viernes, febrero 15, 2002
Andrés Casares, el mejor escritor del mundo
por A. J. Jiménez
De los más grandes escritores que haya podido dar el mundo, y resumen de todos ellos, Andrés era el más erudito, amén del más profundo, sutil y versado de los poetas del momento, y hay quien considera que quizá sea el mayor poeta de la Historia de la literatura. Yo, por mi parte, abominador como soy de la poesía, más por encontrarme con mala poesía que por renegar del método, he de reconocer que si algún poeta me llamó la atención, Andrés los resumía a todos. Los versos de Andrés me traían ecos de Whitman, de Shakespeare, de Lorca y Stevens, de Verlaine, Juan Ramón y Pessoa, de Yeats y de Browning, de Blake y Gil de Biedma. Andrés era un cosmos poético, que sólo era superado por su habilidad para la narración. Sus cuentos cortos eran Borges, Lovecraft, Cortázar a un tiempo; sus novelas Tolstoi, García Márquez, Cervantes, Mann, Faulkner; su ingenio era Joyce, Valle Inclán, Quevedo; su palabra Aristóteles y su simplicidad Nietzsche. Si hubiese pintado, no hay duda que sus cuadros serían Van Gogh, Renoir, Velázquez, Goya, Matisse, Picasso, Magritte, Pollock. Si hubiese esculpido hubiese podido dotar de vida al mismo mármol. Si hubiese diseñado aeronaves, podría haber hecho una que cruzase el infinito de cabo a rabo. Pero Andrés no era tantas cosas: Andrés era sólo escritor; no un escritor sino muchos. O acaso un escritor: el mejor de todos los tiempos, el más influenciado y el más original a la vez.
Los que lo conocíamos, pocos, la verdad, sabíamos de su genio, y nos pasábamos vidas hablando de cómo nos confortaban sus poemas o cuántas injusticias denunciaban sus novelas o qué perfectamente construidas estaban las narraciones de sus cuentos cortos. Andrés nos maravillaba hasta tal punto que si hubiese perdido la vista, le habríamos donado sin dudarlo tres o cuatro pares de ojos, cuando no nervios y órganos vitales para la propia existencia. Vivíamos para disfrutar de su genio, es cierto; pero no menos de su literatura. Andrés venía a veces y nos contaba su próximo proyecto, siempre sin dar detalles, claro, pero albergando en nosotros el deseo de leer su próxima obra como si el maná prometido tras cuarenta años de sequía fuera a caer de pronto, blanco y suave, y cubriese las ásperas paredes de la garganta desfallecida. El próximo libro de Andrés era para nosotros la salvación, la única razón de nuestra existencia.
Sin embargo, Andrés no dejaba ver a nadie sus relatos o poemas. Todos sabíamos de su destreza, pero nadie la había podido comprobar in situ, con los textos delante. A veces alguien te llegaba y decía he visto a Andrés, y me contó el argumento de su próxima novela, es sobre Carlos V; apasionante, y cuándo estaba a punto de responderle que Andrés no escribiría nunca novela histórica, recordaba que realmente no sabía qué era lo que escribía Andrés. Sabía que escribía, y mucho, pero no acerca de qué ni cómo. Nunca permitió que se leyese de él una línea, ni tan siquiera una palabra. Se le veía enfrascado en la escritura, pero no la hacía pública a nadie. Según decía, su concepción de la literatura rompía con la general y primigenia; esto es, para él escribir no era comunicación más que consigo mismo. No hay obra de arte que pueda ser transmitida, decía. Sostenía que el escritor estaba comprometido únicamente consigo mismo, y a sí mismo debía sus esfuerzos y desvelos. Andrés Casares escribía para Andrés Casares, y los demás que escriban para sí mismos.
