El Caballo de Nosferatu


martes, febrero 19, 2002
El dios todopoderoso

por Vital de Andrés



Mekar y yo discutíamos de religión porque él era de una iglesia protestante que creía en un cielo nuevo y una nueva tierra. Entonces yo me sentía atraido por aquella idea de cielos nuevos y tierra nueva donde no tuviese que trabajar en la fábrica ni madrugar y dónde no hubiese patrones cabrones sino un dios bueno que pondría justicia en el mundo. Cómo no iba a atraerme tal religión aunque estuviese basada en un mito o careciese de prueba demostrable a mí me daba igual, lo importante era aquella idea tan poderosa para un chaval tan quemado como yo por ser un incompetente y un completo desajustado social que ni para Dios ni su Madre era capaz de concentrarme en lo que había que hacer en esta vida. Por eso quizás otra vida en otro mundo con un Dios de verdad que nos pusiera a todos en su sitio correspondiente sería ideal y así no habría problemas. Podía imaginarme esa vida en una comuna de gente amable, trabajadora y con las dudas solucionadas y con proyectos a corto y largo plazo solucionados y las chicas jóvenes dispuestas a dar amor por un tubo. Pero amor de verdad, no esa gazmoñería interesada revestida de juego machirulo que tenía que soportar para rascarme medio bollo. Un mundo como Dios manda era lo que necesitaba. Mekar me iba metiendo sus ideas por la cabeza y yo aunque me daba cuenta que me estaba metiendo inyecciones de fanatismo y aberraciones mentales en cápsulas de insolubles rompederos de cerebros, pues yo quería creerlo todo. Quería ser un fanático y así enfrentarme a un mundo que sólo me daba dolores de seso y de sexo. Un fanático hecho y derecho.

Así que empecé a ir a su iglesia y poco a poco iba adaptando el rostro beato exigido para tales momentos de culto y piedad comunal. También iba usando la jerga religiosa de la iglesia y la verdad se me iba dando bien. También iba cayendo simpático a algunas chicas de la congregación que no cabía duda necesitaban un chico como yo para fines matrimoniales serios. Lo iba haciendo todo deliberadamente aún sabiendo que había algo de falso en todo ello pero que era imperativo y necesario creer para tener una comunidad de gente en la cual reposar y no andar por ahí sólo o con personas que siempre desconfías porque no tienen fe en nada más que en su egoismo. Para mí el mundo de afuera era siempre un mundo frío y cruel. La sociedad tan querida de los políticos y de los periódicos me daba por el culo pues para mí se traducía en horas y horas de trabajo sin sentido. Así que aquella iglesia me daba la vida que no me daba los demás, aunque para ello tuviese que sacrificar mi inteligencia ya que por más que trataba de congeniar los versículos de la Biblia con la realidad del mundo y de la iglesia no congraciaba ni haciendo circo con las neuronas. Una cosa eran las letras de un apóstol que escribía miles de años atrás y otra lo que pasaba en el coco y la vida de uno. No sé si me explico: no había manera de retener esas promesas y esperanzas de cielos y de vida eterna en el paraiso de la Nueva Tierra, cuando al mismo tiempo salías a la calle y te apetecía tirarte a la tía mínimamente cachonda que se te cruzaba por la acera. O sea que era siempre un puñetero adúltero y aquello no había quien lo corrigiera. Y si era un adúltero de pensamiento y masturbación incluida, pues la Gloria se me escapaba por el retrete de la iglesia. Y eso era nada más que un ejemplo. Pero como no quería tener esos desajustes en algo que en el fondo me gustaba por el potencial tan utópico que tenía a pesar del apóstol Pablo de marras con su amor a las autoridades a las que había que amar cuando el mismo Cristo, el Jesús, llamaba vieja zorra a herodes Antipas. Algo olía mal y la Biblia no era tan perfecta como pretendían los pastores.

Entonces empecé a pensar y a comerme el tarro con teologías y especulaciones metafísicas y comparaciones con diferentes doctrinas y aquello era un pozo sin fondo porque era imposible llegar a un centro o a una esencia o a un sitio donde te pudieses agarrar con gana y desde allí decir: "joder, esto es la verdad sin fisuras y sin arenas movedizas". Nada de nada. Dios retrocedía hasta el infinito, pero un infinito que hacía burla y pitorreo de esos miserables humanos tan defectuosos en su carne putrefacta. Aquello era cruel. Era pura crueldad y el dios que lo consentía estaba jugando a un juego sádico sin más sentido que el placer de ver sufrir. Desesperaba hasta las tantas de la noche leyendo filósofos y teólogos y la Biblia a través de este método y el otro o de la manera espontánea que en realidad nunca existía tal espontaneidad porque siempre había algún filtro que te ponía en cualquier ángulo de interpretación. La verdad de aquella iglesia iba retrocediendo por falta de pruebas palpables de fe viva que demostrara que los hermanos de la congregación tenían algo especial que los diferenciara del resto de los mortales y no sólo por las ideas fijas que profesaban. Un día después de un culto me enfrenté a Mekar por el tema de la omnipotencia de Dios y la predestinación que ello implicaba. Y Mekar defendía la idea del libre albedrío y yo en mis trece, todo ello mientras los chavales de nuestra edad fuera de la iglesia se pasaban la mayor parte del tiempo hablando de fútbol o de cualquier nimiedad insoportable. Maldita sea si aquello fallaba estaba el mundo ahí afuera y en ese mundo no había comunidad posible ni esperanza por muy dudosa o complicada que fuera. Se acababan las salidas en grupo disfrutando de una amistad muy aceptable. Se acababa la solidaridad de iglesia que existía a través de todas las ciudades y muchos pueblos del país. Me la estaba jugando y lo mejor sería buscar compromisos y mentirme a mí mismo y alejar las dudas y decir que la Biblia no tenía contradiciones y que Dios siempre estaba con el creyente. Perdería esa fe sino la había perdido ya. Y Mekar seguía defendiendo la idea del libre albedrío y yo diciendo que de ser Dios Todopoderoso entonces todo tenía que estar ya predestinado.

