El Caballo de Nosferatu


lunes, febrero 04, 2002
Los ojos de Hécate

por Eloísa Cabrera






Una desmelenada mujer baja la mal empedrada calle a trompicones. En su rostro se adivina una profunda angustia. Su voz, ronca y cansada grita ¡la peste ha vuelto! Sus ojos desencajados miran a todas partes buscando un resquicio de humanidad. Una ventana se abre. ¡Qué horas son estas en que una mujer sola grita en la calle! La mujer grita una vez más. ¡La peste ha vuelto! Su mirada es rígida, pero sus miembros caen laxos sin un lugar donde sostenerse. Hinca los rodillas en el suelo y seguidamente se desploma abatida. Mantiene los ojos abiertos y una sonrisa en el rostro. Mira al frente como si estuviera ya en el paraíso. La voz se corre con rapidez. Unos más incrédulos que otros continúan durmiendo. Juan, el carnicero no vuelve a conciliar el sueño en toda la noche. En su insomnio mira a su joven esposa y a su pequeño que duermen tranquilamente.

Llega el día. La enfermedad se ha cobrado ya dos muertos y la gente comienza a temer por sus vidas. Pronto, los más ricos comienzan a hacer los preparativos para marcharse al campo.

Los días transcurren rápido. La ciudad cada vez está menos poblada. Todo el que puede huye. Algunos han muerto intentando cruzar el río. Las afueras parecen un hormiguero con todas esas personas vestidas de oscuro intentando escapar de las garras de una muerte segura. En la puerta de la iglesia se han congregado muchos para pedir una limosna por amor de Dios. Antón es un pobre de solemnidad que se estruja entre la maloliente masa intentando conseguir una moneda. Comienza a sentirse incómodo. No puede ver la luz del día. Un mar de manos se alzan junto a él. Siente que le falta el aire y grita, pero nadie le oye entre la maraña de mendigos. Intenta alcanzar algo de aire estirando el cuello. Al no conseguirlo, empuja fuertemente en su empeño por abrir una brecha donde salir. Es curioso, hubiera dado lo que sea por estar el primero y ahora sólo me gustaría estar suficientemente cerca de una salida. Todo a su alrededor se vuelve oscuro y su cuerpo, inerte, es movido de un lado a otro por el gentío como si fuera n trasto. La multitud comienza a disolverse. El cuerpo de Antón yace en el suelo junto al de otros desgraciados que como él han sido ahogados por la muchedumbre en un intento de conseguir una mísera moneda.

A estas alturas del mes los más ricos han salido ya de la ciudad. Ahora las puertas están cerradas para evitar que la epidemia se propague. En el hospital de apestados los enfermos se retuercen en sus camas. Un enorme hedor sale del edificio. Junto a la ventana Sancha se mece mirando fijamente al horizonte. Los muros de piedra aparecen salpicados de una extraña sustancia. Los monjes han dado a cada enfermo unos barreños para los vómitos. Urraca abraza a su hijita muerta en un rincón. Los monjes intentan persuadirla de que la suelte, pero ella se limita a mover la cabeza espasmódicamente. Un hombre cojo increpa a sus congéneres ¡Coged las monedas, no las veis, están lloviendo monedas! El pánico se apodera de las almas. Un hombre intenta cortar sus bulbos con la navaja creyendo que así desaparecerá la enfermedad.

Las calles están desiertas. Sólo se ve a algún moribundo que ha sido expulsado de su casa para evitar el contagio. Las calles están llenas de porquerías. Por entre las piedras corren restos de orines y heces arrojadas desde las casas. Los roedores se han apoderado de la ciudad. Algunos perros y gatos están pudriéndose al sol. Al finalizar el mes son ya más de un centenar los muertos sólo por causa de la peste a los que hay que añadir los muertos por el hambre o los que corrieron la misma suerte que Antón.

El cabildo no puede ignorar por más tiempo lo que está sucediendo. Hasta ahora en las reuniones no se ha hablado de ello pero la peste se está extendiendo por la comarca como una pringosa mancha de aceite.

Son las once de la noche. Un grupo de hombres encapuchados baja la calle, sorteando a su paso las pestilentes boñigas que han dejado los caballos de las brigadas esta mañana, cuando pasaron intentando poner orden en las inquietas masas. Se ha corrido la voz de que las mujerzuelas que viven cerca del molino viejo van a entrar en acción de nuevo. Volvamos al grupo. Descienden silenciosamente. Llegados a un punto, el que va en cabeza se para y comienza a proferir unos extraños rezos que el pueblo no entiende. ¿Acaso él mismo sabe lo que está diciendo?. Todos contestan a coro pero sus voces apenas se oyen, pues se pierden en la infinidad de sus capuchas. Un hombre lleva en la mano un cuenco de madera lleno de yeso blanco. En la otra mano porta un palo al que ha atado unos pelos de algún animal. De repente se para ante una puerta y pinta en ella una cruz. Todos saben ya que no deben acercarse a esta casa, pues en ella se ha cebado la cólera divina. Así irá marcando todas aquellas casas a las que no deben acercarse.

Mientras sus compañeros siguen cantando inopinadamente, otros al final de la fila van recogiendo cuerpos de las casas. Ya hay más de quince y a la mula le cuesta trabajo tirar de los inertes cadáveres al subir la calle. Uno de los cuerpos es de José el talabartero, que acaba de fallecer. Al subirlo al carro descuidadamente le han dado un golpe en la cabeza. Su sangre aún caliente chorrea por los maderos y va dejando un siniestro rastro en el camino. Tras algunas puertas se oyen lamentos de mujeres y niños llorando. Los monjes prosiguen hasta llegar a las afueras donde unos hombres han hecho un enorme hoyo. Allí tiran a los muertos. Ya no sienten ningún respeto por La Muerte, ya que para ellos es algo común. Ni siquiera se detienen a rezar por sus almas porque aún les queda mucho trabajo por delante. Para ellos son tan sólo trozos de carne que hay que retirar para que no se pudran y los ahoguen con sus fétidos hedores.