En cierto modo, su postura era altamente estética, pero nos exasperaba tener cerca al mayor genio de todos los tiempos y no poder leer su obra. Miles fueron las súplicas, sobornos y amenazas, pero más inamovible aún la negativa. Contentaba a unos y otros con retazos de las obras comenzadas en paralelo, cada una obra maestra en su género. A unos contaba el argumento de la novela policíaca que revolucionaría y pondría fin al género, a otros daba cuenta de sus progresos en la psicología de los personajes de su novela realista; a unos embelesaba con las aventuras de su último héroe, a otros entusiasmaba con su capacidad para tejer la trama de sus obras teatrales. Andrés era, obvia decirlo, Dios. O quizá mejor, un dios propio al que sólo teníamos acceso nosotros. Era nuestra obsesión, nuestro secreto. Procurábamos coincidir con él en lugares oscuros o poco frecuentados, en bares de dudosa reputación, en prostíbulos incluso. Llegó un momento que fue necesaria la cooperación de todos para mantenerlo oculto, y adoptamos un nombre de guerra: la Cofradía. Intentábamos por todos los medios organizar las citas con Dios, como comenzábamos privadamente a llamarlo, bajo el más estricto secreto.
Andrés siempre acudía a las reuniones con cierto aire de despreocupación, como si el trabajo de agotar los géneros literarios apenas hiciese mella en él, como si las horas de trabajo intelectual no le pesasen. Aquel hombre era el culmen de la literatura occidental y apenas tenía conciencia de sí mismo. Solía decir, sin apenas pestañear, que su trabajo era fácil, ¡fácil!, que sólo tenía que tener en cuenta los materiales a su disposición, ¡toda la literatura occidental!, y refundir, cortar, pegar, hacer algo nuevo, un cambio de punto de vista aquí, una vuelta de tuerca allá, ¡et voilá, la literatura mundial patas arriba! Si no fuese por nuestra profunda admiración por él, quizá lo hubiésemos considerado pretencioso o vanidoso, pero un hombre que daba muestras, aunque fuera de palabra y no escritas, de tales proyectos no merecía malos pensamientos. Es más, con tales demostraciones de superioridad, nuestra admiración subía hasta niveles insospechados. Como muestra, valga la reseña de que, por un tiempo, llegué dudar de mi propia hombría, y creí sentir por Andrés algo más que amor filial y admiración. No diré más.
En todo caso, y ya no puedo retener más el suceso, Andrés murió hace un mes. La Cofradía se removió en el llanto con desesperación. Nos consolábamos unos a otros y nos preguntábamos por qué la fortuna no nos señaló a nosotros en vez de a él. De verdad le hubiésemos dado la vida, no sólo en el arrebato tras su muerte, sino en plena consciencia. Los doctores, que pagamos entre todos, no hallaron la causa de su muerte. Hasta en eso era especial: nadie leyó la última página de su libro vital.
Cada miembro de la Cofradía recibió una misiva de alguien que decía ser el albacea de Andrés, citándonos para esa misma tarde en un despacho de abogados cercano. ¿Tendrían al final recompensa nuestros desvelos? ¿Nos habría confiado al fin su magna obra? Todo así lo apuntaba. A la hora citada, la Cofradía compareció ante el albacea, un hombre gris y de escasa altura, que se movía con dificultad debido a su excesivo peso. El hombrecillo nos explicó con azoramiento que nos había citado para poca cosa, para entregarnos unas cuantas fruslerías que pertenecieron a Andrés, entre las cuales no había ni rollo de papel ni tinta alguna. Con la propia torpeza del hombre, mezclada con nuestro asombro, fuimos amablemente despedidos del despacho, y así terminó nuestra situación contractual, por así decirlo, con Andrés Casares Lázaro.
He de confesar que aguantamos una semana. Pasado el velatorio y todo eso, la Cofradía se reunió y decidimos suicidarnos. No queríamos una inmolación colectiva, ya que eso atraería la atención sobre Andrés, y su misterio sería desvelado al mundo. En lugar de esta decisión, resolvimos cometer los suicidios gradualmente en el período de un mes. He de admitir que varias veces me suicidé mentalmente, o sostuve un cuchillo contra mi muñeca, o leí la lista de ingredientes de un frasco de somníferos. El recuerdo de Andrés me acercaba a la muerte, pero había algo en mi cabeza que la retrasaba. Cada día leía la página de sucesos del periódico, en búsqueda de alguna noticia sobre un suicidio o algo similar, pero nunca hallé nada. Supongo que el resto de la Cofradía estaba en mi misma situación.