Y un día, de repente y sin más vi el horror de toda la base cristiana. El horror de un Dios que era cruel hasta la saciedad. Un Dios Omnipotente capaz de crear un mundo tal como es sin más justificación que la pura arbitrariedad moral. Todos los asesinatos y torturas y guerras y opresiones y explotaciones y enfermedades malignas, todo ello venía de aquel Dios de la Biblia que se afirmaba Todopoderoso. Porque el atributo de ser todopoderoso no se lo había que tomar tan a la ligera como hacían los mojigatos para justificar a su dios a toda costa. Ser todopoderoso implicaba que todo lo que sucedía en el mundo a cualquier hora y en cualquier momento y en cualquier rincón de cualquier mente era obra de ese Dios. Y que darse cuenta de eso anulaba por completo la ilusión del libre albedrio y entonces los condenados se condenaban porque Dios quería y los salvados se salvaban por puro capricho de ese Dios. Porque ese Dios no quería perderse en el inmanentismo de los panteistas o sea: no quería diluirse en su obra y entonces perder toda conciencia y pasar a ser un todo indiferenciado con su obra, con la materia. No. Ese Dios quería ser un Dios moral con conciencia de Dios TODOPODEROSO, y entonces todo lo que ocurría era porque a Él le daba placer y era su infinito capricho nunca limitado por ley o norma o nada. Por que las normas y las leyes que él emitía eran imposibles y sólo servían para hacer tropezar y castigar a los humanos mal hechos desde el principio para caer y tropezar como bien decía el apostol Pablo en su epístola a los Romanos, y entonces así aumentaba su placer y su capricho. Efectivamente: había que tomar su todopoderosismo al pie de la letra y dejarse de cantinelas teológicas y seguir entonces el calvinismo más híper y más radical posible. Ese era el verdadero Dios de la Biblia y ese era su juego descrito por los textos. Todo: la caida de Adán y Eva, el crimen de Cain y Abel, las perversiones de Sodoma y Gomorra, las víctimas del Diluvio, las matanzas del Antiguo Testamento, la muerte de Cristo en el Nuevo y las orgías de sangre del Apocalipsis. Todo sucedía para placer del Dios Omnipotente ya que sus designios al final eran amorosos y perfectos. ¡Qué horror¡ Tendría que abandonar a ese dios cuanto antes. Le había descubierto. ¡Qué iba a suceder conmigo ahora¡

Un día cogí a Mekar y le espeté toda mi furia antidios. Ese era el Dios de la Biblia: ese era el Dios Todopoderoso. Casi lloraba de desesperación pero tenía que decir siempre la verdad. Me rebelaba contra ese Dios y entonces salí de la iglesia a todo correr por las calles ya solitarias de mi ciudad fría y húmeda y corrí y corrí hasta llegar a la orilla del mar. Todo estaba ya perdido y el mundo era ese: la soledad, la frialdad y la mentira. Poco a poco me fui acercando a mi casa y así caminando despacio sentía que el mundo era sólo eso que estaba enfrente de mí. La única realidad palpable era esa acera, ese edificio, ese cielo cargado de nubes, esa luz de farola. Todo comenzaba a gozar de una sospechosa soledad. Pero dentro de mí surgió la fuerza de una energía imparable, quizás la fuerza imparable de mi presente locura. Ese era mi Nuevo Cielo y mi Nueva Tierra: una tierra encerrada en una bóveda de acero.






La casa de Iris

por Gabriel Merlino






Iris quería un perro, pero en mi casa no había habido nunca ningún tipo de mascota, y quizá por eso me costó tanto fingir que me había adaptado al ovejero que había comprado Iris. Ella había nacido para tener mascotas. Era una de esas chicas criadas para casarse y al mirarla uno casi podía jurar que si cuando era chica le deseaban que soñara con los angelitos, camino al dormitorio pasaba por el baño a maquillarse para no desilusionar a los pequeños empleados celestiales en caso de recibir su visita por la noche. Durante mucho tiempo me dio escalofríos pensar en mujeres como ella, casi fuera de circulación ya por estas latitudes, pero me creí capaz de soportar ciertos detalles y hasta cambiar algunas manías que le inculcaron de chica. Recuerdo con claridad la imagen de cuando todavía vivía en la casa de sus padres: frente al televisor, el control remoto en la mano, las piernas cruzadas y los ojos fijos en la pantalla, estudiando con precisión algunas ceremonias matrimoniales que televisaban todos los días a las cuatro. Iris conocía con exactitud cada paso de su casamiento. A la madre le tiene que haber llevado años de entrenamiento pulir esa técnica tan suya de recurrir a su aspecto para lograr lo que quisiera de quien quisiera, y lo peor era que nadie se podía escapar a su voluntad. Ni siquiera la razón podía contra su fuerza. Y yo quería decirle que era todo mentira, quería nombrarle aquel Rechazo de Kafka, pero estaba seguro de que no me comprendería, porque todo lo que había aprendido hasta entonces se limitaba a lo necesario para no pasar vergüenza en una reunión de sociedad. Para Iris el universo tenía un sentido humano, iba hacia un fin bueno, y todo era simétrico, con aristas perfectas y líneas rectas. Ferviente estudiosa del zoodíaco, lo leía cada mañana antes de salir de casa. La vaguedad de las oraciones nunca habían sido una preocupación para ella, y llenaba de sentido la vacuidad de las premoniciones como si fuera algo presupuesto. Dado el tránsito de la luna sobre Capricornio, hoy tendrás éxito en cualquier cosa que hagas. Tendrás una tendencia a creer todo lo que leas. Y a pesar de todo, con su falta de experiencia, sus recursos femeninos, su amor por el orden y esa vileza heredada, la quise desde el primer momento, porque tenía la inocencia de sus cinco años a flor de piel.

La conocí casi por equivocación, en un recital de poesía que había organizado el Ministerio de Cultura. Fui nada más que por no quedarme en casa a desperdiciar la noche del sábado de otra manera, pero siempre estuve convencido de que la poesía no se escribe para leer en voz alta, porque pierde ese toque de ángel muerto que las plumas más virtuosas saben darle. Se acercó y al responder sus observaciones sobre el poeta no me sonrojé al decirle que hay gente que es demasiado poco exigente consigo misma. Bajó la mirada. Me presentó a su madre y las invité a tomar. Iris buscaba su paraíso perdido. La madre se encargó de hacerme notar las virtudes de su hija, una estudiante de piano disidente, pero exitosa violinista aficionada, capaz de hablar inglés, francés y ruso, adepta a la poesía, bla, bla, bla. Iris en una vidriera. Ahora que lo pienso, no creo que haya sido por voluntad propia la decisión de querer ser una dama de sociedad, sino más vale por temor a desprenderse de los brazos de su madre, por miedo a darle la espalda a su educación y a los principios que su familia había inculcado en ella. Ester y la sociedad habían diseñado un rostro perfecto para su hija, con líneas simétricas y círculos perfectos en una brillante armonía de perpendicularidades y paralelismos que habrían dejado bien a cualquier familia de alta alcurnia. Iris seguía hablando, seguía exponiéndose. Su voz cobraba mayor fuerza a medida que se vaciaba el lugar.

