El Caballo de Nosferatu


lunes, febrero 25, 2002
La memoria de Noé

por A. J. Jiménez






Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová.

Génesis, 6, 8

Recuerda Noé que pensó que sería recordado por esto. Viendo Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la Tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal, se arrepintió de haber creado al hombre en la Tierra, y le dolió en su corazón. Decidió entonces raer de sobre la faz de la Tierra a los hombres que había creado, pues se arrepentía de haberlos hecho. Sin embargo, recuerda Noé que halló gracia ante sus ojos.

Recuerda Noé que Dios miró la Tierra y le dijo: he decidido el fin de todo ser, porque la Tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con ellos. Recuerda Noé que eso recuerda, pero que no recuerda nada más, o poco quizá. Recuerda Noé que le encargó Dios hacer un arca de gofer, con aposentos, calafateada con brea por dentro y por fuera. El arca tenía, asegura Noé, trescientos codos de largo, cincuenta de ancho, treinta de alto, una puerta a su lado, y tres pisos, bajo, segundo y tercero. Sin embargo, de esto recuerda poco, apenas casi nada.

Recuerda Noé que entonces Dios le dijo, eso sí es seguro, que iba a hacer que un diluvio anegase la Tierra. También recuerda que le dijo que se salvase a sí mismo y a su familia, y que tomase macho y hembra de las aves, de las bestias, de los reptiles. Recuerda Noé que le dijo Dios que tomase igualmente provisiones para su familia y los animales, y que le dijo que haría llover sobre la Tierra, cuarenta días y cuarenta noches.

Recuerda Noé, de eso dice estar seguro, que cumplió todo como le mandó Jehová. Recuerda Noé que tenía seiscientos años cuando Dios mandó el diluvio sobre la Tierra. Recuerda Noé que tenía entonces seiscientos años, dos meses y diecisiete días cuando aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas, y recuerda Noé que hizo recuento dentro del arca y que le invadió la tremenda sensación de haberse olvidado de alguien o algo. Recuerda Noé que contó los animales y estaban todos, macho y hembra. Recuerda igualmente Noé que contó las provisiones y las halló correctas. Recuerda Noé que con él estaban Sem, Cam y Jafet. Recuerda Noé que no conseguía recordar que es lo que olvidaba.

Recuerda Noé que fue el diluvio cuarenta días sobre la Tierra, y que las aguas crecieron de gran manera sobre la Tierra, y que flotaba el arca sobre la superficie de las aguas, y que las aguas subieron mucho sobre la Tierra, y que todos los montes altos que había debajo de todos los cielos fueron cubiertos. Recuerda Noé que las aguas subieron quince codos más alto aún, y que murió toda la carne que se mueve por la Tierra, las aves y las bestias, los reptiles y el hombre. Recuerda Noé que todo lo que tenía aliento de espíritu de vida en sus narices, todo lo que había en la Tierra, murió.

Recuerda Noé que tras los cuarenta días y las cuarenta noches se cerraron las fuentes del abismo y las cataratas de los cielos, y la lluvia fue detenida, y que las aguas decrecieron sobre la Tierra, y que se retiraron a los ciento cincuenta días. Recuerda Noé que el arca reposó en el mes séptimo, a los diecisiete días, sobre los montes de Ararat. Recuerda Noé que envió una paloma para ver si las aguas se habían retirado de sobre la faz de la Tierra, y que la paloma volvió sin hallar sitio donde posarse. Recuerda Noé que, a la semana, envió otra vez a la paloma, y que volvió con una rama de olivo en el pico. Recuerda Noé que entendió que la Tierra se había secado. Recuerda Noé que, a los siete días, envió de nuevo a la paloma. Recuerda Noé que no volvió.

Recuerda Noé que era el día seiscientos uno de su vida, en el mes primero, en el día primero, cuando abrió la puerta del arca y comenzaron a salir los animales, y que les ordenó Dios que fuesen por la Tierra fructificando y multiplicándose. Recuerda Noé que entonces le dijo Jehová: sal del arca tú, y tu mujer, y tus hijos, y las mujeres de tus hijos contigo. Recuerda Noé que entonces recordó lo que había olvidado, pero que hizo como si aquel mandato divino fuese posible, aprovechando que Jehová andaba restaurando las plantas de la tierra, de tal manera que los animales tuviesen algo que comer.

Recuerda Noé que, a fin de aplacar la ira segura de Dios, ya que éste es omnisciente, edificó un altar a Jehová, y allí ofreció holocausto en el altar. Recuerda Noé que Jehová percibió olor grato, y que juró Jehová no volver a maldecir al hombre por causa alguna, ya que el intento del hombre es malo desde su nacimiento. Recuerda Noé que pensó que él no era malo, simplemente que había tenido un descuido o que tenía mala memoria.