El pueblo tenía razón, las mujerzuelas estaban planeando una de sus reuniones. Así llaman a un grupo esencialmente femenino que vive en una destartalada casa junto al río. La noche acecha tras el monte cuando las mujerzuelas se reúnen. Corren como arañas hasta la cima. Una de ellas que ha llegado antes prepara el terreno. Con unas ramas está barriendo un círculo bastante amplio que debe ser utilizado con cierta frecuencia pues la vegetación no se atreve a crecer en esta zona maldita. Aparta algunas impertinentes piedras con la punta del pie. Seguidamente se dirige hacia su zurrón y coge de él un pequeño pellejo lleno de una sustancia. Con ella comienza a rociar el círculo. Son unos polvillos blancos que la hacen estornudar, los reparte con parsimonia mientras susurra palabras mágicas en un extraño lenguaje que muy pocos conocen. Cuando acaba ha formado un extraño dibujo.

Mientras, el pueblo sigue debatiéndose entre la vida y la muerte. En la casa del alcalde todo está casi dispuesto. Los criados recorren la mansión arriba y abajo cargados de pesados arcones. Llevan toda la noche trabajando. Desde el pie de la escalera Silverio ve como uno de sus compañeros cae y se destroza el cuello. Sus ojos miran al infinito y del interior de su boca surge una materia espesa. Silverio corre en su ayuda y al volverlo ve aterrorizado como su lengua está negra. El reflejo de la muerte se asoma a su rostro casi cadavérico. Sus pies no le responden, cae hacia atrás sumido en la desesperación. Ya no hay solución: La Muerte ha de estar acechándole desde algún lugar de aquella casa. Corre, corre por el camino de tierra. Se asfixia, suda. No puede más. Cae rendido al suelo. Mi vida, pequeño, no sufras. Ve a su madre. Piensa: es el fin. Aprieta sus manos en torno a un puñado de tierra. Sufre. Las sienes le aprietan. Siente una punzada en el brazo derecho. Le falta el aire. Ve como unas manchas negras bailan frente a sus ojos. El dolor es insoportable. ¿Porqué no acaba?. Pronto siente algo parecido a un pellizco en el corazón. Piensa que La Muerte lo está estrujando mientras mira su sufrimiento desde el averno. Que esto acabe. Que esto acabe. Que esto acabe. Que esto ac...

Al caer la noche el miedo se apodera de todos los corazones. Teresa ha perdido a su esposo. Me gustaría que hubieras conocido a tu padre, masculla a su vientre. En su casa ya no le queda más compañía que el dolor por la pérdida de seres queridos. Se mece. Adelante y atrás. Tengo frío en los pies. La puerta se abre. En el umbral aparece ella. Es una de las mujerzuelas. Teresa quiere escapar. No le inspira ninguna confianza. Tras la bruja aparecen dos más. Está paralizada. Mi bebé. Se lanza a un rincón. Tranquila. La más alta la rocía con un líquido tibio, amarillento. Parecen orines, pero no tienen el mismo olor. Entre las tres arrastran a la mujer hasta un carro. La cubren con una lona y se marchan.

Francisco reza en su celda. Señor, apiádate de las almas de tus siervos. Envíanos tu misericordia. Sumidos en una profunda pena te esperamos. Esperamos a tu espíritu. Oye un ruido. ¿Qué haces aquí? Hoy no quiero verte. ¿Porqué? Tengo miedo a morir. Sí, eso es lo que nos espera. El castigo divino por nuestras faltas. Yo lo he asumido. Anda mujer vete a casa con tu esposo y pídele perdón por tu adulterio. ¡Me matará!. Vas a morir de todas formas.

Se oyen pisadas. El carcelero viene a traer pan duro. ¿Porqué nos tenéis aquí?. Tranquilos mañana saldréis. ¿Y porqué no ahora? Las hogueras aún no están preparadas. ¡Hogueras! El pánico se funde con el olor a basura y a humedad. Los niños lloran, las madres se abrazan a ellos, los hombres intentan echar abajo las rejas. Están desesperados. Uno consigue agarrar al carcelero pero las llaves caen fuera del alcance de sus mugrientas manos. Aún así lo asesinan entre todos estrujándolo contra las rejas. El viejo se desmorona ensangrentado.

La noche llega como una amenaza. Es una noche sin luna. parece como si Selene no quisiera salir. Las brujas se han apiñado alrededor del extraño dibujo. Junto a ellas en un árbol su presa pugna por escapar. Los cánticos se elevan estruendosamente. El pueblo está dormido. El silencio que reina en la falda de la montaña contrasta con la algarabía de la cumbre. Suenan ruidosos instrumentos de viento. Las nubes tiñen el cielo de óxido. Teresa grita, se retuerce, llora. Una de las brujas barbotea algo al oído de la anciana y esta asiente. Entonces se dirige hasta donde está Teresa y la golpea con una rama seca y podrida que deja su tizne impresa en la blanca tez de la condenada. Al sur, en el collado, se ve fulgir otra candela.

Un desgraciado vagabundea por las calles desiertas. Ve las llamas. Creyendo que es un incendio aporrea las puertas gritando ¡Fuego! ¡Fuego!. Nadie se molesta en abrir.

Desde su cama Luis puede oír los gritos del mendigo. Primero piensa que es el delirio de un loco. Pero será verdad. ¿Y si salimos todos ardiendo? Es lo mejor que podría pasar. Así acabarían de una vez por todas estas noches en vela. Sin dormir. Tengo sueño. Tengo hambre. Tengo miedo de morir abrasado. Seguro que es un delirio. No es más que un pobre hombre. Voy a salir a ver. No, mejor no tal vez él también esté contagiado. Que incómoda es está cama.