Nos hicimos adictos el uno al otro, y en menos de seis meses Iris estaba hablando de compromiso. Tendrás una leve tendencia al matrimonio y cuando me nombraba a Mendelssohn yo le hablaba de Dvorak y de Beethoven. Con mucha feminidad se callaba y me miraba a la distancia, como si nos separaran millones de años luz, con esos ojos verdes tan delicados, tan profundos, tan angelicales y en mis manos todavía estaban las manchas de sangre celeste. Mi indecisión la llevó a la desesperación, y la noche de fin de año levantó una copa de champagne y propuso un brindis por nuestro compromiso, del que yo ni siquiera estaba enterado. Iris me presentaba a su familia y me hacía su prometido. Iris había decidido poner el peso de las facciones de su árbol genealógico sobre mis espaldas. Iris, tan hermosa y tan despiadada. No podría decir si sonreí o si llegaron a ver la gota de sudor que me corría por la frente, pero poco me importó qué pudieran pensar cuando me levanté y salí disparado hacia la puerta de calle. Me siguió y después de mucho discutir, pasado el nacimiento del nuevo año, acordé que viviéramos juntos, pero nada más. En el horizonte, los fuegos artificiales. No tenía porqué andar confesándo a abogados y a curas que quería vivir con una mujer. Dentro de la casa las copas chocaban. Con todo el dolor del mundo Iris aceptó. Algunas caras nos estudiaban a través de la ventana.

Tres semanas más tarde estaba todo organizado para mudarnos a un departamento juntos. Apenas llegó, sacó todos sus vestidos, sus zapatos y sus abrigos y los desplegó sobre la cama, como si quisiera dejar en claro que había venido para quedarse, que iba a marcarme la frente con el sello de propiedad privada y a comprar muebles que hicieran juego conmigo. Sus ojos irradiaban vida y su entusiasmo era contagioso. Era lo que había estado esperando siempre, y estaba encaminada de nuevo; y con discreto orgullo iba a poder hablar de mí casi como de un marido cada vez que estuviera cerca de sociedad y simularme un hombre adiestrado, de aristas perfectas, del tipo del que las mujeres como Iris se morían por conocer, aunque estuviera conciente de las pequeñas imperfecciones fáciles de ocultar, la falta de rectitud de las líneas, la carencia de simetrías. El mundo quijotesco de Iris y mi sanchopancia. La vi colgar toda la ropa en el perchero. La vi organizar la cocina. En menos de lo que pensaba no quedaban cajas a la vista y esta semana la casa de los taurinos estará en orden, aun cuando todavía no tengan los papeles de propiedad de su pareja. La paciencia será un elemento importante en su relación y con perserverancia podrás conseguir lo que quieras. Esa noche era la primera cena del resto de nuestras vidas.

Empecé a dar clases a la noche, y no hubo un día en el que volviera a las doce, doce y media e Iris no estuviera esperándome con la cena lista. Todo impecable. Y me habría gustado no cuestionarme todo el tiempo, o habérme planteado ciertas cosas antes sin que esa fuerza poderosa me arrastrara, pero el estatismo conformista me resultaba insoportable, y así más de una vez la invitaba a salir, a alejarnos lo más posible del departamento y todo su mundo se revolucionaba. Me preguntaba adónde íbamos. Uno de los grandes problemas del mundo, Iris, es que no le damos importancia al paseo; e Iris ya podía vislumbrar en qué me iba a convertir, y quizá le aterraba, porque ella compartía un lugar de llegada conmigo, y todo el resto era circunstancial. Al volver era evidente la alegría en su mirada, porque en realidad no era tan necesario salir después de todo, y si me acompañaba era nada más que por ser una buena futura esposa, y se enojaba porque mi comida estaba fría, aunque en realidad a mí no me importara en lo más mínimo, y se tiraba sobre la silla a verme masticar su decepción. Podía ser perfecto, nada más tenía que esforzarse un poco más.

La madre de Iris nos invitaba a comer todos los sábados, y con ceremonia cumplíamos con todo el ritual una y otra vez sin que cambiara nada mucho. Hubo, sin embargo, uno en particular que me llamó la atención: al llegar, vi al padre de Iris sentado frente al ventanal, su mirada perdida en el paisaje. No hacía nada, sólo miraba. Estuvo así durante una media hora hasta que al fin reaccionó y nos saludó como si recién hubiéramos llegado. Toda la tarde morí de ganas por preguntarle qué había estado haciendo, pero por respeto, supongo, me contuve. Iris se sentía a sus anchas en casa de mamá y papá. Cuando nos íbamos vi que Enrique se sentaba frente al ventanal grande y perdía su mirada en el paisaje otra vez.

Y así pasábamos las semanas, entre visitas obligadas y paseos inesperados, hasta que juntamos suficiente dinero para empezar a construir nuestra casa. Iris me dijo que ella en persona había ido a hablar con un arquitecto con ideas interesantes y lo único que faltaba para empezar a construir era mi aprobación, o mejor dicho, mi justificación de su decisión; porque jamás se enojó conmigo, pero cuando hacía algo que no le gustaba aquellos ojos resentidos me gritaban hasta hacerme sentir culpable. Por momentos dolía tener que adaptarse al molde, tratar de encajar en el espacio tan limitado. Con los años me fui acostumbrado.

Durante el tiempo que llevó la construcción de la casa, el departamento era un desastre, porque Iris se pasaba los días casi enteros en el terreno, su pequeño pasatiempos, y nunca fui, pero estoy seguro de que le daría instrucciones precisas al arquitecto y discutiría sobre esta o aquella reforma posible con la batuta en la mano y al compás del mayor concierto angelical que se vino imaginando desde que tuvo conciencia. Los querubines con palas y cucharas. Habrá soñado despierta días enteros, y a la noche ni siquiera el cansancio podía cerrarle los ojos, y hasta me imaginaba sus delirios de familia feliz en una cocina blanca, con los rayos de sol que a través de los ventanales rebotaban contra las cabecitas doradas de los chicos, dos, una nena y un nene, nada más; y todos sonreíamos sin saber muy bien porqué... porque así lo quería mamá, por eso; y el silencio mientras de fondo escuchábamos música de propaganda de cereales; Iris feliz, pensando en cuánto iba a disfrutar cuando se lo contara a las amigas y todas se murieran de envidia porque ellas también querían tener familias de propagandas de cereales, pero no podían, porque no habían elegido al marido perfecto, porque no se habían esforzado lo suficiente como para mantener todo en su lugar, porque la perfección cuesta mucho; y si hubiera mirado su cara más de cerca habría visto el esfuerzo que hacía para mantener todo en armonía, en orden, sin ninguna pieza floja, ni siquiera yo, porque ya me había afinado hacía mucho tiempo. Estaba escrito. Lo había leído en el horóscopo de la semana anterior o algo. Iris y su vida modelo para armar. Por primera vez desde que la conocía no le importaba el polvo, no le importaba llegar al departamento con los zapatos sucios y hoy fui a elegir el color de la cerámica; vas a ver, te va a encantar; y lo único que yo atinaba a responder era una sonrisa, porque su ascendente marca una firme tendencia a dominar tu entorno doméstico y grandes deseos de controlar a tu pareja. La miraba en silencio, como me miraba ella a mí desde las habitaciones oscuras a veces, convencida de que yo no tenía idea de que me estaba estudiando. Y su pequeño rompecabezas ya estaba empezando a tomar forma. Sería interesante ir a buscar aquella mesa que nos había regalado mamá, ¿te acuerdas? ¿La que dejamos en su casa porque no teníamos lugar adónde ponerla? Le dije que iría al día siguiente. La miraba con detenimiento. Iris, estamos solos, y apenas si nos hablamos alguna vez. Iris me interrumpía con alguna otra observación despreocupada y mañana la voy a buscar, no te preocupes. Me sirvió la comida y yo tenía ganas de ir a algún lado, pero por respeto me callé.