El mes de plazo pasó y estábamos todos vivos. Nadie se atrevió, o nadie dio el primer paso. Sea como sea, no pude contenerme. Un mes después de la muerte del genial escritor Andrés Casares, tomé la resolución: iría a su casa, dispuesto a buscar hasta debajo del suelo. Cuando fui a su casa la hallé vacía. Andrés no tenía parientes ni criados; sólo cuatro o cinco gatos eran su compañía. Un martillo me golpeó las sienes mientras subía atormentadamente por la valla de la entrada: ¿y si alguno de esos animales del demonio estropeaba un manuscrito del mejor escritor de la historia con sus garras?
Estaba resuelto a entrar. Andrés sería un gran escritor, pero también el más grande avaro. Ni una línea en ocho años de amistad. Ni una letra por conveniente que fuese la ocasión. Y los gatos revolcándose sobre hojas de oro puro. Tenía que entrar. No pude derribar la puerta. No sé cómo hacen esas cosas en las películas. Me así a la enredadera, y subí hasta alcanzar el alféizar de la ventana de su dormitorio. Poco me importaban que me viesen los vecinos: tal era mi tormento, que apenas reparé en cómo me miraban y señalaban.
Una vez dentro de la casa, busqué, Dios sabe que busqué: llevado de mi locura, destrocé cuadros en busca de pergaminos, rasgué colchones buscando tinta impresa, arranqué el papel de las paredes para ver si había escrito por detrás, removí cielo y tierra pero nada encontré. Sólo quedaba una opción, lúgubre y tétrica: el muy tuno se había enterrado con sus obras, seguro. Ahora sé la razón por la cual actuaba tan secretamente su albacea. Ahora sé por qué no dejó ni una línea a la Cofradía. Ahora sé por qué quería que lo incinerasen y no enterrarlo, como finalmente se hizo, debido a nuestra presión. La Cofradía le pagó un mausoleo, que es en el que me encuentro ahora. Hace quince minutos profané su tumba. El cadáver aún parece estar vivo. Hace frío aquí. Se habrá conservado bien. ¿Los libros? Oh, ninguno. Tan sólo una pequeña nota entre las manos: FUE TODO MENTIRA. ESPERO SEPAN PERDONARME.
Mi primera impresión fue perpleja. Tardé en reaccionar varios segundos. La pequeña hoja de papel, que encontré tras registrar al muerto, me abrió nuevas posibilidades. Hasta ahora no había podido imaginar que Andrés fuera una mentira. No podía concebir que el mayor escritor de todos los tiempos no existiese. Caí derrotado, sintiendo cómo había perdido años enteros de mi vida por aquel hombre.
Sin embargo, no tardé en darme cuenta de lo que pasaba. Una inexplicable sensación de ilimitada felicidad me invadió súbitamente. Debí haberlo pensado antes. Me maldije una y otra vez por mi incompetencia, por no haberme dado cuenta de que tratábamos con un genio y con un avaro al mismo tiempo: genio y avaro como fue en vida, genio y avaro como es tras la muerte, este Andrés pretende engañarnos desde el más allá. Tanto tiempo de convivencia con el personaje me ha hecho comprender que con Andrés nada es como parece: ¡no me engañarás, Andresito! ¡Encontraré tus obras, aunque sea lo último que haga!
