El Caballo de Nosferatu


martes, enero 29, 2002
In memoriam Andrés Casares Lázaro

por J. A. Alcudia




Sé que con estas líneas estoy quebrantando la regla más importante de esta revista, aceptada unánime e implícitamente por todos sus componentes: no escribir ni una sola palabra que no sea usada como vehículo de ficción. Es por esto que hemos huido de editoriales, citas, homenajes o declaraciones panfletarias y que hemos construido nuestra revista a base de puro juego y artificio. Sin embargo, creo que, en esta ocasión, mi desobediencia esta fuertemente justificada. Conocí personalmente a Andrés Casares el verano pasado en Málaga. Habíamos establecido contacto meses antes por carta. El motivo: había caído en sus manos, casualidades de la vida ( o tal vez no ), un ejemplar del primer número de la hoy desaparecida La cara de Anás, revista de cuentos de la que yo era codirector. En su primera carta me comentaba sus impresiones sobre la revista y me confesaba, tímidamente, su aficción a la escritura a la vez que me preguntaba si había alguna posibilidad de publicar alguno de sus cuentos. Yo le respondí que la revista estaba abierta a todo el mundo y lo animé para que me enviara alguno de sus textos. Él hizo lo propio y pronto recibí un par que, tal y como le contesté en mi siguiente carta, aunque un poco imprecisos y caóticos como para ser publicados, apuntaban muy buenas maneras. Mantuvimos correspondencia durante varios meses en los que, inadvertidamente, fuimos forjando una curiosa amistad epistolar. Tanto Andrés como yo comenzamos a robarle algunas líneas a la Literatura para deslizar algo de intimidad entre Quevedo o Cortázar. Esto nos permitió crear una imagen personal mutua y unas expectativas que, por mi parte, se vieron cumplidas cuando tuve oportunidad de conocerlo aprovechando unas breves vacaciones en Málaga. Tal y como pesaba, Andrés era una persona un tanto retraída y callada, distante de la elocuencia que exhibía por escrito; sin embargo, una vez que se aclimataba a una persona de inclinaciones parecidas, Literatura, Cine y demás, era capaz pasarse la horas muertas disertando sobre cualquiera de estos temas. Más de una noche fuimos cerrando los bares de Málaga en busca de algún rincón perdido donde cerraran más tarde que los demás y nos permitieran estirar la noche hasta el amanecer. Andrés se había licenciado en Filología Inglesa y llevaba ya un par de años en paro “comiéndome los mocos” según sus propias palabras, cuando se quejaba de esta manera yo le decía que no estuviera triste porque a mi me quedaba un año para terminar la carrera y pronto iba estar comiéndome los mocos con él. Él solía reírse y me decía que no sabía cuánta razón tenía. Poco antes de volver a Córdoba me dio una copia de una novela que había escrito a saltos durante lo últimos tres años, según me dijo él. Después nos despedimos con la intención de volver a vernos pronto.

Hace tres semanas recibí una llamada de un amigo común que me comunicó que Andrés había fallecido en un accidente de tráfico. Andrés falleció la madrugada del dos de Abril. Por entonces yo estaba inmerso, junto con mis compañeros, en la elaboración del segundo número de El caballo de Nosferatu. Lo inesperado y brutal de su muerte me ha dejado desarmado y sin aliento. “Se mueren y yo sólo soy un hombre” esta frase, extraída de una de las últimas cartas que Andrés me escribió, cristaliza toda la impotencia que siento en estos momentos. Andrés y su mundo se han perdido. Lo único que podemos hacer desde estas páginas es un último esfuerzo por perpetuar unos segundos su literatura que, al fin y al cabo, también es su vida. El texto que sigue a continuación es un fragmento de su novela titulada El despertar. El argumento de la obra es el que sigue: la acción comienza en Ciudad Imperio, una fastuosa capital que se entrega enfermizamente al lujo y a los placeres de la carne. En el transcurso de una de sus incontables fiestas, un mensajero moribundo llega a la ciudad pidiendo ayuda: un terrible dragón se ha apoderado de su reino y está exterminando a todos los habitantes. Después de algunos meses de deliberaciones, el consejo de Ciudad Imperio decide enviar al reino una caravana de víveres y soldados. Es aquí donde comienza la auténtica historia: la narración se centra en cinco personajes que se han unido a la caravana por distintos motivos. Una aguerrida joven, un oscuro elfo, un guerreo hedonista, un siniestro gigantón y un inseguro joven. La novela, de carácter alegórico, explora a lo largo de sus páginas la evolución sicológica de los personajes y las distintas relaciones que se van estableciendo entre ellos a lo largo del viaje. El autor se volcó principalmente en el joven que, a mi entender, no es otro que su alter ego. La sola elección de su nombre, Ícaro, me parece significativa. El uso del personaje mitológico y, por tanto, de el sentido de su historia, me hacen pensar en un Andrés intentando escapar de una vida y una realidad que odiaba y que finalmente acabó tragándoselo. Así, Ícaro, pasa de una nietzscheana energía iconoclasta y vital al principio de la novela a la más absoluta resignación ante el muro de lo inevitable: la realidad de la muerte. En un irónico giro entre la vida y la Literatura ( tan irreal que puede hacer pensar al lector que estas líneas son inventadas. Ojalá lo fueran ) , Andrés estaba adelantando su muerte sin saberlo. No quiero extenderme más. Situaré a los lectores: después de haber escapado de una ciudad de licántropos en el que, sin duda, es el capítulo más hilarante y surrealista de la novela, los cinco se han alejado del camino previsto y se encuentran perdidos en un desierto de nieve. La perspectiva pasa de tercera a primera persona, encarnada en Ícaro. Sería injusto sacar conclusiones de a obra basándose sólo en este fragmento, he escogido éste porque creo que es el más representativo tanto literaria como personalmente, en él he creído ver reflejado el lamento de Andrés por su madre fallecida cuando él tenía quince años; baste con esto.

Desde aquí nuestro granito de arena por Andrés y por todo los que empezamos en esto de escribir y cuya máxima satisfacción, digamos lo que digamos, es vernos publicados y saber que somos leídos, que tú, lector, nos revives en cada lectura y que nuestro mundo, personal, único, irrepetible y valioso como el de toda persona, tal y como alguien escribió, no se morirá con nosotros. Sé que a Andrés le haría ilusión.

Juan Antonio Alcudia Pérez

13 de Abril de 1999









El héroe de nuestro tiempo

por Carlos Guerrero






Luz muy tenue y ambiente hostil.

En el centro, 6 sillas de la época, situadas de cara al público.

El suelo, repleto de hojas de libros, arrancadas sin ningún cuidado.

En cada una de las sillas se encuentran (de izquierda a derecha) Byron (erguido), Zola (asqueado), Lenin (circunspecto), Lermontof (mirando a Byron), Pessoa (ensimismado) y Lear (silbando).

Al frente, tendido en el proscenio y arropado hasta el cuello por las innumerables páginas se encuentra el cuerpo sin vida del héroe.