Me llevó con los ojos tapados hasta la casa y cuando estábamos frente a la puerta de entrada me sacó la venda y abrió la puerta. El arquitecto estaba parado a mis espaldas. Estaba toda pintada de blanco. Los muebles eran en su mayoría de caoba. Las habitaciones eran amplias y luminosas y me las mostró una por una hasta llegar a la central, a la que adornaba un gran agujero en el techo y un tronco grueso justo en el centro. Hermoso. Nuestra casa vista desde el cielo parecía un inodoro. Los ojos de Iris saltaban y casi podía adivinar que el arquitecto se regocijaba por la creatividad añeja de su edificación. Sé que buscaban mi aprobación y traté de mostrarme lo más natural posible cuando le dije cuán original era, pero deberían haber considerado elementos relevantes, como el metabolismo de ciertas aves o la lluvia. Iris se sonrió y desvió la mirada; entonces me tomó de la mano y me arrastró hasta el patio trasero, donde nos esperaba un cachorro de ovejero alemán. Se escabullía entre mis piernas. Tendrás una tendencia a domesticar bestias. Iris me había puesto una correa. Su mundo al fin había tomado forma y todo estaba en su lugar. Era sólo cuestión de tiempo ahora para que llegaran los chicos y desparramaran diversión en nuestras vidas insignificantes y monótonas. Me preguntaba porqué no habría puesto un trono en el living. Palmeé la cabeza de Lutero y no pude mostrar mucho más interés. Iris se dio cuenta, pero nunca me quiso por quién era, sino por quién podía llegar a ser. Todavía mi adiestramiento no había empezado. Tres meses con Lutero e iba a ser un hombre nuevo. No trajiste la mesa todavía, y hace ya como dos meses que te dije. Me había olvidado, como me había olvidado de muchas otras cosas en esos últimos años que habíamos estado viviendo juntos. Mañana voy a buscarla, no te preocupes. Ya te preocupaste demasiado. A propósito Iris, me duele un poco la vida.

Esa noche llovió. A las tres de la mañana me despertó Iris. Se nos estaba inundando el living y más valía que me levantara a ayudarla porque sino íbamos a salir nadando. Parecía estar contenta. Mencionó algo sobre bendición celestial o algo y me sacó de la cama a los empujones. Ya estaban todos los baldes preparados. ¡Apúrate! Se reía casi con la conciencia de que nada en realidad era importante, nada era en realidad tan grave como para preocuparse demasiado. Tenía el cabello mojado. Entre sus corridas y resbalones pude adivinar una felicidad que no había visto nunca en sus ojos. Iris, una oda a la belleza más allá de las palabras. Lutero parecía estar convencido de que nos habíamos levantado a las tres de la mañana nada más que para jugar con él, y corría de un lado a otro. Nos ladraba. Subí al techo y tiré una lona sobre el agujero. Iris me miraba con una sonrisa, casi disculpándose por no haber previsto estos pequeños inconvenientes. Esa noche empecé a quererla como nunca, más que a ninguna otra.

Cuando la mañana siguiente llegué a la casa de Ester y Enrique a buscar la mesa, vi otra vez a Enrique sentado frente al ventanal, contemplando la nada, como si estuviera meditando. Le pregunté a Ester si sabía porqué su marido estaba ahí, pero se mostró bastante desinteresada y enseguida cambió de tema. Me mostró adónde estaba la mesa. En menos de media hora estaba de vuelta en casa. Iris parecía no estar por ningún lado, entonces vi una cúpula de vidrio donde antes estaba el agujero. Se había encargado de todo. Al entrar me saludó con una sonrisa apagada y fue derecho a la cocina. Trajiste la mesa, me dijo sin levantar la mirada de lo que estaba haciendo, y mi silencio fue más que elocuente. Supuse que estaba molesta por las modificaciones que se había visto obligada a hacer en la casa y, aunque sospeché que no fueran a ser las últimas, reconocí que decirlo no sería lo más apropiado, dadas las circunstancias. Iris estaba lastimada, y la más delicada brisa podía romperla en mil pedazos. Comimos en silencio. Por la posición de la luna, la semana de los taurinos no va a ser muy agradable. Le comenté sobre su padre y pareció no darle importancia. Se fue a dormir temprano y quedé en compañía de los libros y de Lutero, que cada vez que lo miraba movía la cola en señal de reconocimiento.

Mayo no tardó en llegar. Durante junio el calor en el living era insoportable. Tratábamos de cerrar todas las puertas y correr lo más rápido posible cuando teníamos que atravesarlo para ir a otra habitación. En julio Iris se dio cuenta de las consecuencias inmediatas de la situación, y ella misma se encargó de hacer remover la cúpula y cubrir el agujero con cemento para hacer que la casa fuera habitable otra vez. Cada vez estaba más apagada. Cada vez quedaba más lejos aquella noche primera de baldes y palanganas. Los taurinos tendrán una tendencia a ir perdiendo su brillo a medida que sus vidas vayan avanzando, y la negación se les hará cada vez más difícil. El golpe más devastador lo recibió al enterarse de que no podría tener hijos, y se hundió en un pozo cada vez más profundo. Iris y su flecha de Zenón. Durante las cenas me miraba en silencio; y nunca me lo dijo, pero supongo que tenía cierto rencor por no poder hacer responsable a nadie por sus desgracias y, después de mucho meditarlo, me perdonaba, porque no era mi culpa. Con el tiempo me explicó que todos sus familiares, alcanzada una cierta edad, se sientan a esperar, como lo habían venido haciendo durante generaciones enteras. ¿Esperar qué? Esperar. Su mirada ya se perdía en algún punto en la pared que nunca logré encontrar y de a poco la veía cambiar, entre pensamientos fugitivos sobre desgracias ajenas y reflexiones sobre la decepción, porque esa vida había resultado nada más que infamia. Alguien se había olvidado de ella, o su madre no le había enseñado todo lo que debía saber para vivir, y en algún punto intermedio entre la mudanza y la noticia de su esterilidad un sueño casi real se había perdido en las enredaderas y los pastizales que empezaban a tomar posesión de la casa, y las distancias empezaban a agrandarse cada vez más entre los dos. Sentado desde la cama, todas las mañanas la miraba estudiarse frente al espejo del baño, con cuidado, con paciencia. Tan delicada y dócil en su forma de ser, el mundo estaba empezando a aplastarla con su puño y el orden horoscopal se empezaba a perder en alguna confusión molesta que la incomodaba. Lutero, por otra parte, era cada vez más humano. Casi podría haber adivinado cierta alegría queda en su rostro apagado cuando se enfermó el perro, porque sabía que al menos alguien la necesitaba.