Desde que murió la posadera el posadero no ha vuelto a abrir. Está sentado frente a la chimenea. Su esposa no murió de peste. Seguro que no. Ese estúpido médico no sabe lo que dice. No te preocupes. No dejaré que te entierren en un hoyo sin más, junto al resto, como si fueras una cualquiera. Te mantendré aquí hasta que todo esto haya pasado. Y seguiré quemando romero para que nadie note por tu olor que aún sigues aquí conmigo.

El caldero hierve. Diez pétalos de flor de azufre. Remueve. Masculla palabras ininteligibles. Una hoja de bolsa de pastor. No pares aunque los efluvios te abrasen. Escama de pez del mar tenebroso. Que el coro repita. Lucifer, nosotras te adoramos. Lucifer, nosotras te adoramos. Tú que reinas en las profundidades ¡escúchanos!. Lucifer, nosotras te adoramos. Tú que revelaste contra el que nos envía esta plaga ¡ayúdanos!. Nosotras te adoramos. Tú que estas allí donde está el placer ¡sálvanos!. Lucifer nosotras te adoramos.

En el hospital no dan abasto. Los monjes están cansados de cargar cadáveres. Cada vez huele peor. Creo que lo mejor sería abandonar todo esto y marcharnos. Qué estás diciendo. No nos admitirían en ningún lugar. Saben que hemos estado trabajando aquí. Teodoro tiene razón. Aún estamos sanos. Si queremos podemos huir. Estamos a tiempo. ¿Y esta pobre gente?. Ya no podemos hacer nada por ellos. Marchaos si queréis, yo me quedaré.

Traedme a la mujer. La vieja le rasga los vestidos. La tumban en el círculo. Una niña trae una piedra afilada. Teresa se desgañita chillando. ¡Mi bebé! ¡Dios, ayúdame! Dios te salve María llena eres... Cinco mujeres agarran a Teresa. La vieja rasga su vientre con el cuchillo. Ya no se oyen los rezos. La sangre brota del seno. La recién nacida rompe a llorar. Retiran la placenta y le agregan a la pócima. Luego envuelven a la niña y la colocan sobre un improvisado altar. ¡Lucifer! Aquí tienes a tu hija. Dale tu sabiduría para que nos enseñe como escapar. Un relámpago ilumina el cielo encapotado. La tormenta comienza a rugir.

Hace unos días que se ven por el pueblo varios perros vagabundos. ¿Será que le ha pasado algo a Moisés?. Pues no me extrañaría nada, porque la ira de el señor no hace distinciones. Moisés es un judío que vive a las afueras del pueblo. Como le gustan mucho los animales se dedica a recoger perros, que viven con él. Hace unas semanas llegó una anciana pidiendo agua. Él se la ofreció con mucho gusto y estuvo un rato hablando con ella. La anciana dijo que venía de muy lejos y Moisés le recomendó que no fuera al pueblo por lo de la epidemia. Algunos días más tarde Moisés se levantó con una gran fiebre. Casi no probó bocado durante todo el día. Cada vez se sentía peor. Una mañana cuando estaba alimentando a los perros sintió una horrible nausea. Dos días después vio horrorizado como le salían unos pequeños bulbos. De nada sirvieron las precauciones tomadas. Ahora su cuerpo está cubierto de gusanos que entran y salen por las cuencas de sus ojos. Ya se ven algunas parte de su osamenta.

Las brujas han terminado su ritual y vuelven a sus moradas aún ocultas por el manto de la noche. De un rescoldo de la candela surge una llama. Una mano extraña alza la llama y prende con ella el bosque. Al ser verano el seco ramaje prende como si fuera yesca. Las llamas devoran todo lo que encuentran a su paso. El vagabundo grita ¡fuego! pero aún no le escuchan. Los perros ladran furiosamente y luego huyen. Se oye un ruido desagradable. Parece como si la tierra temblara. Por doquier comienzan a surgir ratas. En las casas la gente chilla. En el convento Fray Benito, como loco, exhorta a los demás. ¡Arrepentíos, son las plagas del señor!. El paisaje se transforma a medida que las llamas lo rozan. El sol del amanecer se confunde con el fuego. La gente alterada se lanza de sus camas a la calle pero pocos son los que consiguen escapar. Tomás el panadero es el que da la alarma. Cuando se levantó para comenzar su faena vio el terrible espectáculo que se ofrecía a su vista. Las cenizas. El calor. La humareda irrespirable. Las casas ya arrasadas cuyos dueños no son más que trozos de ceniza. Cúmulos de huesos mezclados con otros materiales candentes. Quema. Duele. Abrasa. Me achicharro. Agua, por favor. Las brujas. Los perros. Las mujeres y los hombres. Los niños. Los curas. Los pobres. Los nobles. Todos. Nada.








El nombre conseguido de los nombres

por Carlos Guerrero






El sol alcanzaba su máxima intensidad y, por momentos, las personas que pasaban a mi lado eran una simple sucesión de imágenes refractadas en su propia sombra. Las cuestas se hacían interminables y el llano lo suficientemente inocuo para ser cierto. Sólo los que vivimos en el Sur podemos comprender que la lírica no tiene cabida a las cuatro de la tarde y que la razón de las cosas se encuentra siempre bajo la delgada línea que dibuja la copa de un naranjo compañero. El estremecimiento se hacía vigilia y la vigilia, esperanza. Existía un paso tras otro, sin tiempo para el recuerdo, sin ganas para recordar.