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La canción del verdugo
por J. A. Alcudia
(para quién canto): creo que mi nombre es Amadeus. Amadeus Christiansen II, o al menos eso es lo único que parece esconderse detrás de mí, suspendido en la nada en algún lugar de mi mente. Eso es todo lo que puedo rescatar cuando le robo algunas horas al insomnio. Soy ciego e ignoro si alguna vez no lo fui. Desconozco mi pasado y mi futuro. Aquí (si tan siquiera supiera dónde es aquí) el tiempo no existe. Vivo en un presente interminable. Un presente ciego y sordo; en el más absoluto de los vacíos. El momento anterior es idéntico al siguiente porque se basa en los mismos recuerdos que se abrazan continuamente como un cinto o un anillo o una cabeza.; por eso recuerdo siempre el último y el primer momento y también el resto porque son memoria del pasado y el futuro a la vez. Para mí el transcurrir (y me veo obligado a dar este rodeo porque pronto empezaré a tirarme de los pelos y a morderme los codos) es un agujero ciego jalonado de gargantas y hachas. El metal y la sangre son mi consuelo y resumen las sensacines a las que la ausencia de visión y referencias me han sometido. Mido el devenir (consciente de que la duda me acecha) lamiendo la hoja de mi hacha. Lamo la superficie helada hasta que un suave corte desliza unas gotas de sangre caliente que templan el hacha. Hace muchos momentos que no hablo con nadie. Ignoro si alguna vez lo he hecho. Ellos simplemente llegan y lo colocan sobre la almohada de piedra y yo hago el resto. Algunos parecen dormidos y no ofrecen resistencia; sin embargo otros se mueven furiosamente y gritan. Nunca entiendo lo que dicen. Su mensaje es terriblemente lento y monótono, no comprendo, no puedo; me es imposible. Las voces cambian. Entran otras nuevas o tal vez las mismas de siempre enronquecidas y debilitadas. He oído incontables desde que estoy aquí (¿aquí?). También entra una mujer. Su voz y sus manos son suaves. Tampoco entiendo lo que dice pero prefiero escucharla antes que al resto. Deja la comida en el suelo y me acaricia la marca. Parece que le gusta tocarla. Creo que se sient atraída hacia ella de la misma forma que yo me siento atraído por el tacto del hacha. Desconozco si ellos tienen la marca. Nunca he podido palparles la cara, ni siquiera cuando coloco la cabeza sobre la almohada. Cuando termino mi trabajo se marchan y los últimos fragmentos de sus mensajes flotan en la habitación hasta desaparecer. Nunca pruebo bocado. No lo necesito. Es más, ni siquiera recuerdo cómo sabe la comida ni la reacción de mi cuerpo ante ella. Cuando me abandonan estas ideas ciegas, me doy cuenta de que estoy sólo de nuevo, rodeado por el vacío absoluto, y es entonces cuando me asaltan las preguntas ¿Quién soy? ¿Porqué estoy aquí y cómo he llegado? ¿Tendrá fin esta situación ? ¿ Adónde iré después ? ¿ Y si no hay más ? Ahora llega la Duda, la duda más terrible de mi patético repertorio ¿ Y si realmente no hay un antes y un después, si todos estos acontecimientos forman un sólo hecho simultáneo y eterno que mi mente enferma se empeña en descomponer para hacerme creer que existe algo que yo he llamdo tiempo, devenir, transcurrir ? En esos (estos o aquellos) momentos o en el momento mi cabeza reviente y me revuelco chillando tirándome de los pelos y mordiéndome los brazos hasta que se me acaban las fuerzas y mi propia sangre me hace resbalar. En un intento desesperado de mi mente que todavía sigue arrancándose la piel, busco intensamente en algún lugar de mi memoria alguna pista que me ayude a reconstruir un hecho anómalo por insignificante que sea que se aparte de la monotonía (que es mi muerte) y me permita creer que alguna vez tuve un pasado y me abra cien mil puertas o sólo una aunque tenga que pasar de rodillas. Pero cuando comienzo mi búsqueda, el insomnio me atrapa. Entonces, sin previo aviso, creo escuchar una melodía deslizándose entre el silencio suavemente, me incorporo y me deslizo sigiloso como un depredador para cazarla. Parece venir de esta pared o de aquella (a la que también puedo llamar esta o esa) o incluso de algun de las otras. Tengo la impresión de que viene de aquí (?) dentro o incluso de un profundo abismo. Enlazo la música como puedo y comienzo a descifrar una canción en un lenguaje que, por motivos que desconozco, entiendo. La voz me resulta conocida. Dice algo así (para quién canto): creo que mi nombre es Amadeus. Amadeus Christiansen II, o al menos eso es lo único que parece esconderse
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El paraguas
por Paula Martín
El día que Nietzsche murió, encontraron en el bolsillo de su abrigo un papelillo doblado que decía:
He perdido mi paraguas
Desde entonces, los filósofos y estudiosos de todo el mundo discutieron largamente la cuestión, y se dividieron en dos bandos: los que creían que la frase resumía y englobaba todo un mundo de ideas, y los que creyeron que un despiste así lo tiene cualquiera.