La tarde que murió Lutero la encontré tirada en la cama, llorando. El cuerpo del perro yacía a su lado. Lo levanté y lo enterré en el patio del fondo, mientras ella me miraba desde el ventanal de la cocina, entre lágrimas de desconsuelo por el último destello de lo que podía llegar a ser una vida digna de su educación. Meses antes habría insistido en poner una cruz en la tumba, pero ya no. Cuando entré me dijo que si sus padres esperaban que ella terminara como todo el resto de su familia estaban muy equivocados. No supe qué responderle. No estoy seguro si confundí compasión con cariño, pero, a partir de entonces, cada vez la quería más, y desde nuestras torres de silencio a las que separaban océanos de llanto, nuestros sabios desengaños tratában de gritar el cariño distante del uno por el otro, pero la casa estaba llena de temores y de fantasmas de personas que nunca habían existido.

Siempre pensé que iba a ser yo el primero que diera un paso al costado. Todo lo indicaba así, pero cuando volví aquella tarde de mayo encontré una nota manchada con sangre celeste en la mesa del living, escrita por una mujer diferente a aquella con la que había vivido durante tantos años. Me decía que un día la comprendería, y que cuando así fuera iba a ser un poco más humano quizá, y yo conocía ya sus motivos. Me decía que no era mi culpa ni la de nadie. Parecía haber intuído que esas cosas no existen. Cuando llamé a Ester me dijo que no estaba en su casa. Estoy seguro de que en ningún momento miró hacia atrás. Me dejó un agradecimiento entre las ruinas de un monumento viviente a lo que había sido antes de nosotros y el recuerdo de su intento vano de detener el tiempo.






El espejo

por Gonzalo Hernández






La noche anterior tuvo un sueño en el que un hombre saca un enorme cuchillo de su boca y cortaba una serie de manzanas puestas en hilera sobre una mesa de mármol donde había inscripciones antiquísimas. Antes de llegar a cortar la última, el hombre del cuchillo cayó pesadamente al suelo, muerto, desangrado de múltiples cortes. Las manzanas sobre la mesa lucían enteras, intactas, relucientes, imperturbables.

Luego de ese sueño se dio cuenta que esperaba lo que ocurriría esa tarde. No le asombró cuando desde el espejo del pesado armario, otro igual a él bajó y fue a sentarse en uno de los sillones, con un gesto descarado y lleno de naturalidad.

Sin mayores preámbulos y demoras, el recién llegado preguntó si acaso ambos realmente se parecían tanto como para dar lugar a las perpetuas revisaciones de la mañana, el empeño que ponían en las casas de ropa para ocultar cualquier diferencia.

-Un hombre y su reflejo se parecen tanto entre sí como el dibujo de la lluvia y esa misma lluvia cayendo sobre un dibujo. –fue la contestación.

La respuesta dio pretexto a que ambos se preguntaran cuán era el lugar que cada uno ocupaba en ese momento. Difícil era saberlo. Coincidieron en que es imposible saber, sólo se puede conversar. La búsqueda de la verdad es un oficio sobrehumano. Cada uno era toda la realidad de la existencia y el contraejemplo de la otra. Ambos pensaban que el mundo es una espantosa multitud de seres en blanco, seres que uno mira para inventarlos y quitarse el horror al vacío. Cada uno sintió haber caído en una inmensa telaraña.

Las preguntas parecieron más o menos inocentes hasta que el visitante recordó otros relojes, otras promesas. Mostró algo de dudosa estirpe, lo cual agitó con la certeza con que se agita un documento. El otro pensó que se trataba de una broma. La ira de quien había dejado de ser un reflejo hizo su profunda marca sobre uno de los almohadones del sillón.

-Stultorum infinitus est numeros –dijo el airado visitante, recordando una de las primeras frases que aprendió en latín y que tan bien venía a la ocasión. Fue una provocación, un intento para que la toda calma fuera perdida para siempre. Después se levantó, pretendió avanzar sobre el dueño de la imagen, pero se detuvo. Volvió sobre sus pasos y se internó sobre el espejo que vibró como un lago vertical.

El suceso pareció concluido, pero el hombre que había tenido un sueño sabía que no era así. Al rato su imagen salió nuevamente del espejo. Esta vez los gestos de su cara tenían una dureza insoportable.

-Me niego a ser la imagen de algo como vos.

Después de decir esto, sacó un arma y disparó. El hombre que recibía la bala se alegró de que algo suyo aún tuviera valor para hacer una cosa así.

Todos pensaron que se trató de un suicidio. Detrás del espejo algo daba enormes carcajadas que ya nadie podía escuchar.








El joven Alcudia destroza a Borges

por A. J. Jiménez






a Esteban Peicovich

Aquel día era uno de tantos para el joven Alcudia . O quizá no, quizá sabía que aquel 23 de Mayo se celebraba el Día del Libro. En todo caso, hay que hacer notar que para el joven Alcudia aquel era un día como tantos otros. Se había levantado a las ocho de la mañana, vestido y aseado con parsimonia, desayunado frugalmente y había gastado cinco minutos en mirar la prensa diaria en la tienda que hay bajo su casa. Aquel día los periódicos regalaban o vendían libros de todas clases; los periódicos de derechas vendían o regalaban libros de los autores que escribían en sus columnas; los periódicos de izquierdas, en cambio, vendían o regalaban libros de los autores que escribían en sus columnas; los periódicos sin clara adscripción política regalaban o vendían cualquier otro libro. Una postmoderna revista literaria, que según recuerdo se llamaba Lea sin leer, o quizá Lecturas para los que no tienen tiempo para leer, aunque probablemente ése fuese el subtítulo o quizá el espíritu de la revista, regalaba el Quijote. Esto llamó la atención del joven Alcudia, quién recordó que había prestado su edición de la obra cumbre de Cervantes a un amigo del alma que se llevó el libro con él en cierto viaje que hizo, cuando se trasladó del país ‘amigos del alma’ al país ‘conocidos’, y luego se estableció en el territorio limítrofe ‘gente que no quiero volver a ver’. Así, el joven Alcudia compró aquella revista y obtuvo su premio. Tiró aquella frivolidad inservible que acompañaba al libro en una papelera que le salió al paso en su camino hacia la facultad de Filosofía y Letras, y conservó en su mochila aquella barata edición del Quijote.