Pero ni el paso autómata y rutinario osaba a mostrarse indiferente allí. La conciencia crecía de nuevo desde su valle profundo, hasta instalarse más allá de su propia esencia. Era entonces la conciencia de lo impensable, de lo humano. La puerta de San Esteban permanecía tan inmóvil como las gotas de sudor que resbalan por mi frente. Los sillares de toda su fachada le otorgaban la majestuosa presencia de la fortaleza musulmana y, desde el Perdón, confiaba cansado en que la hiedra parásita, naciendo de la cripta de los siglos, recogiese mis cenizas y acogiera para siempre este sentimiento inagotable.

El sol agachaba ya la cabeza para esconderse detrás de la sierra y, tímidamente, se despedía de las aguas de aquel río cada día más triste. Los muros y arquerías se habían fundido con el atardecer y las ocho y cuarto nacieron para mí en la fachada blanca de una charcutería. Estos bucles temporales y emocionales casi me hacían vomitar. Era vertiginoso, aunque también suculentamente grotesco, como los ajimeces del alminar de Abd al-Rahmán III eran substituidos traicioneramente en la retina por los hígados y tripas de la carnicería. La puerta destartalada se abrió violentamente y vi a un hombre salir corriendo en dirección a la calle de los espejos. Entré en la tienda y ocupé su lugar. Según me dijo el carnicero, ese hombre que acababa de marcharse le había dado un montón de hojas para que las usara como envoltorio. Sonreí y me incliné sobre el mostrador. Era una especie de diario manuscrito, bastante mal cuidado. Tenía un extraño título. No, no era Catilina ni Casa de Muñecas. Se titulaba El nombre conseguido de los nombres.

El hambre atroz y la importante suma de dinero que llevaba en los bolsillos propició que junto con la carne de cerdo, el carnicero descuartizara casi la totalidad de aquel, ya extraño para mí, libro.

Subir tantas escaleras me quitó súbitamente el apetito. Me tumbé en la cama y poco pude resistir antes de desnudar los apetecibles filetes. Algunas palabra estaban manchadas de sangre y eran tan sólo legibles en cuanto eran predecibles por la caótica línea narrativa que seguía. Comencé a leer y a conocer a otro, a un ser reflejado en mil partes y partícipe de cada uno de nosotros.

11-1-91

[...]Es muy difícil perseguir el irreductible camino de la ignorancia, los estrechos caminos que asolan la perfecta armonía entre mundos y realidades diferentes. Stevenson simplificó y diseñó un sistema binario lleno de mentiras. Y ahora, yo, no soporto que los demás sientan; no soporto que nadie más se acerque a mis palabras, a mis movimientos, a la imperturbable compañía de la conciencia[...]

[...]La recapitulación no es posible cuando el proceso está aún en marcha y, yo, cada vez me alejo más de las distancias que me acercan a mí mismo[...]

[...]El inicio es incierto y enemigo de fechas concretas. No he perdido contacto con la realidad[...]

21-1-91

[...]Cada uno de nosotros no somos uno, ni dos. Es de idiotas contar con números. En todo caso puede que seamos ocho, o probablemente tres. Cuando hace una semana me encontré con ella, yo la percibía en tres o quizás en ocho. Nos sentamos y comenzamos a hablar. Es imposible que seis personas, o quizás dieciséis, estén de acuerdo. En cualquier caso fue este pensamiento el que me apartó definitivamente del mundo[...]

24-1-91

[...]Tres días sin hablar con nadie. Aquí, en este ático, convierto a la teleología en algo útil. Durante todo este tiempo he observado como la rutina envolvía y engullía vidas arropadas con mantos de automatismo. Es el hombre el que no se alcanza a él mismo. Ese es mi único deseo, alcanzarme a mí mismo[...]

1-2-91

[...]Sufro, porque mi propósito se aleja a medida que me acerco. Me analizo y descuartizo constantemente. Me he creado eco y abismo, pensando. Me he multiplicado profundizándome. Ahora soy el que escribe, el que parpadea, el que respira, soy el que prende el fuego en la caldera de la malicia, soy el que pregunta y responde. Me renuevo a cada instante y muero a cada segundo. ¡Y no es nada tan seguro como que me engaño! Cuando respiro, soy el uno pero no el otro; cuando me muevo no soy el que también pudiera ser y cuando despierto ya no reconozco en mi al que duerme. Quiero ser potencia y acto. Para crear me he destruido; tanto me he exteriorizado dentro de mí, que dentro de mí no existo sino exteriormente. Soy la escena viva por la que pasan varios actores representando varias piezas[...]

12-2-91

[...]Hoy soy dos y hablo del amor:

-El amor es cuando te espero soñando que al despertar esperes soñar conmigo.

-Pero el amor no es ni abstracción ni misterio. Es lógica y entrega. Sólo existe amor cuando el que posee, entrega, cuando la incierta hora con nubes desgarradas y el río oscuro y ciego, se envían al otro, a su afán ya caído, como verdad tangible.

-No es ni dos, ni tres, ni siquiera ocho, el amor es uno. Es verte el último de una fila de uno[...]

21-2-91

[...]He creado mil máscaras y personas y no soy ahora más de lo que en otro seré mañana. Seré una gama tuerta de colores, impresa por la dolosa particularidad de la divinidad que crece. Ante un bello color el sueño que hay en nosotros tiende a fundirse en un sueño más exquisito y misteriosos, no para buscar una explicación, sino una comprensión, para transformase él mismo y abrirse, para convertirse él mismo en una existencia en el corazón de una existencia amiga[...]

25-2-91

[...]El azar es nuestro padre más legítimo. En el se fundan la fe, la felicidad y la suerte. La fe es una cuestión de probabilidades. La felicidad es, en consecuencia, tener fe en el zar. El problema de la suerte no es la dureza, puesto que todo lo que se desea con suficiente fuerza se consigue. El problema es más bien que lo que se consigue disgusta. Y entonces no debemos nunca inculpar a la suerte, sino al propio deseo[...]