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Aquel día yo salí de clase muy tarde. Subía la cuesta con prisa, absorta en mis pensamientos, cuando me dí de narices con él. Despues de cuatro años, el corazón volvió a darme un vuelco, y creo que a él también, porque las manos y la voz empezaron a temblarle. Nos quedamos mudos, mirándonos el uno al otro, y alguien debió abrir una ventana, porque yo sentí como una brisa que me subía por los pies. Las torpes palabras quebraron con su ineptitud el encantamiento, y el mundo, que había desaparecido, volvió a estar allí. “Adiós, adiós, encantado de verte” y cada uno siguió su camino.
Pero no había dado mas que dos pasos cuando empezó a lloviznar, y las gotas de lluvia se me metían en los ojos, como lágrimas que fluyeran hacia dentro. Entonces recordé que tenía mi paraguas, el que había perdido el día anterior, y que hoy había recuperado. Lo abrí, y seguí mi camino a casa.
Comprendí entonces que los paraguas solo sirven para no mojarse, y que las mayores tragedias de nuestra vida no ocurren entre gritos dionisíacos, sino en silencio, bajo la lluvia.
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El decantador de universos
por Enrique Hiedra
La calle estaba vacía, tan vacía como en aquellos relatos que comienzan diciendo “la calle estaba vacía”, sin embargo él tenía claro que su novela no tenía nada que ver con eso. Nada que ver. Su protagonista también andaba sólo, y también llevaba las manos en los bolsillos, pero no silbaba. Era tarde, aún no había decidido si salía del cine o si acababa de dejar en casa a alguna chica; seguramente omitiría este aspecto, al menos de momento. Había llovido, el cielo estaba rojizo, casi parecía de día, si, ya se había dado cuenta que este artificio resultaba seguramente muy forzado y de que complicaría mucho lo que en principio no tenía que ser más que una somera presentación del personaje pero había pensado que podía situar el final de la novela (cuando él muere; bueno en realidad aún no ha decidido si muere o si acaba encontrando a su padre) en una noche igualmente rojiza, para completar así una elipsis narrativa... bueno en realidad tampoco sabía si eso sería una elipsis narrativa o solamente una elipsis atmosférica, tendría que consultarlo. En cualquier caso, había llovido, seguramente fue por eso por lo que e metió en el cine, por lo de la lluvia digo... sí, mejor el cine, pensó que lo de la chica sería demasiado complicado de explicar, por ahora tan solo quería presentar al personaje volviendo a casa.
Secretamente se miraba a sí mismo al pasar junto a los escaparates, sus dos figuras, la propia y la reflejada (un momento, ¿reflejada o refleja? Refleja le resultaba más rotundo y siempre había pensado que prácticamente actuaba como un participio, como explícito y explicitado). La propia y la del escaparate –decidió- parecían desafiarse, o tal vez se preguntaban entre si de que se conocían. Eso es. La calle estaba mojada, claro, había llovido, por eso se había metido en el cine... bueno, quizá habían regado; ¿riegan también las calles los días que llueve?. Apuntó aquella pregunta en la pequeña libreta en la que anteriormente había anotado; “VER ELIPSIS” , y se sintió satisfecho, ahora si era un novelista de verdad, y se había dado cuenta por detalles como este de la documentación .Siempre había oído hablar a los grandes novelistas de los largos periodos de documentación que preceden a la redacción propiamente dicha de sus novelas y ahora sabía exactamente a que se referían.