Recuerda Noé que le dijo Dios a Noé y a sus hijos que fructificasen, se multiplicasen y llenasen la Tierra. Recuerda Noé que pensó que esto sería imposible. Y recuerda que Dios hizo un pacto con ellos, a fin de prometerles que no los exterminaría. Recuerda Noé que pensó que no sería necesario. Recuerda Noé que, una vez se fue Dios, sintió hambre y se acercó a una viña que había sobrevivido al diluvio, y allí halló pruebas de su olvido. Recuerda Noé que, enganchados a una vid, halló jirones de lo que fue el vestido de su mujer. Recuerda Noé que un poco más allá, halló sandalias que habían sido de las mujeres de sus hijos. Recuerda Noé que se volvió loco y se rasgó las vestiduras y quedó desnudo en medio de la viña, convulsionándose hasta que perdió la conciencia. Recuerda Noé que, cuando despertó, pensó que su familia era longeva, y que aún le quedarían trescientos años por vivir. Recuerda Noé que pensó que no podrían llevar a cabo el mandato divino. Recuerda Noé que pensó que sería recordado por esto, mientras, con un ojo entreabierto, veía a Sem y Jafet andar hacia atrás.








Tántalo
por A. J. Jiménez






Manzanas son de Tántalo, y no rosas

que después huyen del que incitan ahora

y sólo del amor queda el veneno.

Góngora

Aquí estamos otra vez. Me sé de memoria la situación. Acabo de desnudarme, y estoy frente a la cama, donde ella ya lleva un buen rato durmiendo. Dudo por un momento qué hacer. No sé si entrar de nuevo en la cama o salir corriendo. La segunda sería la posibilidad más lógica. Sin embargo, no puedo huir de mí mismo. Con cuidado, cojo la manta con mi mano derecha, la alzo un poco y apoyo mi rodilla izquierda en el colchón. Como de costumbre, éste no me delata. Acomodo mi cuerpo lentamente, hasta que la mitad de él entra silenciosamente en la cama. Queda la otra mitad. Alzo un poco más la manta y pongo mi pierna derecha sobre la izquierda. Suelto la manta, procurando que me tape la espalda. Tras un segundo, relajo mi cuerpo en la concienciación de que ya estoy dentro de la cama.

El problema es claro. Ella suele acostarse bastante antes que yo, por lo que ella ya está dormida cuando yo voy a la cama. Tarda muy poco en conciliar el sueño. Yo, sin embargo, necesito horas antes de vencerme y descansar. Esta es, quizá, la raíz de mi sufrimiento. Si consiguiese dormirme antes, quizá no sintiese lo que me invade todas las noches, quizá podría quitarme de encima el sentimiento que me embarga ahora.

Una vez dentro de la cama comienzan los problemas. He intentado de todo. Cierro los ojos, e intento no imaginarme su cuerpo desnudo a pocos centímetros, ni dibujar su espalda, que sé que se ofrecería a mis ojos si los abriese, ni su nuca vencida hacia delante, que parece pedirme que la bese suavemente. Intento no imaginarme todo esto, pero cuando desvío mis pensamientos hacia otros asuntos de la vida diaria, casi siempre hago algún movimiento y noto el roce de su pie contra el mío, o el tocarse de los muslos ajenos. El más mínimo contacto con su piel me hace olvidar mis esfuerzos por no pensar en ella, y me devuelve a la situación original.

He decidido no cerrar los ojos. Con los ojos cerrados tiendo a fantasear y casi siempre es peor. Voy a permanecer con los ojos bien abiertos. Bien, ahí está ella, durmiendo. A veces tiendo a racionalizar las cosas. ¿Acaso no es una mujer como todas las otras? Intento fundirla en el conjunto de la cama, asimilarla a un mueble o un color. Intento a veces entornar los ojos para imaginarme un paisaje, pero casi siempre hay una montaña o una nube que me recuerda alguna parte de su cuerpo. Intento observarla crudamente. Intento jugar a que no me gusta. Intento jugar a que tengo sueño. Intento una y mil cosas pero no consigo evitar imaginarme que su cuerpo, caliente y desnudo, me espera para salvarme en esta noche de invierno. No puedo evitar pasar la vista por su espalda, y escribirle con la mirada las cosas que no le digo, y recrearme en cada pliegue que su piel hace sobre su cuerpo. La luz de la luna entra por la ventana para iluminarme el camino. Las sombras dibujan sobre su espalda el más bello cuadro. Sus rodillas dobladas parecen invitarme: ven, ven, únete a ella. Su pelo me atrapa y me arrastra: ven, ven, únete a ella. Su respiración me alienta: ven, ven, únete a ella. Únete a ella.