[...]Mi deseo es tener fe en la suerte para que el azar encuentre en mí la felicidad[...]

1-3-91



[...]Hoy hago míos los versos de Álvaro de Campos:

No soy nada.

Nunca seré nada.

No puedo querer ser nada.

Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo[...]

19-3-91

[...]Mañana he creado un mundo dentro de mí. En mi ser han nacido niños, hombre, elefantes y rinocerontes. He creado un Estado donde la igualdad era suprimida por decreto y donde la jerarquía se definía por las leyes ancestrales de la naturaleza. He participado de una ideología suprimida y, por venganza, he creado a Dios, que sin preguntar me ha puesto a su servicio; he creado a los pobres, que pedían limosna para los ricos y he creado la limosna para que Dios, los pobres y los ricos confluyan en un mismo camino. En mis entrañas han nacido todas las civilizaciones (también las que aún no existen), monumentos y ríos. He asesinado la noción del tiempo y el espacio; he caminado sobre la Gran Muralla Rusa y he navegado con Cristo a bordo del Mayflower. He pensado poemas y he escrito luces. Y sobre todo, me he creado a mi mismo, he resuelto en un puñado de arena la innegable esencia del ser. La realidad reproduce los instintos y ahoga la unicidad en complementos equívocos de uno mismo[...]

[...]Esta noche al fin me he conocido; me he visto y me he bautizado en el nombre conseguido de los nombres[...]

20-3-91

[...]He creado un mundo circular[...]

21-3-91

[...]He vivido en otros sitios dentro de mí mismo. He llorado en la puerta de San Esteban, junto al alminar de Abd al-Rahmán III y he sentido otros días en la calle de los espejos. Una semana sin comer. Hambre atroz.








Message in a bottle
por A. J. Jiménez






He vivido en el mar desde que recuerdo. Toda mi memoria huele a salitre y está bañada por esta inmensidad que me rodea y me da la razón de mi existencia. La tripulación del Bottle está compuesta por tres personas. Tengo a mis órdenes a dos suboficiales, Smith y Rattle, que sirven más que bien su cometido. Yo soy el capitán.

En el barco los días son apacibles, pues en este mar que surcamos apenas existen cambios. Curioso efecto es, según he oído, que este mar carezca de mareas y peces. Tenemos una biblioteca en la bitácora donde, en los muchos ratos libres que tenemos, hojeamos historias sobre mares tenebrosos y monstruos marinos. No es que esto me sorprenda. Quiero decir, es bastante normal que la imaginación humana se deje llevar por la fantasía, pero lo que más me llamó la atención es que en estos libros parece ser como si los barcos se moviesen. ¡Figúrense! ¡Moverse un barco! ¡Jamás en los cincuenta años que llevo en éste vi variar su posición un ápice!

Había días que, al levantarme, creía que el barco se había movido. Pero sólo eran imaginaciones. El único movimiento del barco, según recuerdo, fué uno que se produjo hace cincuenta años, muy suave y lento, hacia atrás, el día que desplegamos las velas. Pero entonces aún era yo un crío. Y ni tan siquiera sé si es un sueño o quizá ocurrió realmente. Lo que sí tengo claro es que el Bottle nunca se movió una vez izados los mástiles y desplegadas las velas, sencillamente porque en este mar no sopla el viento. Ni a babor ni a estribor, ni de costado, ni poco ni mucho. Nada. Llevamos varados cincuenta años en este mar tenebroso de noche, y transparente como el cristal durante las horas de luz.

Ni Smith, ni Rattle, ni yo queremos dar crédito a esas estúpidas historias fantásticas, ni creo que se deba considerar escritores a los que tales libros escriben. Embaucadores los llamaría yo, ya que lo único que hacen es engañar al que los lee, produciendose en su mente la colisión entre la realidad verdadera y lo que es la realidad fantasiosesca de sus libros, como le ocurrió, según he leído, a Alonso Quijano con los libros de caballerías. Tales libros, y estos a los que me refiero son especialmente los que tratan de las aventuras marinas de varios sujetos, léase Moby Dick o Veinte mil leguas de viaje submarino -Dios, viaje submarino, cómo va a moverse un barco, y además bajo el agua- por no citar más libros de tal índole.

Una de las razones por las que escribo este mensaje es la prevención a todo aquel que esté tentado de leer uno de estos libros. Cómo he dicho, tales libros pueden llevar a la locura, como así ocurrió con el que era el más joven del barco, Tim. Era el grumete. Se pasaba las horas y las horas encerrado en su camarote leyendo tales libros. Y de ahí le sobrevino la demencia. Comenzó a hablarnos extrañamente, como ido, pensando en otros mares (siete, decía que había), e incluso nos mostraba inventados mapas en los que aparecían esos mares. Tenían nombres tan extraños como Mar Mediterráneo, Negro, Rojo, y otros colores. Afirmaba que a los mares grandes se les llamaba océanos. Los nombres de éstos sí que se notaban que estaban construidos a capricho del autor de aquel libro, pues eran tan extraños que sólo una mente desequilibrada podría haberlos producido: Índico, Pacífico, y nombres de ese estilo. Tim nos juraba una y otra vez que aquello era rigurosamente cierto. Tan sumido en su locura estaba que afirmaba que que surcábamos uno de esos llamados océanos, y que éste era el Pacífico, ya que nunca alteraba su forma y no tenía lo que él llamaba olas. ¡Olas! Suponía que el mar hacía unas ondulaciones sobre sí mismo, como si estuviera vivo.

Sin duda, nuestro querido grumete estaba loco. Teníamoslo vigilado noche y día, y así estuvimos tres meses, hasta ayer. Al levantarnos, no lo encontramos. Smith, a quién le tocaba hacer la guardia en el camarote de Tim, estaba en la cama recuperándose de unas fiebres, y a Rattle se le olvidó relevarlo. La disciplina en el Bottle, vano es decirlo, es bastante anárquica.