El público se levanta de sus asientos y sale del teatro

Comienza la función

Byron (se levanta y trágicamente da un paso al frente). El héroe, el héroe de nuestro tiempo. ¡Adelante! ¡Siempre adelante! Fluyendo la sangre en las venas y tomando la furia como estandarte en la guerra de las pasiones. Haz que tus lágrimas de épica sean y que el furtivo redoble de los tambores aniquilen la abulia y el azote de la mediocridad reinante en este invierno de emociones congeladas. (Zola se muestra impaciente) ¡Glorioso espejo en el que el Todopoderoso gusta de contemplarse en las tempestades! Tranquilo o agitado, rizado por la brisa del céfiro o por el aquilón, helado a medida que te aproximas al polo, hirviente en la zona tórrida, eres sublime y sin límites; eres imagen de la eternidad, trono de lo invisible, tu fecunda cuenca produce los monstruos del abismo. Todas las naciones te obedecen, avanzas terrible, impenetrable, solitario. ¡A ti te imploro la redención de los impíos!

(Cae de rodillas junto al cuerpo sin vida que yace en el proscenio; desesperado recoge hojas del suelo y se las tira sin parar sobre la cabeza)

Zola (gritando). ¡Byron....Byron....es el sueño húmedo de un clérigo vicioso! ¿Dónde se esconden las verdades cuando el auspicio viene dado por la depravación morbosa de una mente untada por el lujo de la burguesía? Donde tú ves la glorificación del nacionalismo yo no veo sino la carroña de un turco manchando los trapos harapientos de un apestoso griego. Mira a tu alrededor y comprende. ¿Acaso crees que el exponente más alto de nuestra especie es un heredero de Perceval? Te diré lo que yo veo. (Byron mordisquea las hojas) Veo la sangre del Santo Grial en el rincón de un matadero, en la sórdida podredumbre y bajo la sombra del espigado helecho, derramándose de los lomos de un puerco que agoniza. Ahí nacerá nuestro hombre, en los arrabales del mundo y no en la proa del barco de un corsario perfumado. Hoy naces tú, rey del estiércol y bajo la sombra de este sol que ciega muere, morirá Byron. Byron ha muerto.

(Byron se desploma, ahogándose con lás páginas que ha intentado ingerir. Lermontof, horrorizado, se levanta subitamente con lágrimas en los ojos. Luz cegadora.)

Lermontof. ¡Viva Byron!

Zola. ¡Hereje, blasfemo, hijo menor del clérigo! (luz tenue)

Lermontof (sin hacerle caso). Ahora tu sangre enraizará en los cimientos de una humanidad nueva, de cuyo seno nacerá, en unas caballerizas, nuestro redentor, y este cuerpo que ahora inerte permanece quedará insuflado por tu espíritu y cantará de nuevo mil aventuras en pos del amor turbulento y la paz desdichada. Tú matarás los tranquilos amaneceres (se agacha lentamente y toma la mano de Byron) y continuarás su obra...

Zola. ¡Lo que hay que oir!

Lear (alzando un dedo y sin incorporarse de su silla). Escuchar.

Zola. Si...si...eh...¡lo que hay que oir!

Lear. Eso.

Zola. Lo que ha hecho este paradigma romántico es retrasar o incluso aniquilar el nacimiento de este nuevo ser, postergando la realidad a la fantasía, sometiendo la grosería a las dulces palabras y jugando a las batallas con doblones de oro. ¡Ahí lo tienes! ¿Dónde queda la épica cuando ha muerto ahogado en su propio vómito? Pero aún quedas tú, gregario indigno, que en tus escritos mentirás de nuevo, como lo hizo él, y dirás que feneció (cada vez más exaltado), no murió, ¡feneció!, ¡asfixiado por el terciopelo envenenado de una nueva era, talando el árbol de su vida para alimentar con leña el nacimiento de un hombre único! ¡Yo me río de todo eso! ¡Envuelto en su propio vómito! De ahí beberá nuestro héroe, de las entrañas pútridas de Byron, quien, por cierto, (arrastrando las palabras) s-ó-l-o t-i-e-n-e- s-e-n-t-i-d-o- u-n-a- v-e-z- m-u-e-r-t-o.

(Zola se tranquiliza progresivamente y pausadamente gira su silla hasta quedar de espaldas al público ausente. Lermontof sigue velando a Byron. El cuerpo del héroe sigue inmóvil)

Lear. ¡Jesús! ¡Jesús!

Lenin(estornuda dos veces). Todos ustedes se equivocan. Su problema es que no saben nada más que utilizar la palabra, con las que encadenan sus excéntricas fantasmagorías. La verdad reside en la revolución y la revolución no utiliza las letras sino la pluma, para clavarla como una estaca en el corazón de los vampiros opresores. Ustedes hablan de la liberación del individuo y de su encumbramiento como héroe pero yo les digo que la libertad es una falacia cuando se habla de personas y es un hecho cuando se habla de pueblos. La gallardía de una persona, su valor y su decencia se miden en los baremos igualitarios de una sociedad sin héroes. (se levanta y grita. Pessoa se cubre la cara con las dos manos) ¿Acaso no supone la existencia de un héroe la humillación de millones de no-héroes? ¿Acaso la supremacía de un héroe no conlleva la supresión radical del régimen comunista y de su libertad intrínseca?¡ El héroe de nuestro tiempo se llama pueblo y el pueblo es el Estado y de este Estado nacerá el vigía, que no será uno sino miles, millones, y con una sola conciencia, la conciencia de una nueva clase sin anverso ni reverso, que aniquilará a aquel que cavó su propia tumba creando esta nueva fuerza.! Mataremos a Stuart Mill y al...(dudoso.Pronuncia una palabra incomprensible)...ismo.

(Con el rostro desencajado, Lenin permanece de pie)

Lear. Nada.

Lenin. ¿Qué quiere usted decir?

Lear. Ya se lo he dicho. ¿Es que no entiende usted las palabras?

Lenin (cada vez más furioso). ¿Qué palabras?

Lear. Pues, por ejemplo, estupidez, casa, marxismo, perro, estupidez, árbol, fascismo, chimenea, estupidez, jardín, capitalismo, etc. ¿Entiende ya?

Lenin. Me está usted volviendo loco con sus estupideces...

Lear. ¡Bien! ¡Igual que yo!

Lermontof (sin soltar la mano de Byron). No tienen respeto por los muertos.

(Momento de silencio. Pessoa aparta las manos de su cara y degusta este momento de tranquilidad. El cuerpo del héroe sigue inmóvil y cubierto de papeles hasta el cuello.)

Lear. ¿Puedo decir una cosa?

Lenin (sigue mirando al frente, dándole la espalda a las sillas. Pessoa se vuelve a cubrir la cara). Adelante.

Lear. Bueno...en realidad prefiero hablar desde aquí atrás, aunque aprecio su mandato...

Lenin (desesperado). Como quiera.

