos, andamos a cuatro patas...
De repente, escucharon ruido en el pasillo , y quedaron enmudecidos. Una mujer gigante entró llevando consigo una bandeja con dos platos de papilla. Se sentó junto al parque donde estaban los bebés, y comenzó a juguetear con uno de ellos para darle su comida. Recuerdo haber escuchado al que quedaba en el parque mascullar algo así como - actuando, siempre actuando.
posted by Unknown at 4:45 a. m.
Los soldados no regresan
por J. A. Alcudia
que de la muerte,
nadie ha de hacerme dudar.
Al principio el sol me cegaba y no lo he distinguido bien aunque un hedor putrefacto que se ha intensificado a medida que nos acercábamos me lo ha anunciado. Era sólo una sombra alargada balanceándose como un péndulo de la rama de un árbol perdido en la llanura. Al acercarme he descubierto un extraño ser colgado: su vientre estaba abierto, inundado de cientos de larvas que fluían dentro como un río, las cuencas de sus ojos estaban vacías. Un terrible frío me ha sacudido. Durante unos segundos he asociado de lejos los rasgos de la extraña criatura con los de un ser humano. He cerrado los ojos horrorizado y un enorme asco me ha subido desde el estómago a la boca. Me he contenido a tiempo... Es imposible, una estupidez, ningún hombre tiene esa apariencia, ni tampoco se ata una cuerda al cuello para balancearse como un imbécil. Al cabo de unos segundos negros y silenciosos bajo el ruido monótono y adormecedor del motor, cuando he calculado que estábamos lo suficientemente lejos, he abierto los ojos y me he encontrado agarrado con desesperación al colgante que me regaló. Acabamos de cruzar la frontera y de nuevo él. ¿Cómo voy a olvidarlo? Sé que no puedo. Hoy hace justo un año y no dejo de pensar en él. La tristeza se me cuelga a la espalda como una lápida cuando evoco aquellos días que tanto dolor me han descubierto, un dolor afilado y dulce del que nunca podré desprenderme porque ya forma parte de mí y tal vez porque yo no quiero. Estoy sólo y mi pasado es lo único a lo que puedo agarrarme. Incluso ahora, repasándolo serenamente, soy incapaz de encontrarle sentido a lo sucedido los últimos meses.
Estaba un curso por encima en la Academia pero teníamos varias asignaturas en común; el nuevo plan de estudios tiene estas cosas... Era uno más: las mismas estupideces y gracias que el resto; tal vez por eso no le presté atención al principio. No recuerdo cuándo ni cómo cruzamos palabra por primera vez. Debió ser una de esas casualidades que cada vez me hacen rechazar con más fuerza la idea del azar. Pienso en las diminutas piezas que componen las tripas del motor, motor que mueve el camión, camiones que forman la caravana, caravana-carretera, carretera-llanura, llanura como puente hacia el lugar donde nos dirigimos... “Es como un enorme dibujo” me contó una vez sentados al final de la clase mientras el instructor explicaba las mejores opciones en un combate cuerpo a cuerpo. “ Primero estamos nosotros aquí atrás hablando mientras al principio el profesor explica y en la otra punta de la ciudad alguien acaba de despertarse y a su vez una mosca revolotea en algún rincón perdido sin que nadie la sienta. Hechos inconexos sin relación aparente. Ni tú ni yo ni la mosca lo sabemos porque tenemos la cara pegada al dibujo. Bastaría echarse atrás para verlo, para saber que las casualidades no existen, que somos parte de algo mayor que nos envuelve. No sé qué es pero sé que es.” Nunca entendí sus palabras. Algunas veces creía ver algo, una línea luminosa en el umbral de una habitación a oscuras, una ráfaga de frío que te sorprende y deja pensando sin saber muy bien lo que ha pasado; pero nada más.