Al caminar por la avenida que conduce hacia la facultad, el joven Alcudia pensó que aquel era un buen día. Mientras andaba, contemplaba absorto las palmeras que flanqueban la calle dispuestas en fila india, y se preguntaba cómo habían llegado allí. Por un momento, pensó que quizá llegase a algún oasis, y que quizá hubiese alguien dispuesto a calmar al caminante sediento. El tronar de los coches que salieron del semáforo lo sacó de allí y lo puso de nuevo en una ruidosa calle con estúpidas palmeras dispuestas en fila india que conduce a la facultad. Como ya he dicho, para el joven Alcudia aquel era un día de lo más normal.

Al llegar a la facultad, me reuní con él en la puerta. Le dije: ¿vamos?; y el me dijo: vamos. No fue necesario hablar nada más. Todo había quedado dicho el día de antes; habíamos decidido que el día siguiente, el 23 de Mayo, Día del Libro, día normal por otro lado, Juan Antonio Alcudia Pérez, el joven Alcudia, destrozaría sin remisión a Borges. Nos encaminamos hacia el aula V, donde tendría lugar el ritual.

Desde hace bastante tiempo, habíamos notado que en nuestra forma de escribir se había instalado un parásito. Un ente desconocido, o quizá demasiado conocido, se había introducido en nuestros relatos y los había inutilizado. La enfermedad había avanzado a pasos agigantados. Ya no sólo afectaba al estilo, sino también a la concepción misma del relato. Nos había invalidado como escritores. Yo era el más afectado; hacía meses que no podía escribir. Todo lo que se me ocurría era aquello. Había estado expuesto al virus demasiado tiempo; el parásito formaba ya parte de mí. La simbiosis se había completado. El joven Alcudia, mucho más razonable que yo, había tenido la precaución de inyectarse algunas dosis de clásicos. Sin embargo vuestro humilde narrador seguía leyendo y leyendo, hasta que la enfermedad me imposibilitó para escribir una sola línea. Llegué a temer por mi vida. Dí algunos de mis últimos relatos al doctor Alcudia, quién identificó el problema al momento; aquel extraño virus, aquel parásito no era otro que Borges.

Una vez identificado el problema, decidimos acabar con el invasor. Nos preguntamos cómo sería esto posible. Borges ya había muerto. No se le podía increpar, ni siquiera discutir con él. Sólo quedaban los textos. Y ya sabemos lo sordos que son los textos. Nunca te escuchan. Simplemente, se limitan a decir lo que tienen que decir, una y otra vez, nunca te hablan, nunca cambian su postura, siempre argumentan lo mismo. Leímos juntos todo Borges de nuevo, pero esta vez intentamos que el mal no se hiciera residente; lo combatimos con lo mejor que teníamos a nuestra mano: eclecticismo. Usamos a London, Melville, Quevedo, Cervantes. No había manera. Aquellos malditos textos parecía ser inmunes a todo. Más aún, parecían devorar a todos aquellos autores. Bastante más efecto causaron Joyce, Ionesco, Beckett y Pessoa. Ante aquellos autores los textos de Borges parecían temblar, encogerse. Sin embargo, tras un minucioso examen microscópico, comprobamos descorazonados que los textos seguían igual; ni el más mínimo cambio se había producido en ellos.

Comenzamos entonces a sospechar que el problema era otro. Había que acabar con Borges de otra manera. Pero no con aquel Borges textual, escrito, que no había hecho nada (aparentemente), sino con el otro Borges, que enseguida identificamos como Borges-4. Tras largas y exhaustivas pruebas de laboratorio, llegamos a la conclusión de que existen, al menos, cuatro Borges: Borges-1, escritor; Borges-2, aquel que Borges-1 se encuentra en alguno de sus cuentos, y que bien podría ser tenido por su doble; Borges-3, que es el que hablaba en las entrevistas y decía aquellas burradas; y Borges-4, el Borges que normalmente la gente entiende por Borges, una especie de autor santificado y reverenciado por su maestría y que es tenido, como él dice de Quevedo, por toda una literatura. Decidimos que el peligroso era el último. El verdadero virus, Borges-4, había sido localizado. Posteriormente, leí en un periódico que un grupo de biólogos granadino había logrado aislar una cepa de Lorca-4. Pero eso es otra historia.

El joven Alcudia y yo habíamos discutido mucho acerca de la manera de acabar con Borges-4. A la manera de Pasteur, decidimos hacer una vacuna. Pensamos que la única manera de acabar con Borges-4 (conocido en el mundo como Borges, a secas) era con una vacuna consistente en una fuerte concentración de Borges-3. Nos pusimos manos a la obra. Buscamos entrevistas con Borges-3 en todos los periódicos y revistas. Protegidos con mascarilla y guantes de látex, leímos y recortamos sutilezas que creíamos que acabarían con el virus. Tras unos días, la vacuna estaba completada. Sabíamos que el Día del Libro se iba a leer obras de Borges en el aula V. El día anterior preparamos todo el material necesario para la desintoxicación y nos emplazamos para el 23 de Mayo en la puerta de la facultad.

Iba recordando todo esto mientras llegábamos al aula V y escuchaba a mi lado el caminar decidido del joven Alcudia. Cuando entramos al aula, oí a alguien leyendo a Borges y todo comenzó a darme vueltas. Aún estaba convaleciente. Oí algunas palabras que me resultaron conocidas: Asterión, senderos que se bifurcan, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Comencé a delirar. El virus aún actuaba en mí y comenzaba a apoderarse de nuevo de mi cuerpo. De pronto, una voz me sacó del trance; el joven Alcudia, que ahora parecía más que nunca un predicador, había alzado firmemente su mano y comenzado el exorcismo. A gritos, comenzó a vociferar extractos de las entrevistas con Borges-3. En el aire, parecían dibujarse las palabras. Sonaron extraños exabruptos: yo hubiera querido ser andaluz, nunca catalán; los odian en España y en Francia los tiene por impostores; los americanos, aparte de ser ignorantes, apestan; los negros son cuchilleros, se emborrachan, son más rudimentarios que los blancos; con ellos se cometió el error de educarlos; no entiendo cómo alguien puede sentirse orgulloso de ser vasco; los vascos me parecen más inservibles que los negros, que sólo han servido para ser esclavos, y otras lindezas por el estilo. Todos, incluso los oficiantes de aquella misa negra borgesiana, comenzaron a maldecir al joven Alcudia, diciéndole que cómo se atrevía a decir aquellas cosas en público, que era un racista y un xenófobo, que allí se venía a leer a Borges y no a insultar. El joven Alcudia, sonriendo ampliamente, pensó que aquel, después de todo, no sería un día muy corriente, y les mostró a todos que aquel era Borges, y no otro; lanzó los recortes al centro de la habitación y el exorcismo quedó completado. El silencio lo dominó todo. Yo había vuelto de mi delirio lo suficiente como para escuchar algunas palabras al joven Alcudia mientras se marchaba del aula con aquella edición del Quijote bajo el brazo, palabras que nunca olvidaré: la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.