Lear. Verá...¡he tenido una visión! Cuando usted se ha levantado y ha comenzado a gritar, he visto como se le separaba la cabeza del cuerpo, situándose ésta a diez centímetros de sus hombros y formando una iconografía perfecta. Yo nunca le había entendido, bueno, ni a usted ni a Hitler...

Lenin (gira la cabeza). ¿A quién?

Lear. Em....a Stalin.

Lenin. Ah, ya.

Lear...en realidad, tampoco a Marx....

Lenin (girándose por completo). ¿Cómo?

Lear. Nada...nada. pero esta visión, como todas las visiones, me ha hecho ver. Usted ya no era Lenin, ni Hitler, ni Stalin, era una ¡exclamación! Con cabeza y cuerpo pero no con una cabeza en el cuerpo. Lo que ustedes hacen es gritar y con el grito subyugan a las palabras. Estoy convencido de que si Hitler hubiese gritado: “¡¡¡Los ratones paren abejas!!!”, también se hubiese producido el Holocausto. No importan las palabras, lo que realmente importa es el grito. Mire. (grita lo más alto posible) ¡¡¡Jabberwocky!!!

Zola (se revuelve violentamente). ¡Y Byron es un bastardo! (se coloca de nuevo de espaldas)

Lear. ¿Lo ve? Cada cual oye lo que quiere y dice lo que le permiten. La democracia es la libertad de los que gritan más alto. Pero...ahora que lo pienso, si suprimimos la casa, el perro, el árbol, la chimenea y el jardín, todas las estupideces son iguales. El capitalismo, con perdón, produce la cicuta, el fascismo la impone por decreto, el comunismo la reparte por igual y la democracia otorga la libertad a aquellos que no la quieren tomar, para que así, la tomen de igual modo.

Lenin. Es usted un hombre descarado, simplista e ignorante.

Lear. Yo lo único que digo es que el COMECON les da el capital para negar el capitalismo.

Lenin (se vuelve a girar hacia Lear). Maldito estulto zarista ¿Sabes lo que estás diciendo?

Lear (pensativo). Diciendo...diciendo...curiosa palabra. Veamos. Si digo diciendo, digo, y si digo que no digo, también digo; por tanto, es igual decir que no decir, es tan sólo una cuestión de formas. Conclusión: si no se lo que estoy diciendo, mejor será callar para así decir lo mismo pero sin que se me oiga.

Lenin. Es usted insoportable.

Lear... (se encoge de hombros)

Lenin. Deje de provocarme con sus enredos.

(Lermontof comienza a comerse las hojas. Se ahoga y cae muerto sobre el cuerpo de Byron. Zola gira la cabeza.)

Zola (irónico). Ahí cae otro romántico.

Lenin (dirigiéndose a Pessoa). ¿Y usted que piensa? ¡Diga algo!

Pessoa (bajando las manos muy lentamente, casi cómico). La sombra es la penitencia. Es mejor olvidar. Pensar, sólo pensar, en mundos extraños que nacen de Sumeria y en hombres que resucitan sin su cuerpo, vestidos por la palabra de Zoroastro. Las respuestas que han dado son insuficientes en cuanto parten de supuestos falsos y realidades acomodaticias. Los hechos, la épica, la sangre, el pueblo; nada de eso existe o no debería existir. La experiencias directas que han expuesto son el subterfugio, o el escondrijo, de quienes están desprovistos de imaginación. Los hombres de acción son los esclavos involuntarios de los hombres de entendimiento. Las cosas no valen más que en su interpretación. Unos, pues, crean cosas para que los otros, transmutándolas en significación, las tornen vivas. Narrar es crear, pues vivir es tan sólo ser vivido. Sus términos son parciales, palabras mutiladas, prostituidas por el uso. Ninguna tiene sentido, tan sólo...

Lear. ¡Jabberwocky!

Pessoa. Exacto.

Lenin. Esto es insoportable ¿es hoy 1924?

Lear y Pessoa. Por supuesto.

Lenin. Por fin. Ya puedo morir.

(Lenin se agacha y empieza a comerse las páginas hasta ahogarse. Cae muerto en la parte derecha del escenario. Lear y Pessoa hablan desde sus respectivas sillas, sin mirarse)

Lear. Y, entonces, ¿quién es el héroe de nuestro tiempo, señor Pessoa?

Pessoa. No lo sé. Ha de ser absoluto, insustancial, nuevo. Nunca lo podremos saber; nuestro lenguaje está obsoleto, mancillado y deshonrado por las generaciones que lo han violado. Nuestro héroe ya no lo habrá de utilizar, permanecerá callado para siempre y, así, nos descubrirá una nueva forma, unas nuevas palabras, que abarquen la realidad y la fantasía al mismo tiempo, que aniquilen las fronteras entre el pensamiento y la expresión pues ambas serán una sola cosa. El recuerdo será el eco que una palabra arrastra, y el sueño una metáfora creada de la nada, sin referente, ilimitada en su belleza y duración. Las letras serán susurros invisibles y aprehendidas en cuanto efímeras, ya que su nacimiento será, a la vez, su muerte; y de las cenizas del vacío, volverán a aparecer, envueltas por una luz y un sabor renovados. Será único, y por único, efímero. Ahora, ya ha llegado el momento. Callemos y nacerá.

Lear. ¿Dónde?

Pessoa. En el silencio.

(Giran las sillas y, como Zola, quedan de espaldas al público que ahora ha empezado a entrar. Byron, Lermontof y Lenin permanecerán muertos para siempre. La sala se llena de espectadores)

El Público. Y bien ¿Quién es el héroe de nuestro tiempo?

(El cuerpo cubierto por las hojas se incorpora hasta quedar sentado. Muy despacio mueve la cabeza hacia el público. Se lleva el dedo índice de la mano izquierda a la boca)

El Héroe de nuestro tiempo. Sssssssssssssssss. (se vuelve a tumbar)

(El público se sienta(El público se sienta(El público se sienta. Cae el telón) Cae el telón) Cae el telón)








Nihilismo

por A. J. Jiménez






- Usted está loco.

- Eso ni se duda.

- Es que usted está loco de veras.

- ¿Hay locos en broma, acaso?

- Sí, a veces hay locos en broma. Usted es en serio.



Roberto Arlt, Los lanzallamas

Al principio aquello era sólo el Paseo. Al principio he dicho, porque más tarde fue el eje de la revolución que agitó el país durante la preguerra, detonante y causa de la guerra misma. La situación mundial de este período de guerra se define, a grandes rasgos, por una sola característica: las grandes potencias internacionales conformaban un solo bando; el capitalismo había triunfado gracias a su mejor adaptación y mutabilidad. Este hecho provocaba una situación nueva: la ausencia de enemigos (si exceptuamos a las hordas iletradas y salvajes de los continentes limítrofes, que apenas contaban con tres cuartos de la población mundial). Estas hordas, diezmadas por la ausencia de tierras cultivables y el hambre, poco podían oponer a la Alianza, como se llamaba a los países dominantes en los círculos ajenos al régimen.