Por entonces me entregaba en cuerpo y alma a mi preparación en la Academia. Aún me quedaban un par de años para marchar al frente y, como todos mis compañeros, esperaba con ilusión aquel momento. Soñaba vestir el blanco uniforme, el casco suave y resplandeciente, el escudo en mi pecho y sentir el calor del arma entre mis manos. Ansiaba el día que la ciudad se echaría a las calles adornadas en nuestro honor y una banda nos despediría con himnos alegres, besos y risas. Y yo estaría allí: de pie sobre la multitud en uno de los camiones como años anteriores lo habían estado otros desde la fundación de la cuidad. En el fondo me daban lástima: aquellas personas se quedaban allí, con su vida ni fácil ni difícil, ni buena ni mala, mientras nosotros marchábamos a la gloria del frente donde, después de la victoria trabajada durante un año, alcanzaríamos la tierra que nos habían prometido: un lugar del que nos habían hablado maravillas que hacían que la vida en la ciudad nos pareciese penosa y que nos infundía unas ganas terribles de luchar cuanto antes. Recuerdo las ilustraciones que nos enseñaban en la Academia prometiendo lo extraordinario hasta el punto de que una vez allí después de la victoria los soldados no regresan, seducidos por la nueva tierra se instalan definitivamente y viven dichosos, creía yo también. Y por esto, desde que somos conscientes de nuestro destino y hasta el momento de marchar nuestra existencia es sombría y gris. Cada uno soporta la carga como puede. La mayoría nos refugiamos en el sexo. Casi todas las noches, al salir de la Academia y si el cansancio nos lo permite, nos sumergimos en el centro de la ciudad buscando alguien con quien pasar la noche. Mis experiencias han sido variadas y satisfactorias, tanto que apenas recuerdo el rostro de la chica de una noche a otra. Por eso me sorprendió cuando me dijo que había estado dos veces con la misma. Tal vez, por casualidad (de nuevo el dibujo), dos personas podían coincidir sin recordarse; pero deliberadamente, como me dijo... no lo entendí. Hubo ua tercera y una cuarta hasta que perdí la cuenta. La buscaba cada noche y si después de varias horas no la encontraba renunciaba a cualquier otra y regresaba cabizbajo. Cuando no le bastaron las citas nocturnas, comenzó a saltarse clases. Conocía perfectamente el castigo pero no parecía importarle mucho. Incluso llegué a pensar que había perdido la ilusión por el frente. Sólo yo sabía de sus desvaríos, me hizo su cómplice y si entonces hubiera sabido lo que iba a pasar lo habría delatado; o sólo tal vez.
Cuando intento explicarme los cambios que experimentó los meses siguientes acude a mi mente la imagen de una montaña. Su extraño comportamiento creció parejo a su desbordante ánimo. A pesar de ser un estudiante correcto, nunca destacó en ningún aspecto académico, sin embargo, por aquellas fechas observé en él un esfuerzo y empeño hasta en el más mínimo detalle que me asombró. Lo veía trabajar incansable sin explicarme de dónde sacaba aquella vitalidad incontenible. Hay más: con frecuencia lo encontraba sentado en cualquier sitio solo con la mirada perdida pensando en quién sabe qué. Cuando nos reuníamos en grupo permanecía callado fingiendo escuchar y soltando algún comentario breve de cuando en cuando, sabía que su mente estaba en otra parte viendo y escuchando lo invisible. Más de una vez me encontré paseando sólo: le hablaba de la Academia, pequeñas anécdotas del día, mientras él adoptaba aquella actitud contemplativa a la que ya me tenía acostumbrado y de pronto, cuando menos lo esperaba, me volvía y allí estaba sentado absorto delante de una flor, algún pájaro o cualquier otra cosa. Entonces lo dejaba atrás porque sabía que ya no había nada que hacer, que se pasaría horas mirando hecho un idiota como si la vida no fuera con él. Una clase lo sorprendí dibujando en su libreta: un retrato femenino. Distaba mucho de un buen dibujante pero pude adivinar una joven de nariz pequeña y redonda, labios pequeños y finos, frente despejada, cara redonda, cuello esbelto y melena castaña larga y lisa sobre los hombros. Una corona de flores adornaba su cabeza. Bajo el retrato un nombre: Beatrice. No sé si por culpa de su habilidad o torpeza, aquel rostro transmitía una ingenuidad y candor infantil que me atrajeron. Me habló de ella por primera vez. La chica que buscaba cada noche y que yo había olvidado: “ Me levanté una mañana y mi primer pensamiento fue para ella. Cuando salí a la calle creía verla por todos lados. Desde entonces mis ojos y mi cabeza están perdidos y ya no veo los edificios ni la gente ahora me agacho y miro por debajo en busca de lo desapercibido para el resto, de esas pequeñas cosas que mueven los engranajes. Sé que hay algo más en otro lado pero todavía no sé dónde ni cómo buscarlo ” Hablaba entusiasmado, usando un vocabulario extraño y diciendo incoherencias. Me hablaba de cosas que yo no podía entender. Aquellos días constituyeron el punto álgido de su alegría, la cima. Y habría seguido así si se hubiera limitado a palabras que tarde o temprano se habrían perdido; pero no fue así.