La mujer y el monstruo

por Esteban Álvarez






La proa del barco surgió destrozando la niebla. ‘Walrus’, una burda cuchilla que cruzaba el océano abriéndolo en canal, violando el mapa en blanco. Sobre el mascarón de proa -una estilizada figura femenina en aluminio, muy ‘art decó’- Marianne Collie, la bella Marianne Collie, bostezaba, aburrida del champán y los martinis. Llevaban cuatro días buscando la isla, y el productor había llamado al menos dos veces cada día. La película tenía que estrenarse en julio, pero mayo ya estaba acabando y aún quedaba por rodar la escena de la isla, en la que Marianne, siempre Marianne, era rescatada del peligro en el último momento. El director, temiendo ver su cabeza en un cesto de mimbre en un despacho de Hollywood, había exigido al capitán del ‘Walrus’ que pusiese los motores a toda potencia, aún cuando la localización exacta de la Isla de la Calavera era todo un misterio. Debíamos haber rodado la escena en Florida, pensaba Marianne en la proa. Pero desde un primer momento el director se había empeñado en rodar la escena en la isla, movido por sus recuerdos de guerra, cuando llegó allí de rebote tras un amerizaje forzoso. Ni siquiera valía cualquier otra isla del Pacífico, tenía que ser la Isla de la Calavera.

Marianne se retiró a su camarote. Estaba mareada, debía ser por la niebla, o por los rusos blancos, daba igual. La bella Marianne se desplomó en la cama con ganas de vomitar, asqueada de todo. Olía a colonia de París, a alcohol y a sudor de chica de un pueblo de Arkansas. No, a eso no, pensó, ahora soy la maravillosa Marianne Collie, de Hollywood. Nunca más la apaleada Catherina Mytrowitz de Dermott, Arkansas, nunca más la guarrilla de pueblo, la engañada Cathy, la que abortó con trece, la que se fugó con un vendedor de alfombras que le pegaba. La típica historia. Marianne no tuvo tiempo de llegar al aseo y vomitó en medio de la habitación. Sus caros zapatos de ante se mancharon. ¡Mierda!, gritó con la boca llena y cerró los ojos con la cara levantada hacia la bombilla. La puerta se abrió. ¿Ocurre algo?, preguntó la voz de Johnny, el audaz Johnny Ward, el protagonista de películas de acción y de los sueños lúbricos de todas las chicas del país y de algunos peces gordos de Hollywood. Marianne, ¿estás bien?, preguntó. Marianne le miró con los ojos entornados y sonrió. Dos segundos después estaba tumbada boca abajo sobre su propio vómito.

El ruido del motor de la lancha zumbaba en la pesada niebla. Esa mañana un rayo de sol había abierto una grieta en el muro gris y les había dejado entrever el perfil de la isla. Un enorme promontorio de roca negra se alzaba sobre el mar. Las vacías cuencas de los ojos, las fosas nasales, los pómulos, los quebrados dientes... la Isla de la Calavera, tal y como el director se la había descrito una y otra vez con los ojos vidriosos. Poco después la niebla se había vuelto a cerrar, y ahora se dirigían hacia la costa a ciegas, montados en una frágil lancha. Marianne miraba fija al agua. Le parecía ver cómo los peces, pequeños peces de escamas lechosas, devoraban su cara reflejada en el agua negra. Se estremeció. Johnny la abrazó fuertemente y le susurró junto al cuello. No te preocupes, que aquí estoy yo, dijo. Marianne sonrió. ¡Qué caballeroso es este Johnny!, pensó con voz de Cathy. Repentinamente la lancha salió de la niebla y descubrieron que se encontraban a pocos metros de la costa. La calavera de roca negra los mirba despectivamente desde las alturas, coronada por la bruma que fluía hasta la selva, la negra selva que vestía los huesudos hombros de la isla. El director se frotaba las manos, se estrujaba los dedos. ¿Qué os dije?, preguntó. ¡Nunca encontraréis esto en la maldita Florida, ni lograréis imitarlo con vuestras malditas maquetas!, gritó, como si tuviese a la junta directiva de la R.K.O. frente a él. El director se colocó su ridícula gorra de marinero y se puso de pie, intentando adoptar una pose épica. Lo único que consiguió fue llegar antes que nadie a la playa arrastrado por las olas.

Cada uno cogió un fusil, menos Marianne, que iba agarrada del brazo de Johnny Ward, el intrépido Johnny. Hacía frío. El invierno estaba empezando en el Pacífico Sur, un detalle que no habían tenido en cuenta cuando planeaban el viaje en su soleada California. El director les dijo que no se preocuparan, que pronto saldría el sol. ¡Vamos a rodar los mejores planos de la maldita historia del cine!, gritó. ¡Marianne, vé pensando qué vas a decir en la entrega de los Oscars cuando te den la maldita estatuilla! Marianne se sonrojó, sabía hacerlo muy bien. Johnny se crispó, no pudo evitarlo, aunque parecía que nadie se había dado cuenta. ¡Y aún os queda por ver lo mejor!, gritó el director. Su voz se adentró en la selva, retumbando por entre los troncos y las rocas, agitando las ramas y las gotas de agua condensada en las rancias hojas del suelo.

El técnico plantó la cámara en la arena mientras los demás miraban alrededor fusil en mano. Se sentían observados desde la oscuridad de la selva. Oye, Carter, dijo Johnny, ¿estás seguro que aquí no hay nadie? Y tanto, respondió el director, ya os he dicho que estuve aquí mes y medio cuando el avión se estrelló, y en ese tiempo no vi a nadie. Aunque sí vi algo más, dijo el director intentando parecer interesante. Listo, dijo el técnico. Está bien, respondió el director. Marianne, colócate delante de la cámara, vamos a hacer unas pruebas, le pidió el director. Marianne obedeció. Tenía que poner cara de felicidad. Después debía mirar hacia arriba y hacer como que veía algo que la asustaba. Lo hizo muy bien, Carter estaba orgulloso de ella. ¡Corten!, dijo, pero ella seguía mirando arriba, con los ojos como platos y la boca entreabierta a punto de gritar. Todos miraron hacia donde ella, y entonces lo vieron. Una enorme empalizada de troncos con una gran puerta en el centro. Debía medir más de quince metros de alto. ¡Ah, ahí esta!, dijo el director sonriente.