A esta ausencia de enemigos en el planeta se le unía el desconocimiento acerca del propio Universo, con lo que una invasión alienígena ya no era riesgo probable. La humanidad había esperado una señal extraterrestre durante más de un siglo, y nada había ocurrido. Miles de avistamientos se mostraron falsos, la fiebre parapsicológica de los noventa y la primera década del siglo XXI había pasado. El fanatismo religioso había sido aislado gracias a medidas de bloqueo y confiscación de tierras, y se reducía a tres o cuatro países. Como hemos dicho, ya no había enemigos. Esto, y sólo esto, es lo que dio lugar a la etapa que nos ocupa, que sirvió para superar eficientemente el postmodernismo y dejar atrás sin traumas la civilización anterior.

Pero empecemos por el principio: en el comienzo de nuestra era, pueden creerlo, las castañas del Paseo no se podían comer. No se debía a motivos físicos ni psicológicos; simplemente, y según cuentan los ancianos, las castañas tenían una configuración molecular propia, extraña. Hay quien dice (miembros de la antigua escuela, seguramente) que procedían de una cultura ajena a nosotros. ¡Ajena, imagínense! Como iba diciendo, según estos ancianos, fuentes más fiables que esos indeseables fantasiosos de la antigua escuela, cada una de estas extrañas castañas no comestibles recibía un nombre mágico: pi-lon-ga.

Esta incomprensible sucesión de sonidos, considerada blasfemia o insulto en nuestros días, determina, según las últimas investigaciones, el que algo sea o no comestible: la raíz pil (comer) afecta al sujeto (on) y lo niega (ga). Así, pilonga, vendría a designar lo que no se come. De esto se sigue que el mayor beneficio que era posible sacar a los frutos del Paseo era alguna que otra ontoon (castaña-contra-castaña, lo que los antiguos llamaban guerra de castañas pilongas), quizá figura premonitoria o convocación de los espíritus de la Guerra futura.

Las primeras guerras de castañas, que se remontan en los horizontes del tiempo, apenas ocasionaban más que un herido leve o dos (que eran llamados tocaos o a veces, según cuentan, heríos) y algunos ontoay (castaña-contra-uno, que en antiguo era moratón), eso sí, bastante considerables. La estrategia era abiertamente la guerra de guerrillas, quizá en recuerdo de un pasado mítico, aunque a menudo se optaba por el ataque frontal: cinco o seis del lado de aquí contra cinco o seis del lado de allá, llenos los bolsillos del fruto recién caído, intentaban hacer una síntesis lo más loable posible de los métodos de cubrirse y ontostis (castaña-contra-enemigo) al mismo tiempo, e intentar, en un alarde de habilidad y reflejos, esquivar los on (proyectiles-castaña) que zumbaban en el aire en ambas direcciones.

Este juego, que era criticado por generaciones y generaciones de padres preocupados por algún que otro ontoay en una pierna o en un brazo de su hijo, era uno de los deportes favoritos de nuestra infancia. Hemos de recordar que las castañas todavía eran pilongas (sic), y apenas tenían valor simbólico; lo que, por otra parte, a pesar de lo obvio, hizo que se tardase mucho tiempo en alabar a la castaña y a edificarle monumentos.

Pero como he dicho eso fue en la época de las castañas pilongas (sic). Cuando los primeros experimentos positivos sobre transgénesis (2012 d.c.) permitieron la extracción de un suero que aplicado a los castaños hacía que su fruto fuese comestible, y fue llevado a la práctica por el toton (unión-de-castañas, lo que era antiguamente el Ayuntamiento), las consecuencias fueron incalculables. En tres años el precio de las castañas bajó radicalmente, debido a que las necesidades de los habitantes estaban más que cubiertas con los árboles del Paseo, provocando primero una crisis local, posteriormente una provincial (porque venían al Paseo habitantes de localidades circundantes en busca de castañas) y más tarde la Gran Crisis de la Castaña de 2017.

Los puestos de castañas asadas, industria en auge aquellos días, tuvieron que cerrar, ya que nadie iba a pagar por algo que podían obtener con sólo agacharse un poco y recoger lo que la madre naturaleza ofrecía. Además de no tener enemigos, se había conseguido uno de los principales objetivos de los países bigon (castaña-grande, desarrollados): el autoabastecimiento. Hemos de recordar que esto afecta a los llamados países bigon, la parte mayor del planeta, si exceptuamos los tres cuartos restantes, que apenas suman un setenta y cinco por ciento, como hemos dicho.

No hace falta decir que las ontoon fueron suprimidas: nadie quería las castañas cuando eran pilongas (sic), pero las comestibles no se podían desperdiciar en guerras de castañas. Dos términos sirven hoy en día para lo que los antiguos llamaban recolección: la ontosac (castaña-al-saco) o la ontosacamain (castaña-al-saco-a-mano, o castaña-al-bolso), que ya daba por entonces empleo a más del setenta por ciento de la población. Como es fácil comprobar, la castaña es un fruto democrático, ya que permite que muchas personas trabajen en el campo durante apenas doce horas para ganar su sueldo: el pleno empleo estaba casi conseguido.

Esta bonanza económica fue desaprovechada por el toton, ya que en lugar de dedicar el presupuesto municipal a lo que era pertinente, que era dotar de medios a la policía local y fortificar la ciudad, el toton-Ayuntamiento se dedicó a comprar libros para la biblioteca local y a dar ayudas para pisos a los más jóvenes. Este error, según muestran los datos, se cometió únicamente en nuestra localidad, ya que los alcaldes de los demás pueblos, mucho más sensatos, dedicaron sus presupuestos a defensa, algo mucho más recomendable que malgastar el dinero público en tonterías.

Este repunte de la economía, conseguido gracias a la castaña, tuvo freno por la política del toton: si se hubiera dotado de medios a la policía, o se hubiese creado un ejército local, no hubiese ocurrido la degradación del sistema público que trasvasó el dominio del Paseo de manos gubernamentales a la mafia, lo que ocurrió durante los años veinte, cuando bandas de mafiosos controlaban el Paseo, y por extensión el mercado de la castaña en todo el país. El toton-Ayuntamiento se defendió con la creación de la Ley Mojada, según la cual quedaba terminantemente prohibido el uso de frutos secos. Con el tiempo, y debido sin duda a los esfuerzos de nuestra valiente policía, los mafiosos se alejaron del pueblo. La recuperación era un hecho; la Ley Mojada consiguió que se recuperase el precio de la castaña, hasta volver a cotizar en bolsa.

Años después, solucionado el anterior problema, coincidiendo de nuevo con un auge del consumo de la castaña a nivel planetario, las compañías extranjeras fijaron sus ojos en el Paseo. En un alarde de ontopamí (castañas-para-uno, lo que se llamó antiguamente neocolonialismo), compraron el Paseo al toton-Ayuntamiento, que poco pudo hacer para retenerlo. Las compañías extranjeras iniciaron la invasión de productos derivados de la castaña: castaño-cola, leche de castaña, castañas asadas deshidratadas, pasta de dientes con sabor a castaña, crema de castaña para las manos, pinballs con castañas en vez de bolas, adornos, fruslerías; cualquier cosa con la sagrada imagen de la castaña.