Volvió al hilo de narración y se encontró al protagonista hablando sólo, seguramente sobre la película, quizá iba contándosela por anticipado a alguien, quizá a alguien que lo esperaba en casa, o tal vez recorría mentalmente la discusión que acababa de tener con la chica a la que había dejado en casa, aunque quizá se pelearon antes de que tuviera ocasión de llevarla a casa, eso es, ahora , mientras hablaba solo, encontraba todos los argumentos que minutos antes se le habían resistido en el portal de aquella chica, ahora lo veía claro, sus argumentos eran incontestables, seguramente tan incontestables como los que a su vez estaba encontrando ella en el salón de su casa mientras intentaba póstumamente convencerlo de todo lo contrario.
Bueno, habían discutido, por eso llovía, o quizá no, tal vez solamente habían regado. En cualquier caso, lo que si tenía claro era que su protagonista no llevaba paraguas, si, lo tenía clarísimo, este era el primer detalle autobiográfico que pensaba introducir en su novela, un hito para aquellos que estudien su obra en profundidad cuando sea famoso, y es que efectivamente el nunca llevaba paraguas, además le venía bien, porque así si finalmente decidiera meter a su personaje en el cine ya tendría una excusa; la lluvia les había pillado por sorpresa...Se dio cuenta de que inconscientemente había usado el plural “les” y pensó que aquello debía ser una revelación, una señal o algo así, ahora lo comprendía todo, él la había convencido para ir al cine y la película resultó tan horrenda que acabaron peleándose...¿qué película puede ser tan horrenda? , quizá era su primera cita y él la había llevado a ver alguna de esas películas violentas en las que un norteamericanobienintencionado reduce a una horda de comunistas (chinos, rusos o ¿por qué no cubanos?)...apuntó aquella idea en su libreta porque pensó que ahí había una historia (en lo de la pelea por la elección de la película y en lo de los cubanos, porque acababa de darse cuenta de lo poco explotado que esta el comunismo cubano en cine de acción norteamericano), pero lo cierto es que era demasiado larga de explicar para estas primeras líneas de presentación del personaje.
Levantó la vista del papel y respiró hondo un par de veces, aunque se negará a admitirlo sabía que estaba sufriendo uno de esos colapsos creativos de los que tanto había oído hablar, y pensó que debía dejar un rato en barbecho el tema del cine o la discusión y empezar a pensar nombres para los personajes. Cogió nuevamente su libreta e inauguró en ella una nueva pagina, a la que tituló “NOMBRES”. Pensó que lo más operativo sería dedicar a cada personaje un pequeño espacio en el que ir apuntando los posibles nombres para más tarde decidir entre ellos, pero descubrió que como aún no había decidido el nombre de los personajes no sabría que lista de nombres pertenecía a cada personaje. Pensó que podía numerar a los personajes en virtud de su relevancia en la historia, y así lo hizo; el uno, como no podía ser de otro modo sería el protagonista, el dos sería la chica (o el cine) el tres... ¿quién sería el tres? Quizá su padre, pero, su mejor amigo, el que le envió la carta, ¿era acaso menos importante que su padre?, y ¿el camarero del tren era más relevante que su contacto en Zurich?...bueno...quizá sería mejor el orden de aparición, pero si aún no sabia si el protagonista salía del cine o si había discutido con una mujer que podía saber del orden de aparición...bueno, se dio a si mismo una especie de ultimátum, aquel martes no se acostaría sin haber decidido al menos el nombre del protagonista y de su chica.