Se trata de algún tipo de construcción indígena, les explicó. Pone la piel de gallina, pero os aseguro que esto está más solo que un burdel en cuaresma. Como en uno de esos chistes que se valen de la ironía, en ese momento Marianne empezó a sentir un latido. Era un murmullo rítmico. Un tam-tam. Voces. ¿No lo oís?, preguntó asustada. Señor, creo que tiene razón, dijo uno de los dos marineros que los acompañaban. Está bien, vamos a ver qué coño pasa, dijo el director con un tono de falsa resignación que no lograba ocultar su temor. Marianne, dijo Johnny, quédate aquí. ¡Y una mierda!, respondió. Johnny la agarró por el brazo. Marianne..., dijo con los dientes apretados. Marianne bajó la mirada, como una ñina indefensa. Johnny cayó en la trampa. Está bien, pero quédate junto a mí, dijo. Lo que tú digas, Johnny, respondió Marianne.

Los miembros del equipo se adentraron en la jungla. Apuntando a cada sombra con sus fusiles el grupo avanzaba lentamente. Se me acaba de venir a la cabeza aquella película...¿cómo se llamaba?..., dijo Johnny. ¡Ah, sí!, ‘El Llamado de Xmasthule’. Estuve genial. Bueno, no debería ser yo quien lo dijera, pero aquella escena en la que cogía la ametralladora y... ¡Cállate!, gritó el director, que no podía ocultar ya su inquietud. A través de un claro en la bóveda del bosque pudieron ver que la empalizada estaba mucho más cerca. Parecía haber crecido. La música era ahora perfectamente audible, y al tam-tam se unía el sonido de algún tipo de instrumento de viento. Las voces resonaban solemnes en la selva. Tiemm O Dunqesi siii ru e tannis eez, sonó. Deben ser sólo unos negros celebrando uno de esos sucios rituales, ¿eh?, dijo Johnny. Sí, eso debe ser, todos follando y bebiendo y matándose entre ellos, sí, como sólo pueden hacerlo los negros, ja, ja. No te preocupes, nena, si vienen a por tí te juro que les meto de plomo en el cuerpo, bueno que si lo hago, ja, ja. Marianne se sentía segura junto a Johnny, sabia que lo decía en serio. No era de esos que hablan y hablan pero luego no hacen nada. Johhny era un hombre de acción, el arrojado Johnny.

Salieron a un claro al pie de la empalizada. Había algunas chozas de barro. Y bien, Carter, ¿no decías que aquí no había nadie?, preguntó Johnny con sorna. Te juro que esto no estaba aquí, respondió el director. Pasaron entre las casas con cuidado, siguiendo el rastro de la música. Tras éstas, frente a la gran puerta, estaban reunidos los que debían ser los habitantes de la aldea. Uno de ellos, cargado de abalorios y con una gran máscara de aspecto monstruoso –hecha con una madera clara, con unos grandes mostachos de madera oscura- recitaba una letanía. Tiemm O Dunqesi siii ru e tannis eez, dijo el recitante. Uiua esu nusi muwimz eoe nusi uinqiseui, respondieron los demás. Marianne estaba aterrada. Le repugnaba la piel de aquellos cuerpos brillantes y desnudos. Le recordaban a un montón de sapos. Y aquellas voces. Se preguntaba a qué terribles dioses paganos estarían invocando. Sentía asco de aquel extraño idioma, asco de las bocas que hablaban y hablaban, y no hacían nada más que hablar. Los niños eran como insectos peludos, peores incluso que los niños de los portugueses. De su memoria de Cathy surgió sin venir a cuento la familia de portugueses que vivía en Dermott. Los Jiménez, creía recordar. Ou’t ciio e iese eez’t oohui, la letanía habá cambiado y el ritmo de la música aumentaba. Eoe O’wi ciio xuslooh moli e euh, respondieron a coro. ¡Maldita sea!, gritó el director. Creo que nos han visto. Efectivamente, uno de los hombres junto al recitante apuntaba con su dedo hacia donde estaban ellos. Susurraba algo al oído del recitante. Malditos negros, dijo Johnny, se la están buscando. El recitante bajó del altar acompañado del descubridor y se quitó la máscara, revelando un tatuaje sobre su rostro. Marianne los miraba fijamente, temblando. Los portugueses tenían en su casa una pata de cerdo putrefacta que cortaban en láminas finas para comer. Lo vió una vez por la ventana de la cocina, iba con Ed Paterson. Cuando se lo contaron a los demás no se lo creían. El sheriff sí les hizo caso. Registró la casa y los echó del pueblo. Atentado contra la salud pública. Tenían muchas de esas patas en el sótano, cubiertas de sal. Patas de cerdo con sal, secas. Qué asco, dijo la madre de Cathy mientras se servía un whisky doble.

¡Duohseuanmeuouot, zua iewi guaoe uii tidsiu nittehi! El recitante los increpaba con un bastón con plumas en la punta. ¿Disparo, jefe?, preguntó el técnico de sonido. Estese quieto, maldita sea, respondió el director. El descubridor los observaba con atención. Por detrás, los demás habitantes del pueblo los miraban con los ojos abiertos de par en par. Kuk, Kuk, mumullaban. Algunos más se acercaron. ¿Kuk?, preguntó el recitante, aparentemente enojado. Sonó un disparo. Un niño cayó al suelo. El cañón de un fusil humeaba. El fusil temblaba en las manos del técnico de cámara. El técnico de cámara se había meado en los pantalones. Johnny disparó al recitante. El director disparó también. Otra vez disparó Johnny, y otra. Marianne permanecía callada. Los habitantes de la aldea manchaban las paredes de las casas con su sangre. El grupo retrocedía mientras disparaba indiscriminadamente, de vuelta a la selva. Los habitantes de la aldea, los vivos y los muertos, desaparecieron en la humareda. Johnny estaba excitado. El flequillo le caía sobre la frente, y la boca se le había arrugado en una sonrisa de superioridad que sólo Marianne podía apreciar. ¡Mi héroe!, pensó. A saber qué habrían hecho con nosotros esos sucios salvajes.

Esa misma noche, de vuelta en el ‘Walrus’, Marianne recibió la visita de Johhny en su camarote. Sin mediar palabra, Johhny la tiró contra la cama e hizo lo que todo hombre que se preciase de serlo habría hecho en su situación. Estaba bastante bebido, pero no importaba. Hizo lo que tenía que hacer y ya está.