El monopolio-dictadura que se estableció en estos años pervivió gracias a que entretenían a los vecinos con espectáculos que se servían, al igual que sus productos, de la bendición de la castaña: la tradicional liga de fútbol local fue sustituida por la novísima Castaño-liga local, que se jugaba, claro está, con un balón que simulaba a una castaña. Si bien en otros deportes (castaño-tenis de mesa, por ejemplo, que se jugaba con auténticas castañas) el espectáculo quedaba empobrecido, no era éste el caso del castaño-fútbol, ya que aunque la pelota había cambiado y botaba irregularmente, los hoyos del campo de fútbol eran los de siempre.

Esta estrategia sirvió a las grandes compañías para retener la situación un tiempo; pero para mediados de los años cuarenta comenzaron a formarse grupos de oposición al régimen. La gente, apenas entretenida con estos divertimentos, comenzó a recelar de la invasión extranjera, ya que los beneficios que eran antes para el pueblo iban a parar a manos ajenas, con lo que desearon volver a tener el control sobre el Paseo. Desafortunadamente, los terrenos pertenecían a las empresas extranjeras, en virtud de un acuerdo firmado por el toton, por una parte, y una gran empresa dallí (americana) por otra.

De repente, un milagro: la Plaga de Gusanos de 2041, que asoló completamente las plantaciones, y que obligó a la empresa a revender a bajo precio los terrenos. Los rumores de si fue o no una catástrofe provocada nunca han sido confirmados, aunque tampoco desmentidos. Hubo quién se jactó, años después, de haberla provocado, pero estos personajes nunca deben ser tenidos en cuenta a la hora de la revisión histórica, debido a que en múltiples ocasiones no se trata más que de fanfarrones que no nos pueden ayudar en nuestra búsqueda de la objetividad. Así, la pregunta acerca de la naturaleza y origen de la plaga no puede ser contestada por ahora.

Olvidando este funesto episodio, la recuperación fue lenta, aunque en diez años se estaba en disposición de ofrecer a un precio mayor (1a demanda se había visto incrementada) los antiguos productos derivados de la castaña a nivel nacional, con lo que el pueblo, ahora dueño del Paseo, se identificó plenamente con el fruto, dándose lo que se ha llamado la Cultura de la Castaña, cuyas manifestaciones artísticas más patentes fueron las obras literarias locales Castaña que eras, de Julián Hermosillo o Mi reino por una castaña, de Alberto Sánchez; y las pinturas (bodegones, sobre todo), donde la castaña era el elemento principal

Analizar una cultura de nuevo cuño como esta es difícil, aunque prácticamente obligado. Los principales cambios fueron los introducidos en la astronomía, que afectaron a toda las demás disciplinas del saber. Ya en 1997, científicos estadounidenses descubrieron, por medio del análisis termográfico de la estructura planetaria, que la tierra no era redonda como nos la habían presentado, ni siquiera achatada por los polos, sino una masa cuya forma aplastada por unos sitios, hundida por otros, no se sabía a ciencia cierta a qué correspondía. Esta ruptura con los esquemas copernicanos dejó al mundo con una gran interrogante sobre él: ¿y esto qué es?

Quiero decir con esto que la Humanidad se sentía muy confiada sintiendo que vivía encima de una naranja, al igual que lo estuvo, según cuentan, cuando pensaba que lo hacía sobre una superficie plana, pero que el desasosiego la embargaba cuando no sabía exactamente sobre qué estaba pululando. Medio siglo más tarde se conoció la respuesta a qué es lo que era aquella masa pseudo-esférica, hundida por unos sitios y redondeada por otros; era, obviamente, una castaña. Conforme a este descubrimiento se suscitó una nueva teoría acerca de la creación del Universo, que sostenía que nuestro planeta fue producto del impacto de dos castañas procedentes del Castaño Primigenio.

A raíz de esto, una nueva religión surgió: la Iglesia de la Castaña, que fue ganando adeptos progresivamente. Se retomó la influencia de la antigua sacerdotisa María Castaña, que en tiempos inmemoriales fue la primera visionaria de esta iglesia y que, adelantada a su tiempo, fue olvidada injustamente durante los siglos posteriores, e incluso centro de risas y bromas. Pero tal sacrilegio no continuaría más, y la figura de la sacerdotisa dominaría la teología y la vida social de nuestro país hasta los días que vivimos. Todas las niñas bautizadas en el periodo 2052-2062 recibieron el bello nombre de la sacerdotisa. La Cultura de la Castaña parecía la alternativa a la decadente cultura occidental de finales del siglo veinte y principios del veintiuno.

Sin embargo, este resurgir de la cultura se vio frenado por la Gran Guerra. Ya desde el año 2063 se sucedieron numerosos escarceos en torno al toton-Ayuntamiento, sucediéndose varios asaltos al mismo por parte de tropas militares de varios países vecinos. La situación se recrudeció hasta el asalto del 12 de Enero del 2064, que acabaría con el Ayuntamiento, quedando para la Historia la huida vergonzosa del Concejal de la Castaña, que había cobrado más importancia que el propio alcalde, a través del Castañoducto, mientras los demás miembros del toton-Ayuntamiento daban la cara ante los invasores. Sin embargo, la presión internacional hizo que se retirasen las tropas, aunque tardó seis años en conseguirlo. En un primer momento, los países dejaron a su suerte al municipio; la invasión parecía venir bendecida por las demás naciones. Cuando la OMC (Organización Mundial de la Castaña) quiso intervenir, la situación ya se había enquistado. Fueron seis largos años de represión; la población fue diezmada y las mujeres violadas, los niños asesinados en la cola del pan o simplemente por andar de día por la calle. Los ultimatums de la OMC nunca se cumplían; las negociaciones de paz de las fuerzas opresoras eran una farsa. Al final sólo lo resolvió la intervención directa. Las fuerzas aliadas habían tardado más de lo necesario en resolver su intervención en el conflicto, y miles de muertos inundaban las calles cuando el ejército aliado entró en el pueblo.

La Guerra de la Castaña fue con diferencia la más cruenta de cuantas ha visto este siglo, y la que ha hecho que se vea más cerca la destrucción total del planeta, debido a la confluencia de intereses internacionales en la posesión del Paseo, y al arsenal de los países protagonistas: más de veinte bombas tipo I (10 bombas tipo H), lo suficiente como para acabar con el planeta y todo el sistema solar. Sin embargo, nadie se atrevió a apretar ningún botón. Afortunadamente, todo acabó el 2 de Marzo del 2070.

El Paseo quedó destruido completamente tras la Guerra. Las consecuencias socioeconómicas y culturales aún no han sido valoradas. La pérdida de la Cultura de la Castaña, que se creía meta de la Humanidad, abre nuevos e inesperados caminos a nuestra existencia: ¿y ahora qué?