Es entonces cuando muevo un poco el hombro izquierdo y le hago sitio al brazo derecho para acercarme a ella, tan lejos y tan cerca, rozando con las uñas la sábana bajo la manta, temiendo o deseando rasgarla, hasta conseguir posar la mano derecha sobre su espalda. Entonces comienzo a acariciarla suave, lentamente, como si su piel tuviese algo que hubiese que quitar para llegar a ella. Las yemas de mis dedos acarician tan sutilmente que a veces me parece que no la toco. Tardo varios minutos en llegar al final de su espalda. No quiero despertarla. Quiero parar, pero casi nunca (nunca) puedo. Comienzo a acariciarle lentamente el culo, y a veces imagino que la respiración pausada se acelera un poco, pero casi siempre descubro que no es ella; casi siempre me doy cuenta de que soy yo. Continúo muy despacio explorando por sus muslos, primero por fuera y luego por dentro. Intento no hacerlo, pero casi siempre rozo su sexo con uno o dos dedos. El contacto es mínimo, pero noto que acaba por derrotarme. Comienzo a frotar más descaradamente mi mano por todo su cuerpo, intentando que se despierte sin que se dé cuenta. No quiero despertarla, pero quiero que se despierte y me corresponda. Son las tres de la mañana. Sé que ella tiene que levantarse a las siete y por eso no quiero despertarla. Vencido, me pego a ella y la abrazo. Ella, entre sueños, dice algo. Intento que ella no note mi erección, y percibo que no queda en mí ni nada del sueño que fingí tener. No consigo engañarme. Sé que me quedan cuatro eternas horas de vigilia, que gasto en preguntarme qué hice para merecer este tormento. Mientras tanto, Dione sigue durmiendo.








Escenas bíblicas

por J. A. Alcudia






( escena XVIII ) Mateo 19, 16-30
En cierta ocasión, un joven vino a Jesús y le preguntó: Maestro, ¿Qué he de hacer de bueno para alcanzar la vida eterna?

Él le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Bueno solamente es Dios. Si quieres entrar en la vida, cumple tus mandamientos.

- ¿Cuáles?

Jesús le contestó: No mates, no cometas adulterio, no robes, no des falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre y ama al prójimo como a ti mismo.

El joven respondió: Todo eso lo he guardado siempre. Pero ¿qué otra cosa debo hacer?

Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, vende todo lo que posees y reparte el producto entre los pobres. Así te harás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.

Cuando el joven oyó esto, se marchó entristecido, porque era muy rico.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Os aseguro que a los ricos les va a ser muy difícil entrar en el reino de Dios. Mirad lo que os digo: más fácil será para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios.

Los discípulos se quedaron muy sorprendidos al oírle y le preguntaron: Pues en ese caso, ¿quién podrá salvarse?

Jesús los miró y les dijo: Para los hombres es imposible, pero para Dios todo es posible.

Entonces Pedro le preguntó: Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte, ¿qué recibiremos por ello?

Jesús le respondió: Os aseguro que el día de la renovación de todas las cosas, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono glorioso, vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis también en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todos los que hayan dejado esposa, hermanos, hermanas, padres, hijos o tierra por causa mía, recibirán el ciento por uno de beneficio y la herencia de la vida eterna. Muchos que ahora son primeros, serán los últimos, y muchos que ahora son los últimos serán los primeros.

En ese momento oyeron una voz que sonaba a lo lejos y todos se volvieron.

-¡Maestro!

Era el joven de antes que volvía risueño.

- Hijo mío, me alegra ver que has recapacitado y estás dispuesto a seguirme.

El joven se acercó, extendió sus brazos hacia delante cariñosamente y le hizo un corte de manga tan grande que casi se cayó de espaldas.

-¡Qué te jodan¡

Les dio la espalda y se fue a buscar su propia verdad...



( escena IL )Juan 19, 16-18

A partir de este momento, Jesús quedó en manos de los judíos. Llevando su propia cruz, salió fuera de la ciudad hacia un lugar llamado “La Calavera” (que en lengua de los judíos se dice “Gólgota”). Jesús se arrastraba por las calles inundadas de gente con la pesada cruz a la espalda. La sangre le bañaba las sienes, sus piernas se doblaban y su espalda se quebraba ante el esfuerzo. La misma multitud que liberó a Barrabás lo alentaba en su ascenso. De vez en cuando alguien se le acercaba y le enjugaba el rostro; otros lo ayudaban a cargar la cruz hasta que era golpeado por algún soldado.