Por eso mando este mensaje, dondequiera que vaya. Hemos buscado a Tim por todo el barco y no aparece. Si alguien lo ha visto, rogamos se pongan en contacto con nosotros. Aunque loco, le teníamos mucho aprecio al chico.

Albert Burst, capitán del Bottle, 1890

* * *

El capitán introdujo el mensaje en la botella y la lanzó por la borda. La botella golpeó contra el cristal y rodó por el cuello abajo hasta el cuerpo sin vida de Tim, quién se había roto la columna al saltar del barco esperando encontrar agua en lugar del puro aire, y chocar contra el cristal.








El secreto

por Paula Martín






Aún eran las ocho, pero había pasado una eternidad. Un manto de niebla velaba la luz del sol, que ya estaba muy alto para la hora que era. Desde la azotea se veía el paisaje, pero no había vida desde allí arriba: las riberas de los rios estaban secas; los olivos eran grises, los naranjos no tenían fruto y los girasoles agonizaban, quemados por el sol de días pasados. Sería mejor bajar, y ver las cosas más cerca.

¿Qué pasa? preguntó alguien, pero no hubo respuesta. Las hojas de los árboles se agitaban en el jardín, y algo le subía desde el estómago. Un grito imaginario luchaba por salir de su interior. Algo pasaba. ¿Qué? Todo se movía, incluso cuando el viento dejaba de soplar: casi podía oir la hierba creciendo, el suelo temblando en un continuo hormigueo...todo eran señales.

La luz empezó a apoyarse suavemente en una de las paredes de la casa; debía de ser media tarde. A esa hora la calma se quebró, y los gritos de los niños se unieron a la silenciosa fiesta del jardín. Pensó en todas las invisibles criaturas que morirían aplastadas esa tarde, en una sola ronda de escondite.

Ocurrió de repente, cuando menos lo esperaba, despues de todo un día de presentimientos obtusos. A las ocho de la tarde la casa estaba desierta. Solo se oía el taconeo de sus botas por el pasillo, arriba y abajo, arriba y abajo. Era demasiado tarde para sufrir manía persecutoria, pero aun así sentía ojos a su espalda, vigilando. Se sentó frente al escritorio, al pie de la ventana. Su vista recorrió la tapia blanqueada, la hierba creciente, los dientes de león mecidos con la brisa... y al fin se dio cuenta. Un enorme saltamontes clavaba los ojos en los suyos, desde la rama de enredadera que trepaba por la tapia, apenas a tres metros de distancia. No estaba muy cerca, pero podían verse mutuamente con claridad. Sus finas antenas también se movían con los golpes de viento, pero el resto de su cuerpo permanecía muy quieto. Parecían ser las dos únicas criaturas vivas sobre la tierra, y esto les hacía compartir un secreto. El saltamontes frotó sus patas posteriores, largas y delgadas como alambres, pero lo suficienemente fuertes para hacer que el animal se plantara de un salto en la propia ventana.

El cielo, que había estado nublado todo el día, se despejaba ahora, justo al anochecer, para dejar salir una luna creciente, grande y amarillenta. El viento, cada vez más fuerte, agitó la habitación. Un montón de papeles volaron del escritorio y cayeron al suelo; entre ellos, un calendario abierto por el mes de Junio. Se agachó a recogerlo y miró la fecha. Suspiró con alivio y su suspiro calmó el viento que había soplado todo el día. Por fin comprendió.

Salió de la casa precipitadamente dando un portazo, con tanta prisa que olvidó cerrar la ventana. Un rato después, el saltamontes entró por la ventana y se metió en la casa. Dos minutos después, el gato, que llevaba todo el día vagando por la casa, devoró con indiferencia al saltamontes.








G.A. y la raza extravagante

por Enrique Hiedra






Reconocí desde el primer momento aquella luz, justo en el otro extremo del sistema solar parpadeaba ella, su tintineo era inconfundible, su pulso era el mismo que me impuso durante tanto tiempo; Su latir de astro.

Evidentemente desde mi parte del universo no podía ver más que su luz, pero confiaba que su geoide aún encajase tan perfectamente con el mio como cuando dormíamos en el andrógino primigenio, antes de la gran explosión. Alguna vez intenté profundizar en mis estudios sobre el atlas celeste para calcular su órbita probable, pero nunca llegué a nada. La explosión debió ser demasiado virulenta y seguramente ningún astro quedó donde se pretendía; no fue una diáspora limpia. Mediante la mera observación de mis órbitas y de las del resto de los astros aprendí algo de mecánica celeste, pero como buen astro periférico tenia que rebelarme contra el totalitarismo solar y apoyar clandestina y románticamente la hipótesis del efecto mariposa.

Después de reconocerla pasé mis siguientes seis vueltas mirándola, lo cual era una grave negligencia astral, dado que significaba anular mi rotación y poner así en peligro mi órbita y mis ciclos internos. Pero me resultaba insufrible perderla de vista mientras mi cara oculta se paseaba al sol. Ella estaba allí, de las primeras. Seguía teniendo aquella majestuosidad de astro. Debía ser pequeña. Todos saben que los astros que están cerca son pequeños. Era distinta. El resto de los planetas eran de un solo color que iba enfriándose a medida que estos fueran más lejanos al centro. Se la veía pizpireta, hacendosa. Era ella sin duda, aquel azul y aquel verde eran signos inequívocos de vida y sólo ella ,con su ingenuidad de astro y su instinto maternal habría sido capaz de albergar vida en su piel. El resto de los astros eran demasiado bohemios para atarse a esa exigencia... En realidad esa bohemia era tan solo el disfraz del resentimiento de que está plagado el sistema solar desde la gran explosión, es decir, desde el principio.