Tito Castaño, historiador,

en el año 2099 después de Cristo,

año 87 después de la Castaña








Fragmento de El despertar

por Andrés Casares Lázaro






Ego te, mea vita, cupio videre et apud te mori quoniam neque dei quos tu colvisti neque homines es quibus ego semper servivi, graetiam egerunt.

Yo, mi vida, deseo verte y morir junto a ti, porque ni los dioses a los que tú honraste

ni los hombres a los que yo siempre serví han dado las gracias.





I

Nunca conocí a mi madre. Nunca experimenté el calor del amor materno ni su comprensión

PRESENCIA,Yasuomi Umetsu.

La luna vino a caerse detrás de unos picos negros. Recogieron los tristes huesos de sus pertenencias, montaron en sombríos caballos cabizbajos y se lanzaron de nuevo al viaje tan incierto y pesado que cada vez que lo reemprendían se les levantaba un rumor en las tripas como una tempestad intestinal. Apenas emergieron las primeras luces cuando la noche lo inundó todo y redujo los amaneceres venideros a un atardecer rojizo. La lluvia no cesaba; nunca cesó. Y por la insistencia y el desparpajo con que les calaba los huesos les pareció que el cielo se orinaba encima de ellos burlón en una meada larga y uniforme que había estado aguantándose años para soltar en aquel momento. “Dios está enfermo. Le duelen las tripas. Seguro que lo siguiente que hará será cagarse encima nuestra.” expuso Asterión y todos coincidieron al tiempo que observaban eruditamente el preocupante tono marrón que tomaba el cielo. Siguieron el curso del río que por aquel entonces era su único punto de referencia. No tenían otra cosa. Separarse de él significaba la pérdida en aquellos parajes ignotos, así que pusieron la mano en el fuego por el señor Poco corriente porque sabían que en este punto no cabía ya otro remedio. Incansable rumor de finas lanzas acuáticas era su compañía y su azote. Pronto se acostumbraron a aquel chapoteo incesante y duro que en otras circunstancias hubiera resultado enloquecedor no sólo por su monólogo sino por sus continuas dentelladas. No mediaron palabras ni miradas ni tampoco adornos a la vista, sólo aquel manto de barro pensativo que se tragaba los cascos de los caballos. Continuaron el trazo de su línea hasta que el terreno se cubrió de una dura uña terrosa y el suelo recobró su solidez aunque la aridez se aferrara con dientes y ganchos a él. Apenas si se habían hecho al entorno cuando la tierra sufrió un ascenso y cayó una fría nieve que anocheció el paisaje por completo mientras un sol funeral emergió de medio cuerpo como un enorme ojo astral que cortara la cuchilla del horizonte.

Nieve.

En aquel lugar, anclados en mitad de la nieve, todo era más irreal, las cosas dolían menos aunque fuera la indolencia de la muerte; así me lo hicieron saber sus ojos y el sentimiento espejo que me hacía pensar que ellos veían lo mismo en mí.

Una vez me hablaron de ella y lo cierto es que aquella nieve cálida y primaveral que ilustraba los libros no se parecía en nada a la que me estaba matando de frío. El silencio reinaba desde que cruzamos el río y la temperatura contribuyó a su hegemonía. El viento gemía, se retorcía en furiosas espirales, nos sacudía sobre las monturas y nos azotaba la cara. Nos quedaron cicatrices aunque eran difíciles de percibir a simple vista. Más que nunca, en aquel insondable mar helado, sentí con que rapidez se borraban nuestras huellas igual que sobre el barro o el suelo cubierto de otoño. Aquella amnesia telúrica era ya una constante en nuestro camino. Era divertido saber que no dejábamos pistas y que nadie podía seguirnos. Tal vez nadie lo hiciera. Quién se preocuparía de buscar una piedrecita teniendo la montaña delante. Sólo un ciego la oiría caer. Debíamos ser ciegos. Ver las cosas sin ojos era una buena opción, al menos el resultado sería diferente, puede que no acertado pero sí diferente. Lo que ocurre es que los ciegos tampoco lo saben. La incomunicación a la que nos sometió la ventisca me invitó a abrigar todo tipo de pensamientos a la vez que, ocasionalmente, sacaba a flote los ojos para no perder de vista cuatro figuras borrosas. En una de estas emersiones noté que la figura más adelantada variaba levemente la dirección y que los demás lo secundaban. Yo los tercié sin saber muy bien lo que intentaban. Los seguí sumiso sin reparar en que nos separábamos del río. No lo recordaba, sólo buscaba las colas de sus caballos que era lo único que la ametrallante ventisca me permitía ver sin exponerme a sus dentelladas. Escalamos unos metros en horizontal y, no sin dificultad, pude adivinar unas líneas inconexas en la lejanía. Localizado lo que pensé era el motivo de la desviación, encogí la cabeza, me refugié al calor de mis mantas y me dejé llevar hacia aquella cosa. La naturaleza se encrespó y a cada paso que le ganábamos a la nieve con más crueldad nos mordía y más estridentes eran sus lamentos, con una fuerza que nos obligó a agarrarnos con manos y dientes a los caballos. Mi cuerpo murió. No me sentía los pies, las manos, los dedos ni tan siquiera la lengua. Lo único que conservaba era la conciencia. Jamás estuve más cerca de la muerte suponiendo que alguna vez estuve vivo. No percibía mi cuerpo, los azotes árticos sobre mi cara, los huesos del caballo clavándose en mi piel ni su paso cansado y altibajante. Mis ojos también murieron. Sólo me quedó el sonido. Me rodeó el vacío implacable y total. Supongo que aquella limitación sensorial me proporcionó una sensibilidad más allá de lo pensable porque fui capaz de percibir cosas que a menudo pasaban a mi lado y era incapaz de recoger. Así, pude entender los susurros del viento que yo siempre había creído una licencia de los trovadores y que ahora descifraba como una revelación al igual que las muchas que cruzan desapercibidas por nuestra vida y que sólo ese puñado de personas despiertas de noche retiene. Por unos instantes, quizá por el efecto del delirio, aquellos latigazos que venían hiriéndome los oídos se hicieron vagamente comprensibles, vagamente humanos; y aunque no entendía muy bien lo que decían una tristeza indescriptible me embargó estremeciéndome. Aquellas voces, lamentos, me contaron sus dolores y desencantos, de cómo a lo largo de su vida corta y amarga les tocó las espinas de la rosa, días tras día, en una muerte arrastrante y lenta desde la cuna. Ante mí desfilaron imágenes y sentimientos de personas que nunca conocí pero con las que, de alguna manera, compartía algo que desconocía. Sentí el enorme dolor de mi pecho abierto. Sentí el invierno infinito. Largo. Frío. Desperté con el pecho ardiendo y las mejillas llenas de lágrimas. Allí estaba el objeto de nuestro deseo. Era extraño que la nieve no lo hubiera sepultado. Tristes maderos negros engarzados por un crudo alambre de espinas se inclinaban como crucifijos alrededor del edificio. De entrada, o quizá lápida, unas desgoznadas puertas de acero desnudo culminadas en letales puntas que el tiempo se entretuvo en redondear. El edificio, fúnebre, macilento, de un negro carbonizado, despedía pérdida; de palabras, esperanzas; de vida. Olvidados racimos de flores se asomaban en epitafio entre las ranuras de las mal colocadas tablas que componían las vértebras. La puerta cedió como una lápida ante el empuje de Tristán y nos descubrió una habitación polvorienta y desnuda en una penumbra delatada por un par de brazos de luz. Cristales rotos, contraventanas desvencijadas, soledad. La puerta al final de la supuesta antesala reveló una sala de bifurcación al resto del edificio. Al frente una puerta cerrada, otra a la derecha, levemente a la izquierda angulaba una escalera y en la misma dirección un pasillo se prolongaba agujereado por varias habitaciones. Nos dividimos. De todas las puertas yo escogí más solitaria y alejada. Me sumergí en las profundidades del pasillo. La puerta se derrotó suavemente. En la esquina una mecedora lamentándose aún, en el centro una mesa ojerosa en cuyo lomo alguien dejó un plato de sopa donde se ahogaba una cuchara y alrededor del que correteaban unas cuantas moscas famélicas, a la izquierda una ventana cegada y al fondo de nuevo una puerta. Crucé la habitación y entré a una pieza con otras dos. A partir de aquí cada puerta era un camino que se dividía en infinitas posibilidades y que yo elegía con soberana libertad. Podía optar por la izquierda, derecha, izquierda; o tal vez derecha, derecha, centro; o también centro, derecha, derecha. Pero fuera como fuese, elegía bajo mi responsabilidad.