Un día me dijo que había perdido las ganas de ir al frente y que todo lo que quería era vivir con ella en la ciudad, que era feliz así y que no entendía por qué todos deseábamos marchar cuando podíamos ser felices allí. No supe qué decirle. Desde que tuve conciencia de la existencia de una tierra al otro lado había centrado todos mis esfuerzos en estar preparado para el día que me tocara partir. Ansiaba aquel momento, quería abandonar la ciudad y alcanzar aquel destino superior al otro lado. Mis días allí eran terribles y angustiosos y mi existencia penosa. A pesar de mis tentativas de abandono la promesa futura me espoleaba hacia el infinito. Por eso me asusté cuando lo escuché y sentí a la vez una dulce pena porque pensé que había caído en la locura al fin. Desde que empezaron sus rarezas sentía que lo venía perdiendo poco a poco. Se alejaba del resto como si no encajara y aunque no me lo decía yo sabía que sufría terriblemente, no podía agarrarse a nadie porque sabía que nadie lo entendería; ni siquiera y. El día que se fue supe que, a pesar de lo que ocurriera después, ya lo había perdido para siempre. Teníamos el día libre y organizamos una excursión campestre. El grupo se acomodó en un pequeño claro desnudo. Dejamos lo bártulos y merodeamos un poco por el lugar antes del almuerzo. Después de unos minutos alcanzamos la cima de una pequeña loma de vista limitada debido a unas terribles montañas que se alzaban no muy lejos. “Dejo la Academia”. Lo miré asustado, exigiendo una respuesta. “He pensado largo los últimos días: por qué la Academia, por qué el frente, qué hay de esa tierra al otro lado... creo que todo es falso, una mentira inmensa y vieja -me agarró dolorosamente los brazos -Cómo hemos podido ser tan imbéciles. Tantos años, tantas generaciones... ¿De verdad crees que todo es tan fácil? ¿Qué no habrá más que llegar, vencer y alcanzar el otro lado? Y el enemigo, ¿te has preguntado si realmente existe? ¿Quiénes son? ¿ Qué sabes de ellos? ¿Por qué nunca se hacen prisioneros? O la ciudad, ¿Qué sabes de ella? ¿Cómo es? ¿Dónde está? ¿Por qué nadie ha vuelto de allí? Una farsa -me soltó y me dio la espalda- En cualquier caso, la verdad me es indiferente. No me interesa lo que hay detrás de las trincheras. Aquí lo tengo todo. Está ella, ¿qué más necesito?”. Permaneció mirándome fijo a los ojos. Los rayos de sol doraban su silueta y me herían los ojos. Parecía un escalador rotundo y victorioso en su cima recién conquistada. Le dije que estaba loco, que recapacitara y mil cosas más. Lo extraño es que ya no me preocupaban sus palabras ni su feroz ataque contra los dogmas. Sentía una punzada ilocalizable incrustándoseme lentamente que me causaba un dolor nuevo para mí porque estaba lejos de lo físico. No podía engañarme, todas mis excusas era un intento desesperado por evitar que se fuese, no por lo incierto de su futuro, sino porque no quería que me abandonara; ahora conocía lo soledad. Ni siquiera con el paso del tiempo, con la tranquilidad y objetividad proporcionada por la distancia, he podido explicarme lo que sentí cuando lo vi alejarse. Cómo nombrar lo que no se conoce... Me avergüenzo cada vez que lo pienso: tuve ganas de dejarlo todo y marcharme con él... Automáticamente se convirtió en un desertor porque nadie puede evitar el frente. Él lo sabía pero no le importó.