La enorme mayoría de Astros periféricos, como yo, no están para nada de acuerdo con el reparto de órbitas; aclaman que fue arbitrario. Yo no me meto en esas reivindicaciones cósmicas; no quiero estar cerca porque sé que no seria capaz de sacar adelante ningún tipo de vida. Entre los astros existe una feroz superstición en lo tocante a la vida. Se cuenta que al principio todos los astros accedieron románticamente a incubarla, pero salió mal. Según creo el astro en cuestión se implicaba demasiado en lo que sobre su piel ocurría en virtud de no se que afán protector... Creo que la vida dejaba de evolucionar en una especie terriblemente apasionada y en consecuencia desastrosamente negligente. El caso es que el astro subyacente a esta forma de vida encontraba encantador el devenir de esta curiosa raza. Según parece la vida de estos seres cambiaba casi a diario, lo cual para un astro es totalmente frenético. El astro, melancólico de vida y totalmente embaucado por esta raza les daba toda clase de ventajas, que a menudo no merecían, de modo que estos seres con todos sus desordenes acababan haciendo estallar su propia casa. Parece necesario, indefectible: vida = suicidio.

Hay muchisima literatura sobre esta explosión menor; se dice que es el modo más fidedigno de recobrar aquella gran explosión. Los más hedonistas, si es que se puede hablar de hedonismo en medio de esta eternidad de espacio y tiempo ( al menos del hedonismo como corriente), sostienen que la explosión es una explosión de sobreplenitud, que la vida te llena, te colma, te hace olvidar que eres eterno y que estas atado a estos círculos de inercia perfecta, que tu eternidad previsible e insoportable se llena de vaivenes, de vida.

Ella no piensa nada, ella se acercó al sol porque su naturaleza es ante todo maternal, ya lo era cuando éramos andrógino. Además ella también cree, aunque no lo sepa muy bien, en el efecto mariposa, y en que la vida no lleva necesariamente a la desaparición. Mi estrella lucha a base de llanto con su impertinente afán determinista. “Llueve en mi estrella”; en cuanto lo comprendí decidí olvidar súbitamente mi kamikaze vouyerismo y hacer algo. Descubrí que lo sentía era mucho más que la sintonia primigenia, era mucho más que saudade de aquellos dias de andrógino; Estaba realmente conmovido por su llanto, por su desnudez, por su inocencia. Descubrí la dimensión del dolor, mi gravedad se habia vuelto insoportable, me dolía el centro, como si todo el universo hubiera plegado su peso sobre mi superficie. Por primera vez sentí que me dolía cada uno de los años luz que me separaban de ella; pero lo más doloroso era la incomunicación , por primera vez en mi ya avanzada eternidad habia reparado en que la soledad te envuelve , que lo más duro no es estar sólo o lejos, lo más duro es que ni siquiera puedes quejarte; incluso la soledad te abandona cuando sospecha que ni siquiera hay nadie que escuche su queja ...

Necesitaba llegar hasta ella, plegarme sobre ella, como en aquella preciosa falacia precósmica en la que Urano se cierne sobre Gea para acabar con el caos. Calculé que entre ella y yo debía haber unos diez mil millones de años luz y supe que podía salvarlos. Lo supe con una certeza gemela a la que tenía en la cuestión del efecto mariposa, es más; era el efecto mariposa el que me iba a llevar hasta ella.

Conforme nuestras órbitas concéntricas entraban en fase descubrí que a su alrededor sobrevolaba un satélite; ya tenía anillo... Mis tres primeras rotaciones después de aquel terrible descubrimiento las hice sin dormitar, casi me salgo de órbita, casi me paro. Cuando me enfrié un poco decidí observar más detenidamente, por doloroso que pudiera resultar. Estaba allí, con su brillo de astro, tan irresistible como la última vez que la vi. El satélite parecía ahora más apuesto pero observé que aquel concubinato astral no era muy convencional: él la rondaba y emitía aquel zumbido, y ella se sonrojaba, toda una aurora boreal, pero no llegaba a ser definitivo. De algún modo parecía que ella tuviera miedo, un miedo precósmico, una superstición mítica; aquella raza extravagante de que estaba transida pensaba que ella les habia dado lugar quitándose de encima a Urano, que eran posibles solo en la soledad de Gea, aún asi ella se sonrojaba.

Se habia acabado la autocompasión de astro, ya estaba hundido y ahora sólo cabía salir , y llegó, me cayó un meteoro de lucidez, una centella inestimable. Recordé de repente lo que había leido acerca del ciclo metónico y supe súbitamente que tenia que ser su satélite. Lo sabia, aunque efectivamente yo era la más conseguida antítesis de un satélite: grande, mucho más grande que ella, frío, lejano, desacostumbrado a la luz solar, solitario, errático, excéntrico y libre; todo lo libre que puede ser un astro. Además, yo siempre habia pensado que aquellos satelitazgos no eran mucho más que una mezquina y frívola recreación de la sagrada figura del andrógino, recuerdo que solía ironizar sobre estos artificiales parentescos, y recuerdo que era especialmente mordaz con aquel astro que llegó a tener siete satélites, siete anillos a un tiempo. Por mi condición de planeta del sistema solar me hubiera correspondido aceptar o rechazar los satélites que quisieran atárseme, pero nunca jamás llegue a planteármelo, era deasiado huraño como para tener a alguien revoloteándome alrededor. Mucho menos me habia planteado ser satélite, pero lo iba a ser, aunque aquello significara desafiar la mecánica celeste, las leyes del motor más inmóvil y la teología astral; contaba con el efecto mariposa, con mi tesón de astro.