Tenía la posibilidad de ésta o aquélla con la certeza de que una vez cruzada las consecuencias eran irreversibles, como también sabía que nadie abriría las mismas que yo. Durante aquella travesía de goznes y marcos descuajados sólo encontré incipientes juguetes destripados, comida a punto, herrumbrosas armas templadas, lechos revueltos, decrépitos bastones, cuadros muertos de contemplación de añorada niñez, minuciosas telarañas, cucarachas y un irreprimible sentimiento de precipitación que cubría las paredes. Di con una sala mediana sembrada de puertas. Curioso que después de tanto cualquier camino me habría llevado hasta allí. En el otro extremo una nueva salida volvía a la adivinanza. Se dejó abrir dulcemente. De nuevo tuve ante mí el invierno infinito. Desafiante, amenazante, blandiendo su látigo carnívoro en el aire de la tempestad. Entre la tormenta de nieve definí un aparente cobertizo. Dudaba, pero aquel descubrimiento y el escuchar de nuevo las voces me arrastró al exterior. La espesura me engullió y un viento de fuerza titánica me derrumbó. Sabiendo que levantarme equivaldría a otra caída, clavé las manos en las entrañas de la capa y me arrastré hacia el cobertizo. Fue una dura escalada. El frío me atravesaba las costillas, el viento me mordía los oídos y la nieve luchaba por sepultarme. Los elementos se volcaron sobre mí. Alcancé su tacto casi ciego. Empujé la puerta jadeando, entré, la cerré desmayado por el esfuerzo y vomité. Me quité los guantes. Tenía los dedos hinchados y lívidos. Varias hileras de literas se extendían sobre toda la planta. No encontré inquilinos sino aquellos esqueletos metálicos desnudos multiplicados por decenas. Me levanté jadeando aún y paseé por el pasillo central de la colmena intentando despejar la incógnita de los que debían descansar allí. Meditabundo, tropecé y caí.

Busqué el motivo y encontré una trampilla en el suelo. El candado que preservaba su vientre de los curiosos estaba despedazado. Se quejó mientras desplegaba las telarañas de su entrada. De su boca descendía una escalera de la que no veía el fin a pesar de estar bordeada por numerosas antorchas ardiendo. Me dejé tragar. El descenso fue largo y profundo. Siempre había otro escalón. El aire era negro y espeso como unas entrañas enfermas. No recuerdo el tiempo que estuve bajando sólo que durante aquel espacio me asaltaron todos los temores de mi vida que siempre habían sido los que nadie me desveló nunca por desconocimiento o falta de una explicación coherente. Ese miedo irracional que me invadía y que debe ser lo más cercano a la locura reversible. Escuché las voces por tercera vez; más próximas, más vivas que nunca. Me arrastraban hacia ellas. Mis sentidos se embriagaron, me tambaleé, perdí el equilibrio, la escalera se retorció a mis pies y la caída fue un delirio de caracol. No conservo nada de lo que pasó después. Desperté desconcertado, sentado en el último escalón y delante de una robusta puerta metálica similar a la de un horno salvando el tamaño. Intenté recordar cómo había llegado allí pero por más que lo intenté me quedó un hueco para siempre. Volví la vista a la escalera que se perdía en las alturas sin explicarme muy bien cómo la bajé. Me levanté tambaleándome y probé abrir la plancha y tras varios intentos vi que no estaba en mi fuerza. Me arrodillé rendido, acerqué la cara, la acaricié sumiso y le susurré: “ Confiésame los secretos de tu vientre, te lo suplico” Los goznes crujieron, la puerta crujió y la capa de polvo se desmenuzó. Me asomé por la primera rendija que se abrió y soplo helado me acarició la cara. La plancha se desplegó por completo y reveló una total oscuridad. Volví sobre mis pasos, cogí una antorcha y lo comprendí. La habitación estaba llena de cadáveres. Decenas de esqueletos se repartían a lo largo y ancho de la habitación. Las paredes estaban carbonizadas y el suelo cubierto de cenizas. Los quemaron vivos. Sin distinción de edades. A pesar de esar descarnados sus rostros vomitaban horror. Algunos murieron intentando escapar agarrados a la puerta; otros esperaban sentados el final con resignación. Me acerqué a dos de ellos. Un cuerpo menor de niño se aferraba con sus bracitos a otro de quién sabe si su madre que intentaba protegerlo del fuego con sus brazos aunque su rostro muerto de entrega la delataba. Entonces supe de dónde venían aquellas voces que tanto me habían atormentado desde que pisamos el desierto de nieve. Mientras caminaba por el horno contemplando aquellas cuencas de espanto, aquellas mandíbulas desencajadas, pensé en lo que sintieron antes de morir, lo que pasó por su cabeza y no pude evitar una sonrisa por todas aquellas disquisiciones filosóficas que me venían mortificando por entonces. Sentí una nostalgia infinita porque quizá sólo vivieron antes de morir, puede que a ellos nadie les diera la oportunidad de elegir. La responsabilidad. Qué importaba eso si estaban muertos. Qué sintieron con la muerte en la cara, que esperanzas y sueños murieron con ellos. Dolores, engaños, alegrías, ilusiones, tardes de lluvia...de aquello solamente quedaba un puñado de huesos calcinados que difícilmente convencían de que alguna vez tuvieran vida. Sólo a un loco.