Volví a mi preparación y me entregué a ella con más ahínco si era posible. Quería olvidar; mi deseo y el tiempo me ayudaron. Una noche volvía a casa después de algunas horas con una chica. Intentaba reconstruir su rostro sin éxito a pesar de habernos despedido escasos minutos atrás, apenas su voz y algunas líneas de su fría piel. Era tarde así que atajé por el parque. El silencio dormía. En la débil luz del crepúsculo, el parque transmitía la desolación de una casa vacía. Al principio no lo reconocí, sólo distinguía una silueta perfilada por la luna. Me acerqué impulsado por un deseo y descubrí su rostro tantas veces evocado en la oscuridad de mi habitación. Un feroz deseo de abrazarlo y protegerlo que aniquilé a tiempo me sacudió a traición. Lloraba. Aquella fue la única vez que lo vi llorar. Era un llanto sereno y resignado. No me sintió. Quise observarlo un poco más antes de acercarme. Allí, inmóvil como estatua, destacado por la luna, creí ver su personalidad desnuda y no encontré otra cosa que no fuera olor y abatimiento. Parecía un soldado vencido. Me senté frente a él. Me miró y apoyó la cabeza contra el tronco con los ojos tendidos a las estrellas. “¿Lo creerás?” dijo sin variar la vista “¿Qué haces aquí? me dijo cuando fui a su casa. He venido a por ti, le dije. Quiero compartir algo contigo. Me miró extrañada. ¿De qué hablas? ¿Te has vuelto rico de repente, es eso? Claro que no, es algo mucho más preciado. Hablo de mi vida. Su asombro aumentó. Palideció. Debió pensar que estaba loco; ella también. Le expliqué que la necesitaba, que era necesario que estuviéramos juntos porque ya no me acordaba de lo que tenía en la cabeza antes de conocerla. También le dije que había renunciado a la Academia por ella y que podíamos irnos lejos de la ciudad y ser felices, que era tan fácil, que sólo había que alargar la mano y... sólo quería que me aceptara. No era mucho. Me dijo que estaba loco y que no quería saber nada de mí y que si no me iba llamaría a la policía… así que me fui y aquí estoy. Aquí estoy.” Se entregó varios días después y reingresó en la Academia. Enajenamiento mental. Ni una palabra más. Aquel fue el comienzo del descenso. Ya no hubo ideas extrañas, dibujos ni tampoco distracciones. Había perdido algunos semanas así que invirtió todas sus fuerzas en ponerse al día. Sus progresos fueron tan espectaculares que se ganó el elogio público de los instructores. A menudo coincidíamos en el patio de tierra debido a las clases de gimnasia y yo lo observaba a hurtadillas. Era prodigioso verlo correr, saltar y luchar destacándose entre la multitud. Viendo aquel cuerpo sudoroso y brillante agitando los fuertes músculos hinchados y tensos como látigos comprendí que la Academia había ganado un soldado extraordinario pero yo había perdido mi único apoyo. Aquel que se sentaba a mi lado no era el que antes me hablaba en un lenguaje extraño y ganaba el tiempo haciendo dibujos .Se acabaron los contrariedades; lo perdí para siempre. Ahora era como todos, tan... gris. Lo único que mantenía vivo al otro era un pequeño colgante de madera que solía llevar. Representa un hombre arrodillado, cabizbajo, que se tapa la cara con una mano y tiende la otra al cielo en actitud suplicante, dos alas cortadas nacen de su espalda. La figura transmite una angustia insufrible. Me la regaló el día que partió. De nuevo choco con la frontera de las palabras cuando intento explicarme lo que sentí al despedirme: una serie de violentas sensaciones con las que no estoy muy familiarizado y que apuntan a otra cosa indescifrable por encima, algo fuera del alcance de la mano tendida y que nunca tocaré. Quizá el tuvo la oportunidad, debió estar tan cerca. Fuera lo que fuera debe ser peligroso porque fue la causa de su transtorno, aunque sea un precio pequeño a ciertas alturas. Hace un año exacto que recorrió esta carretera, quién sabe si en el mismo camión. Otra vez este hedor putrefacto. Un par de kilómetros más adelante el terreno se vuelve blanco como un mar de nieve. Sé que es una locura, pero si no fuera porque es imposible diría que llanura está sembrada de bultos blancos del tamaño de un hombre. Es estúpido, ¿por qué iban a estar nuestros soldados tumbados ahí dejando que esos enormes pájaros negros les picoteen la cabeza y el vientre si saben que más adelante está la tierra? Ardo en deseos de llegar. No descansaré hasta dar con él. El hedor se hace insoportable. Aunque será difícil, hay tanta gente. Comienza a nevar. Tenemos tanto de que hablar...
Hace unos meses llegó a la ciudad de forma casi sobrenatural el rumor de que luchó con una ferocidad desesperada, que lo vieron llorar mientras saltaba las trincheras, pero yo sé que eso es una farsa enorme y vieja, que nadie ha podido traer noticias del frente porque todo el mundo sabe que los soldados no regresan.
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La página vuelve a la vida
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