Pensé que si apretaba mucho los riñones conseguiría estrechar mis órbitas hasta caer bajo el influjo gravitatorio de otro planeta más interior. En cuanto me estabilizara en la órbita que me facilitara este volvería a acometer mi quijotada para irme acercando cada vez más al centro. Evidentemente, el rozamiento que padecería en la lucha contra la inercia haría que fuera perdiendo cada vez más materia, de modo que cuando llegara a tu esfera ya podría ser suficientemente pequeño como para ofrecerle un satelitazgo digno. Era una locura ingente, y así me lo recordaban todos y cada uno de los planetas que me refugiaron en su órbita transitoriamente. Importaba muy poco, yo sólo escuchaba tu olor de astro.

Pasó tanto tiempo que pense que me quedaría en medio de aquellas órbitas ajenas a vivir, casi olvide para lo que estaba apretando tanto, cuando uno es eterno es muy fácil que olvide para que sirve, de hecho siempre he pensado que las cosas que son eternas ni siquiera existen... Venció mi paciencia de astro. Perdí mucha materia en el camino, pero al fin me encontraba a una sola esfera de ella. Me arrojé, sin pensarlo. La lucha entre la inercia y su bendita gravedad fue durisima. Ya tan sólo restaba consumir un ciclo metónico para conciliar el andrógino. Para salvar este ciclo me hice transparente, con mi transparencia de astro pretendía hacerme quizá más llevadero.

Recuerdo aquellos años como los mejores de todo aquel periplo, su olor de astro, mi paciencia de astro, sus ojos de astro, mi transparencia de astro, su inocencia de astro. Recuerdo que consumí ciclos y ciclos completos observándola, escuchando su olor con mi naríz de astro. No paraba de mirarla: su geoide perfecto, tan compacto , tan redondo... “ Sabes que tengo los polos achatados” me solía decir para intentar exculparse de tanta belleza. Creo que cambié mil quinientas veces mis teorias sobre la mecánica celeste, al fin y al cabo yo habia demostrado la esterilidad de la fisica anterior... Llegué a proponer que la gravedad no existía, que lo que atraía unos astros hacia otros era el olor astral. Su olor era el rumor que aún conservaba de aquella gran explosión. Supongo que fue aquella ingenuidad de astro, aquel instinto maternal el que hizo que ella fuera sin duda el astro que conservaba aquel rumor de manera más fidedigna en su vientre de astro, en su olor de astro... Ella, sin embargo, jugaba a obviar su condición de prodigio celeste, se limitaba a sonreír, a disparar todos aquellos fotones de humanidad.

Durante aquel interminable ciclo metónico ella llegó a comprender nuestro parentesco precósmico, nuestra empatía celeste, y yo llegué a acostumbrarme a aquella inercia. Alguna vez, mientras yo giraba a su alrededor ella parecía abstraída ,como si de repente no me conociera, como si no quisiera conocerme. Sin duda aquella amnesia repentina se debía a algún conflicto atmosférico, alguna discusión con su raza negligente. Yo nunca quise meterme en sus asuntos domésticos, en su intimidad gravitatoria, al menos sin que ella me invitara.

Noté que se acercaba el fín de aquel ciclo metónico especialmente en los dos últimos solsticios de verano, por su rubor, por su aurora boreal, por sus atardeceres, por su manera de entregarse a la inercia que le proponía, por su dulcisimo candor, por su entrañable vientre de astro. Al final de este segundo solsticio se consumió definitivamente el ciclo y me lancé, fugaz, meteórico hacia ella. Recuerdo que era siete de septiembre cuando entré en su ionosfera; toda la eternidad estaré estigmatizado por aquella descarga, toda la eternidad buscaré recobrar aquella centella sobre mi corteza, sobre mi piel de astro.

Todo empezó a ser muy desconcertante, aquella especie apasionada sin duda no estaba de acuerdo con aquel cambio climático. Efectivamente el lugar que yo habia ocupado toda la eternidad era el que ellos atribuían a Urano, pero tras este periplo habia perdido casi toda mi materia, mi temperatura (ahora tenia un clima bastante afable), no sé, esperaba que no me hubieran reconocido, y seguramente no lo hicieron, seguramente ni siquiera recordaban ya aquel cuento primitivo. Ella tomó partido por su raza extravagante, y más tarde o más temprano yo lo comprendí. O quizá no lo comprendí nunca.

De alguna manera supe que lo que habia entre ella y aquella raza angulosa era de la misma naturaleza que lo que a mi me habia hecho cruzar el sistema solar. Cualquier intento de cambiarlo seria estéril. Cuando ya habia decidido marcharme comencé a notar pequeños impactos en mi corteza, provenían de su especie, eran como meteoros metálicos, proyectiles de guerra. Ella me aclaró que habían pensado que yo era algo parecido a aquello que acabó con la vida la vez anterior y que lo mejor sería que saliera de su gravedad cuanto antes.

Efectivamente, yo no tenia nada que hacer contra su raza, ya lo sabia cuando decidí cruzar el sistema solar. Salir de allí era mucho más difícil de lo que habia sido llegar, ya que ahora casi no tenía materia, era imposible volver a donde habia pasado la primera parte de mi eternidad, incluso era demasiado pequeño para ser un planeta más interno, además, eso conlleva unas responsabilidades que yo solo hubiera asumido por ella.

Parecía claro que ya no volvería a ser un planeta, ahora sería apenas un asteroide , un vagabundo frenético. No quise pensar en lo que habia hecho, quise evitar hacer recuento de los años luz, de las órbitas, de la materia, de todo lo que habia pasado hasta llegar a la otra mitad de mi andrógino primitivo, tan solo quería salir de allí para evitarle un cambio climático irreversible. Ella, antes de marcharme, me habia prometido dedicarme su tintineo eternamente...

Yo sabia que no seria asi, y olvidé aquella promesa como si fuera mia.