Lo único cierto es que alguna vez compartieron algo aunque fuera dolor. Fue por aquel sufrimiento común que jamás entre los vivos me sentí tan comprendido como en aquella habitación llena de cadáveres. Cansado, me acerqué a la pareja y los observé largo rato. Con qué cariño acunaba a su hijo, con qué entrega lo protegía, qué resignación. Acaricié su cráneo resplandeciente y cálido. ¿Y qué hacía él mientras? Seguro que no paraba de llorar. El no podía, él era incapaz de comprender que ella hacía todo lo posible por salvarlo y que si no podía era porque no estaba en su mano. Él era un ingrato. Él no comprendía, él no entendía, él no sabía apreciar el esfuerzo que estaba haciendo por él y ella no se merecía aquel desprecio. Pero yo sí, oh sí, yo si sabría recompensar su cariño con creces. Arranqué al extraño de su regazo y lo tiré lejos. Le atusé el pelo, le susurré palabras dulces al oído, le besé la frente, me acogió en su seno protector, me envolvió con sus brazos seguros y cálidos ¡Madre...!








Aquellas tardes goethianas

por J. A. Alcudia





La puerta del estudio se abrió y apareció un hombre alto y corpulento, de pelo negro y largo y barba espesa, boca inadvertida, mirada desencantada y de un negro un tanto desaliñado. El resto de los invitados esperaban sentados en torno a la mesa con sendos tríos: micrófono, botella y vaso; algunos lo rompían con un cenicero. El hombretón saludó con la cabeza a un joven que lucía unos auriculares y éste le devolvió una sonrisa. Se sentó y dejó un grueso libro sobre la mesa. En la sala contigua una mujer sostenía un cartelito al otro lado de una enorme pantalla de cristal.

- Diez segundos - informó el joven.

Pasado el tiempo, una melodía invadió la habitación y el programa comenzó entre cartones de huevos. Los minutos transcurrieron entre ladrillos biográficos, preguntas estúpidas, halagos no menos y discursos soporíferos de creador frustrado. El hombretón comenzaba a aburrirse terriblemente, lo que lo condujo irremediablemente a las siempre divertidas y excitantes prácticas de espeleología nasal. Sometidos al orden de posiciones, por fin le llegó el turno al que estaba antes que él: un hombre menudo, de bigote pequeño y perfecto, gafas gruesas y redondas, pelo hacia atrás muy pulido y traje sobrio y elegante. Parecía impaciente por empezar…

- Y, díganos, señor James ¿qué recuerdos guarda de aquellos días en París?

El hombre desplegó una sonrisa de oreja a oreja, alzó la mirada y entró en éxtasis.

- ¡Oh! Aquellas hermosas tardes en los cafés de París donde nos reuníamos tantos y tantos inocentes literatos... donde se podía respirar literatura porque había un ansia enorme por parte de todos de aprender... Con frecuencia solíamos llevar nuestras propias obras para leerlas entre nosotros, y cuando esto sucedía, era como si las mismísimas ninfas cantaran a través de la boca de aquellos jóvenes dotados de un don sin igual. El aire se llenaba de flores y fragancias y todo era amistad y fraternidad en aquel hermoso grupo...

- ¡Se está corriendo de gusto,che!-pensó el hombretón.

-...¡oh, sí! Recuerdo con nostalgia aquellos días en que nos reuníamos entre la flor y nata de la cultura francesa. Aquellos fastuosos teatros, aquellas magníficas bibliotecas, esas, esas...-el hombre no pudo reprimir una lagrimita que resbaló por debajo de las gafas. Sacó un pañuelo y se secó-Lo siento, pero cuando recuerdo esos llenos de alegría, cuando el alma volaba cual paloma torcaz...soy incapaz de reprimir las lágrimas. Ya se sabe:”Cualquier tiempo pasado fue mejor”-dijo alzando el dedo índice.

-Estoy seguro que sí,pero¿por qué no nos habla un poco de la evolución de su obra?

-Bueno,lo cierto es que mis inicios fueron las típicas poesías juveniles de influencia bequeriana. Poco a poco mi obra fue evolucionando hacia posturas más vanguardistas: cultivé el dadaísmo, el cubismo y luego me pasé al surrealismo aunque con resonancias barrocas, tintes modernistas y unas ligeras reticencias neoclásicas con influencias del Jazz, Ovidio y la etapa azul de Picaso. Posteriormente, decidí abandonar esta tendencia, sentía que me faltaba algo, mi poesía no acababa de cuajar, así que busqué una poesía más simple, más directa -James retorcía continuamente las manos como intentando explicar los conceptos con ellas (...) la última etapa se desarrolla bajo la influencia de la poesía final de J. R., panfletos medicinales y las instrucciones de una radio que compré en Canarias; todo ello salpicado de un barroquismo beligerante y aderezado con unas gotitas de estilo realista. Lo cierto es que estoy muy satisfecho con lo conseguido.

-¿Podría leernos algo de su último libro? Titulado, recuérdenlo, El Ósculo de las Cariátides.

-Por supuesto.

Abrió su libro y comenzó a hojearlo hasta que se detuvo en una página que le hizo sonreir:

-Este es un poema al que tengo especial cariño. Se titula “La última hora del Apocalipsis”:



¡Oh ígneos mechones de lava

radiante como el fulgor de los fuegos

de áureo oro de los cisnes que se

vuelcan en tu corazón de mármol¡



Las ninfas peinan tus cabellos amarillos

como el sol,mientras tú te bañas en

el río helado de mi corazón que

llora tu ausencia,tu ausencia,tu ausencia,

encia,encia,encía,cía,cía...



Cada vez que pulses el interruptor de mi

corazón cuídate de rebobinarlo antes de

devolvérmelo y,por favor,mantenlo

cerrado si no lo vas a usar o me moriré

de pena,ena,ena,ene,e,e,e,España.



James continuó leyendo entusiasmado, agitando la mano derecha y recitando en tono grandilocuente. Unas decenas de versos después llegó el final:

(...)

hasta que nos acojan los dioses en su seno.

Todos permanecieron en silencio unos segundos como si masticasen lo que acababan de escuchar. Entonces,el locutor se dirigió al hombretón, con quien sin duda mantenía una buena amistad:

-Dinos, Julio ¿tienes algún comentario sobre la obra del ilustre señor James?

-Sí.

Julio se levantó, cogió El Ósculo de las Cariátides con ambas manos, lo examinó detenidamente, y de repente le arreó un trompazo enorme al señor James que cayó de la silla y rodó a varios metros de la mesa. Todos se quedaron fríos y con cara de haba. Después agarró el libro que había traído, se lo tiró y acto seguido se perdió por la puerta del estudio. El señor James, medio atontado aún por el golpe, cogió el libro y pudo leer, no sin dificultad, el título: Rayuela