Pronto comenzó la ascensión al Gólgota. Jesús comenzó a gemir y jadear con fuerza, la respiración entrecortada y la boca llena de saliva que ya no podía retener, tambaleándose de un lado a otro. Entonces se detuvo en seco, permaneció quieto unos segundos y ante una palidez unánime se despojó de la cruz. La multitud enmudeció ante lo inesperado. Uno de los guardias comenzó a azotarlo y amenazó con crucificarlo allí mismo si no recogía la cruz en aquel instante. Jesús alzó la cabeza y abrió los brazos al cielo: ¡Padre, ayuda a tu hijo!

Acto seguido, una boca enorme se abrió entre las nubes y una columna de luz se proyectó hacia la tierra. En seguida, comenzaron a bajar los arcángeles que patearon a la multitud por hipócrita, pisotearon la cabeza de los soldados, se mearon en la túnica de los rabinos y le metieron a Pilatos la corona de espinos por donde amargan los pepinos, después de lo cual perdió la impoluta costumbre de lavarse las manos para el resto de su vida.

Jesús se echó a andar y se perdió entre la gente…








X

por J. A. Alcudia






Lo cierto es que ya andaba un poco cansado de la monotonía de aquella operación: se levantaba tan temprano que despertaba a los gallos, se quitaba las legañas meticulosamente y se entregaba a su trabajo con el ardor de los primeros rayos de sol. La renovada ilusión de cada incontable amanecer lo hacía mirar la cima desde los pies de aquel gigante rocoso en tono desafiante. Cerraba los ojos, llenaba los pulmones de aire helado y comenzaba. La roca era terriblemente grande y pesada, pero lo cierto es que había hecho aquello tantas veces que le había perdido el miedo, casi le había tomado cariño. Indolente, imparable, lento pero seguro, paso a paso, con la mirada alta y el gesto seguro, masticando cada segundo… por fin, cuando las fuerzas se le escurrían, después de mucha sal y sangre derramada, cantos de pájaros, cambios de viento y guiños de sol, con la cima a la vista y al borde del orgasmo… la muy puta iba y se caía.

El águila llegaba puntual como todos los días. Aunque todavía le resultaba un poco incómodo, ya lejos quedaron aquellos días en los que el dolor se hacía insufrible. Parece ser que el animal se dio cuenta de que iban a verse demasiado a menudo, así que para llevarse con él lo mejor posible dentro de aquella situación que ninguno de los dos había elegido y que cambiarían gustosos (por que es seguro que al pobre animal no le hacía ninguna gracia tener que volar hasta allí todos los días, etc.), había mejorado su técnica, y cuando ahora le abría el vientre con sus garras lo hacía de forma limpia y rápida, con precisión de cirujano, comía rápidamente, sin excederse en el peligro de atragantarse, y se alejaba para no molestar más hasta el día siguiente. Las cosas no habían cambiado mucho.

Siempre allí: erguido, con los brazos alzados sujetando las nubes sin poder bajarlos porque “el Cielo se caería sobre la Tierra y sería el fin”, le habían dicho. Más de una vez le hubiera gustado bajar los brazos, aunque fuera una sola vez, y poder descansar y palparse el cuerpo; muchas más veces le entraron ganas de dejar aquello y mandarlo todo al diablo; pero no lo hizo porque le faltaba valor. Siempre entornando los ojos los días de sol y empapándose los de lluvia; tiritando cuando la nieve le blanqueaba el cuerpo y sudando y apestando cuando el sol lo abrasaba. Decididamente aquello no era vida.

Entonces llegó un día en que los hombres se cansaron de contar siempre las mismas historias, los niños se cansaron de oírlas, los libros de albergarlas y hasta los mismos protagonistas acabaron por aborrecerlas. Así que cuando la roca volvió a caerse el hombre la dejó como cosa perdida y se marchó de aquel lugar; el segundo le dio de comer al águila algo distinto a sus intestinos (detalle que agradeció su estómago) y también se fue; el último bajó los brazos, acartonados de mantenerlos rígidos, y comprobó que el cielo no se caía y que tenía articulaciones, y éste también se perdió. Los hombres, cansados de ellos pero apenados por su marcha, pronto olvidaron los buenos ratos que les habían hecho pasar y corrieron a la pajarería más próxima en busca de nuevas mascotas que les enseñasen a caminar sobre dos patas y a sostener una pelota sobre la nariz al mismo tiempo.







Prólogo

por Enrique Hiedra






“Ambos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban”

(Génesis 2,25)

Cada mañana él le dejaba algún mensaje escrito en el espejo, alguna pregunta primordial, alguna caricia en clave. Ella cogía flores cada mañana, y se las daba en respuesta.