Los dos primeros nombres que le vinieron a la cabeza fueron Julio y Laura, pero rápidamente se dio cuenta de que eran los nombres de los protagonistas de “El desorden de tu nombre” y de “El orden alfabético” de Millás, “quizá cuele lo del homenaje”, pensó, los apuntó en el cuaderno , pero decidió dejarlos como último recurso, por si no encontraba algo mejor. Joaquín, Marta, Felipe, Sara, Manolo...no, no podía ser, todos los nombres que pensaba eran de algún amigo, de algún vecino, o de algún compañero de la oficina, y no le apetecía darle a ninguno de ellos el gustazo de poder reconocerse en su novela. Pensó en ponerle nombres en inglés; Flannaghan, Kevin, Mortimer. Quizá habría que cambiar un poco las localizaciones, pero ¿porqué no? “Cuánto terreno ganado tiene un novelista con el solo hecho de ser anglosajón...” pensó ,esta vez en voz alta. Por último pensó en ponerle nombres sacados de la mitología griega , para reforzar así la identidad de cada personaje y de paso hacer un poquito de alarde de la vasta (con uve) cultura que siempre había creído atesorar...
Miró aquella libreta; VER ELIPSIS, AVERIGUAR SI RIEGAN LOS DIAS QUE LLUEVE, NOMBRES... alzó la vista buscando el reloj; 3:45 de la madrugada, martes 23. Estaba aturdido, en menos de cuatro horas tenía que estar despierto, camino de la oficina, y su maldito personaje aún no se había decidido entre el cine o la pelea. Mientras se acostaba decidió que abandonaría aquella novela, aunque llevara tres meses trabajando en ella, “no pienso convivir trescientas páginas (porque tenía claro que su novela no tendría menos de trescientas páginas) con un inútil que ni siquiera sabe decidirse entre ir al cine o pelearse con una chica”... pensó que quizá retomaría aquella del muñeco asesino que cobraba vida por las noches, o la del erudito aquel al que se le aparece Mefistófeles y le ofrece un trato un tanto peculiar...¿por qué no? Cogió la libreta y apuntó FAUSTINO. Aquella noche también durmió satisfecho.
posted by Unknown at 2:27 a. m.
Supervivencia
por A. J. Jiménez
Como cada mañana, se levantó al alba y se dispuso a iniciar la jornada. La noche pasada había sido dura. No recordaba donde estaba. De hecho, nunca lo recordaba. Viajaba siempre en una desorientación a la cual, tras tanto tiempo, consideraba un estado normal. Era miope, pero no lo sabía; siempre lo había sido y, al igual que ignora el sordo el sonido, ella ignoraba las imágenes nítidas. Era esa distorsionada percepción del mundo lo que sin duda la llevaba a deambular de un lado a otro de la amplia habitación con un camino sin sentido. Se guiaba por el instinto, por el olfato de supervivencia.
La pasada noche estuvo, creía, en un jardín. Lo supo por el olor a jazmines, a rosaleda, a tierra y...a agua. Odiaba el agua. De joven escuchó cientos de historias referentes a seres horribles que poblaban las charcas y los pantanos, los estanques y los embalses. No iban a estos lugares sino en grupo y, aunque nunca vio ni conoció tales monstruos, les guardaba un gran respeto, quizá temor, solo superado por la necesidad del agua para la existencia.
Tenía hambre, y comenzó a olfatear en busca de comida. Vagó a tientas por la habitación y, tras mucho olisquear y buscar, encontró algo. Quizá algo dulce, pensó; y no le faltaba razón: un viejo trozo de azúcar olvidado, quizá de ese que usan las moles con el caldo oscuro. Aquel terrón si le parecía comida, y no lo que encontraba en el exterior. Afuera sólo encontraba los desechos de las moles, que no le proporcionaban, a pesar de su volumen, el alimento del azúcar, y aun menos lograban alcanzar su sabor. Mientras que el azúcar era dulce y suave, los desechos sabían a tierra y humedad, y el solo recuerdo del agua le hacía estremecer.
Con impaciencia, se colocó sobre el terrón de azúcar y comenzó a devorarlo con fruición cuando, de repente, la luz se fue desvaneciendo y se enrareció el aire...
-¿La has capturado? -dijo Eva.
-Sí. ¡Maldita mosca! -contestó Adán y, en un gesto de furia, apretó aun más su mano contra el animal inocente.
posted by Unknown at 2:26 a. m.
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