Él no tenía otro oficio que el de observar los sauces, los insectos, coger manzanas. Ella paseaba por la colina, constelando en su cabeza los mensajes que diariamente él le dejaba en el espejo, como si se tratase de un poema acumulativo.

A veces eran solamente él, ella y los sauces.

Al mediodía, se reunían detrás de la casa, él se quitaba el sombrero y lo sostenía entre sus manos, y así, con la mirada perdida, componían diariamente la escena que tantas veces habían visto en aquel cuadro.

A veces se abrazaban, y así primigeniamente, se quedaban dormidos bajo los sauces. A veces estaban desnudos, pero no se avergonzaban.

Cada tarde se miraban a los ojos, y a veces a la misma tarde se le hacía tarde para atardecer. A veces se cogían de la mano y a veces, algunas veces, incluso llovía entre los sauces.

A veces él tan solo la miraba mientras paseaba, y con la mirada, recogía los pasos que ella iba dejando tras de sí y los enhebraba en un suspiro. A veces ella sabía que él la miraba y algunas veces dibujaba con la estela de sus pasos un laberinto entre los sauces.

Cada noche se tumbaban bajo los sauces y miraban las estrellas. Ella, al igual que con los mensajes, se ocupaba de constelarlas con la yema de su dedo índice, mientras que él, cada noche, volvía a decirle que mirando las estrellas podía sentir el frío que las separa. Más tarde, desnudos, se amaban en un desorden silencioso.

Muchas veces ni siquiera salían de la casa, y pasaban la tarde perdidos en aquel cuadro. Nada sabían de él, excepto que era de Millet y que se llamaba El ángelus. Nada sabían sobre aquellos dos personajes pero les resultaba difícil no identificarse con ellos. Miraban el cuadro y podían verse detrás de la casa, en el jardín. Jamás se preguntaron que podían estar haciendo aquellos dos personajes, jamás les pareció importante.

Aquel cuadro estaba lleno de serenidad, y aquella serenidad era la que buscaban cuando cada mediodía componían aquella escena. Se colocaban devotamente, iniciáticamente. Pero la serenidad no llegaba. Al menos no aquella serenidad.

Tanta fue la curiosidad que aquel cuadro despertó en ellos que cada vez salían menos de la casa, a veces pasaban los días enteros mirándolo. Si salían era sólo para volver a intentar recrearlo.

Pensaron que el problema debía ser la luz, ya que la luz del cuadro no corresponde al mediodía, y así fue que volvieron a intentarlo en cada amanecer y cada puesta de sol. Tampoco era esa la diferencia entre ellos y aquellos dos personajes.

A veces olvidaban mirarse a los ojos, y algunas mañanas el espejo era tan solo un espejo; Tal era la curiosidad que tenían por conciliar aquella serenidad fascinante.

Buscaron la diferencia en la tierra, en el aire, en los sauces, y fue cuando la buscaron ellos mismos cuando repararon en que ellos, a diferencia de aquellos dos personajes, estaban desnudos. Desnudos y rodeados de sauces.

Quisieron saber qué los diferenciaba de aquél cuadro, y tanto quisieron saber que ya no quisieron mirarse a los ojos, ni observar a los insectos, ni coger manzanas. Querían saber, sólo querían saber, y tanto querían saber que terminaron descubriendo que la diferencia entre ellos y los personajes de aquel cuadro era que aquellos eran campesinos y estaban trabajando.

Quisieron saber y terminaron sabiendo.

Después de saber quisieron salir de la casa y recrear definitivamente aquel cuadro, pero al mirarse descubrieron que estaban desnudos. Lo descubrieron como nunca lo habían descubierto. Al ver sus cuerpos desnudos sintieron el mismo frío que él había sentido cada noche mirando las estrellas. Fue entonces cuando quisieron mirarse a los ojos pero no veían más que desnudez, quisieron abrazarse pero sus ojos eran incapaces de soportar la indigencia de sus cuerpos desnudos.

Aquella fue la primera vez que se sintieron desnudos.

Quisieron dormir, impacientes por despertar de aquella pesadilla, y así, sus cuerpos fríos como astros, se dieron la espalda en aquel lecho en el que por primera vez pasaron la noche en vela.

Llegó la mañana y él no quiso mirarla por miedo a que siguiera desnuda. Sólo corrió hacia el espejo por si aún no fuera tarde para escribir cuanto la quería y así recomenzar el paraíso.

Aquella fue la primera mañana que adaN se miró al espejo y vio Nada.